El año del sol tranquilo

Empiezo el curso con un pequeño misterio en torno a “El año del sol tranquilo”, la novela más famosa de Wilson Tucker, merecedora del premio John W. Campbell Memorial de 1976… pese a haber sido publicada en 1970.

En general, cuando se comentan unos premios suele minusvalorarse aquellos decididos por votación popular. Sin embargo, haciendo un repaso de algunos de los principales galardones de la literatura fantástica, me veo obligado a defender que los más acertados en su conjunto me parecen los Hugo (votación popular), seguidos a cierta distancia por los Nebula (votación entre escritores) y allá al fondo los John W. Campbell (jurado). Tal vez sea que “popular”, salvo en contadísimas excepciones, no es realmente aplicable dentro del género fantástico. Cuando una afición es minoritaria, cualquier cultivador es experto en cierto grado, y eso se refleja en sus criterios.

El que “El año del sol tranquilo” mereciera un premio tan significativo ya es motivo de perplejidad (ya llegaré a la crítica, pero no es que sea una mala novela, sólo anodina), pero al conquistar excepcionalmente un premio retroactivo seis años después de su pubblicación, el asunto se convierte en un expediente X.

La razón oficial fue que en 1975 no se había publicado ninguna obra realmente significativa (la triunfadora, tanto para los Hugo en 1976 como los Nebula de 1975, fue “La guerra interminable“, publicada a finales de 1974). No me lo trago. En 1975 se editaron títulos como “El jinete de la onda del shock” de Brunner, “Dhalgren” de Delany, “El hombre hembra” de Russ o “Inferno” de Niven y Pournelle. Después de hacerles el feo, incluso nombraron dos finalistas de 1975 (los primeros, supongo, que no estaban a la altura): “El hombre estocástico” de Silverberg y “Orbitville” de Shaw.

Tratar de desentrañar los verdaderos motivos a tantos años y kilómetros de distancia puede que sea una presunción imposible, pero si tuviera que proponer una teoría que lo explicara apuntaría hacia una llamada de atención. Para el John W. Campbell se deben proponer las novelas (y enviar un ejemplar para el jurado), no basta con haberlas publicado. Quizás aquel año fue tan paupérrimo porque los editores no se molestaron en apuntarse y el jurado decidió devolver el desplante. Pero, ¿cómo hacerlo? Bastante tenían los escritores con ser víctimas del dictamen sobre la insuficiente calidad como para que encima se destacara la obra de algún otro de años anteriores. Así pues, quizás se decidieran por alguien que no era profesional, sino un aficionado (un súperaficionado, en realidad) que de vez en cuando publicaba novelas, para tratar de minimizar el desprecio (hacia Silverberg, Brunner, Delany, Niven, etc…). Como su mejor obra era de 1970, se fueron hasta ahí para “destacar a una novela insuficientemente reconocida” (de aquel año se lo llevo todo “Mundo Anillo“, de Niven).

Wilson Tucker era un personaje muy activo del fándom desde los años 30. Uno de esos que está en todos los saraos, que se dedica a la edición de fancines y que de tanto en tanto publica alguna obrita, aunque tenga muy claro que su vida profesional de verdad va por otros derroteros (vamos, como cualquier autor español de cierto renombre). De su veintena de libros (una docena de cifi), publicados entre 1946 y 1980, destaca “El año del sol tranquilo”, una historia de viajes en el tiempo y pesimista anticipación social.

La novela, que arranca en 1978, se centra en Brian Chaney, un demógrafo y estudioso bíblico, que recibe (casi se le impone) una oferta extraordinaria, formar parte de un equipo del gobierno (dependiente del departamento de Pesas y Medidas) embarcado en una investigación extraordinaria. El grupo se completa con una administradora civil, Kathryn van Hise, y dos militares, el mayor de aviación William Moresby y el comandante naval Arthur Saltus.

La mitad de la obra se malgasta en preparativos. El viaje de Chaney hasta la base secreta, su encuentro con los militares, la polémica en torno a su último trabajo (la traducción de unos manuscritos del Mar Muerto que podrían constituir una versión apócrifa y anterior del Apocalipsis) y la competencia con Saltus por las atenciones de Kathryn. También se nos explica las peculiaridades del viaje en el tiempo según Tucker (los detalles que luego permiten montar todo el entramado). Todo ello con un estilo muy cercano al bestseller de intriga (anterior a la renovación de Stephen King). Eso no es malo de por sí. El verdadero problema reside en que no aporta ningún enfoque excepcionalmente novedoso en un tema que llevaba rondando la ciencia ficción tres cuartos de siglo (desde “La máquina del tiempo” en 1895, con obras tan atractivas como “El fin de la eternidad” de Asimov o “La patrulla del tiempo” de Anderson).

Por fin, una vez entrados en materia, cambia el punto de vista, con un primer viaje en el tiempo de apenas dos años (en el que la novela se centra en exclusiva en Chaney aunque lo realizan los tres expedicionarios) y otros tres, en los que seguimos a cada uno de ellos en tres saltos sucesivos hacia el futuro, sin proporcionar más información sobre lo que acontece entre medias en el presente de la historia.

Es aquí donde empieza a adquirir cierto interés la trama, con la narración entrecortada y desenfocada de una revuelta en el mismo corazón de EE.UU., desde el inicio de la crisis, esbozado en el viaje conjunto, pasando por el estallido del conflicto (experimentado por el mayor Moresby), su conclusión (vivida por Saltus) y las consecuencias a largo plazo (constatadas por Chaney). Por desgracia, justo cuando empieza a ponerse interesante se corta de súbito, sin atreverse a profundizar en ninguno de los temas que propone, muchos de los cuales se quedan en mera anécdota (como la conexión apocalíptica, o el análisis de la situación sociopolítica).

Entrando ya en una crítica más detallista (y, me temo, con algún que otro spoiler), intentaré explicar por qué me ha supuesto una lectura frustrante.

Por un lado está la mecánica del viaje temporal. Suena bastante meditada, pero muy artificial, y con un par de errores lógicos de bulto (principalmente en la planificación de las misiones, con una miopía brutal respecto a los pormenores de contemplar una amplia panorámica temporal). Además está la inevitable cuestión de lo incongruente que resulta hablar de un futuro alternativo que ya es pasado (en la actualidad, aunque ya en 1976 muchas de las predicciones para el 78 realizadas en el 70 habían quedado obsoletas).

Se podría seguir considerando una obra ucrónica. Sin embargo, la extrapolación que emprende toma como punto de partida una situación que se resolvió de un modo muy diferente, en base a una serie de condicionantes que tranforman su trama en un desarrollo muy poco creíble. Por un parte, especula con un enquistamiento de la guerra de Vietnam, que se prolonga hasta bien cumplido el año 2.000, con la consiguiente merma de recursos para la administración estadounidense. Además (mucho ojo que aquí comienzan de verdad las revelaciones), proyecta una crisis basada en el enfrentamiento racial entre blancos y negros (con cierto tufillo racista, todo sea dicho, aunque no en el sentido de superioridad/inferioridad, sino por la visión del inevitable enfrentamiento entre seres humanos simplemente por las variaciones en el contenido de melanina de su piel). Esta situación, en 1970, podría haber tenido ciertos visos de realidad, pues el período entre 1964 y 1968 fue muy convulso en este sentido. Los movimientos por los derechos civiles y el black power habían agitado la conciencia política de la población negra, discriminada, pobre y marginada, lo cual, unido a actuaciones policiales racistas, condujo a revueltas populares en numerosas ciudades (que solían durar unos pocos días, con unos pocos muertos, cientos de heridos, miles de detenidos, comercios desvalijados y un clima de violencia preocupante). Esta situación alcanzó su pico a principios de 1968, a raíz del asesinato de Martin Luther King, que provocó revueltas en más de un centenar de ciudades entre abril y mayo, siendo una de las más afectadas Chicago (en particular, el gueto negro en el extremo oeste).

Tucker extrapola a partir de aquí un agravamiento de la situación (en realidad la incidencia de estos altercados se redujo considerablemente), que desemboca en la construcción de un muro en torno a los barrios negros de Chicago, una generalización del conflicto y la incapacidad del gobierno federal para restablecer el orden debido a que todos los recursos militares se hayan desplegados en el frente chino-vietnamita. Algo que hubiera podido ser muy interesante de no contarse de forma indirecta y sin apenas profundidad (jamás se llegan a examinar los motivos subyacentes o la dinámica exacta de una guerra civil que acaba con el país, sin que al parecer ninguna otra nación entre en escena, ni para ayudar ni para aprovecharse). O, en otras palabras, Wilson Tucker muerde mucho más de lo que es capaz de masticar.

En definitiva, no se trata de una obra mala, pero sí decepcionante. Está contada con ritmo y oficio suficientes para proporcionar algo de entretenimiento, mas no me parece merecedora de ningún reconocimiento especial y dudo que haya supuesto un hito positivo para el premio John W. Campbell (posibles motivos estratégicos aparte).

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~ por Sergio en enero 3, 2010.

2 comentarios to “El año del sol tranquilo”

  1. Hola. A mi me gustan las novelas con acción, historia, sin mucha profundidad, sin facetas teológicas o dilemas morales, pero sobre todo disfruto mucho con las novelas que me levantan sentimientos. Es por eso que este libro me encantó, las sorpresas que vas descubriendo y la forma de narrar los acontecimientos te enganchan de una manera contundente al libro que te hace recorrer diversos estados emocionales. El final para mi gusto es fantástico, duro y con sorpresa. Disfruté como un enano leyéndolo.
    P.D. Sigue así, me encanta leer tus reseñas en el blog del que voy cogiéndo algunos títulos. Saludos.

  2. Nada, se ve que a mí no me acabó de llegar (en realidad, la mayor parte de las críticas que he leído por internet son bastante positivas, sólo que ninguna estaba lo bastante desarrollada como para merecer un enlace). En fin, gracias por los ánimos.

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