Tau cero

Poul Anderson es un autor no que admite una clasificación simple. Su carrera literaria arrancó en 1947 y se prolongó por más de medio siglo, durante el cual publicó numerosas historias de ciencia ficción, desde space opera hasta su aclamada serie sobre la Patrulla del Tiempo, así como una producción comparativamente menor de fantasía, que sin embargo ha resultado a la larga mucho más influyente, con títulos tan importantes como “Tres corazones y tres leones” o “La espada rota“.

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De entre su ciencia ficción destaca un título peculiar, pues sin ser un especialista (aunque sí un licenciado en física, aunque nunca llegara a ejercer en dicho campo), Anderson publicó en 1970 uno de los principales hitos del hard clásico: “Tau cero” (“Tau zero”).

La historia se centra en una expedición interestelar que emplea como mecanismo de propulsión un estatorreactor Bussard. Es éste un sistema propuesto por el físico Robert Bussard en 1960, en el que una nave, al desplazarse por el espacio, captaría mediante grandes campos magnéticos los átomos de hidrógeno aislados para alimentar un reactor de fusión. A mayor velocidad, le correspondería teóricamente una mayor eficacia, pues “barrería” un mayor volumen de espacio por unidad de tiempo.

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Teóricamente (al menos en el momento en que se propuso, hoy en día existen serias dudas al respecto), un estatorreactor Bussard podría acelerar hasta velocidades muy cercanas a la de la luz, con lo que empezarían a actuar los efectos relativistas. Para el desarrollo de la novela, cobra especial relevancia el factor Tau, o tiempo propio (en realidad, la historia denomina T a lo que suele denotarse como dT/dt), un factor que se emplea para describir la dilatación temporal. A medida que la velocidad se aproxima a la de la luz, Tau va tendiendo asintóticamente a cero, y para el observador en movimiento el tiempo de un sistema en reposo (o moviéndose a una velocidad mucho menor) parece ir acelerándose exponencialmente.

El caso es que esta nave, la Leonora Christine, con una tripulación de cincuenta astronautas y científicos (veinticinco de cada sexo), sufre a mitad viaje un accidente que avería el sistema de frenado, por lo que la expedición se ve obligada a seguir acelerando, hasta velocidades cada vez más cercanas a la luz, de modo que pronto un minuto en la nave se corresponde con sesenta y un segundos en el espacio comparativamente estático… y Tau va descenciendo poco a poco, de modo que los meses, semanas y días en la Leonora Christine empiezan a suponer años, siglos y milenios para el resto del universo.

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Poul Anderson no fue el primer escritor en hacer uso de los estatorreactores Bussard en la ciencia ficción. Tal mérito corresponde a Larry Niven, que los empleó en diversos cuentos de su Espacio Conocido tan pronto como 1965. Sí que fue, sin embargo, el primero en hacerlos protagonistas absolutos, primero con la novela corta “To outlive eternity“, que apareció en los números de junio y agosto de 1967 de Galaxy, y más tarde en su ampliación como novela independiente, ya con el título definitivo de “Tau cero”. Por desgracia la poderosa idea que se sobraba para sostener una novela corta no bastaba en distancias más largas, así que optó, de acuerdo con los aires de renovación que se respiraban por la época (en plena eclosión de la New Wave, tendencia que en principio no puede ser más opuesta al hard), por intercalar entre los segmentos más técnicos cierto desarrollo de personajes.

O quizás cabría decir que lo intentó, porque lo cierto es que poco desarrollo puede hacerse en poco más de doscientas páginas con un protagonismo coral, que se ve forzado a repartir la atención entre una decena de personajes. Así, la angustia metafísica de los viajeros quasilumínicos (y, por tanto temporales), las tensiones sociales derivadas de su forzada proximidad, prorrogada sine die, el desafío intelectual y psicológico de su situación… todo ello queda limitado a una serie de pinceladas burdas, casi inconexas, de las que apenas surge un personaje mínimamente dibujado, el condestable Charles Reymont (encargado de mantener el orden y al resto de personajes en marcha), aunque Anderson no profundiza en sus motivaciones ni sus procesos mentales.

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Por lo que respecta a su faceta hard, es cierto que su enfoque supone una evolución respecto a la rama más clásica del subgénero (identificado con la obra de Hal Clement, que ese mismo año produjo uno de sus títulos más importantes, y cultivado con posterioridad por Robert L. Forward), pero no termina de encajar bien las piezas (como sí lograría el ya mencionado Niven con “Mundo Anillo“… independientemente de la opinión que merezca el híbrido resultante, no muy buena en mi caso). A la vista de la propuesta, quizás la intención de Anderson iba por algo parecido a lo que casi un cuarto de siglo después lograría Kim Stanley Robinson con su Trilogía de Marte (aunque pasarse puede resultar tan frustrante como no llegar).

A título personal, además, tengo otro problema con “Tau cero”. No me creo muchos de sus postulados. O Poul Anderson no sabía explicarse (resulta sintomático que no volviera a intentar algo parecido), o mi comprensión de la relatividad general es aun peor de lo que me imagino, porque hay muchos detalles técnicos (y alguno que otro científico, como lo relacionado con la conclusión de la novela) que no me cuadran, y eso en una novela hard es lo peor que te puede pasar, porque echa a perder su misma esencia.

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En 1971 la cosecha de los Hugo resultó particularmente “dura”. A la nominación de “Tau cero” se le unió la de “Estrella brillante”, de Hal Clement (la secuela de su clásico “Misión de gravedad”) y la victoria de “Mundo Anillo“, de Larry Niven. El quinteto de nominados se completó con “El año del sol tranquilo“, de Wilson Tucker, y “La torre de cristal“, de Robert Silverberg (la única obra claramente inscrita en la New Wave, corroborando los gustos más bien tradicionales de los votantes de los premios Hugo).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 4, 2014.

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