Mobymelville

Para la reseña de este primer libro de Daniel Pérez Navarro voy a tener que invertir el orden que sigo habitualmente. Empezaré con el análisis y concluiré con la descripción (o, al menos, lo intentaré). Es lo que exige un texto tan complejo como, por momentos, fascinante.

Resulta curioso cómo, con tantos años de “retraso”, estamos viviendo en España una especie de redescubrimiento de los principios temáticos y estéticos de la New Wave (ya comenté algo parecido en la crítica a “Fragmentos de burbuja“). Leyendo “Mobymelville”, un puñado de textos me venían a la cabeza, no sé si como referentes, pero desde luego sí como compañeros en la exploración de determinadas posibilidades de la literatura de ciencia ficción. Entre estos, podría mencionar “Jinetes del salario púrpura”, la novela corta con que Philip José Farmer contribuyó a la antología “Visiones peligrosas”, o “A cabeza descalza”, quizás la novela más experimental de Brian Aldiss.

Por supuesto, existen evidentes diferencias. En primer lugar culturales. No es lo mismo publicar en Estados Unidos o Inglaterra a finales de los 60 que hacerlo en nuestro país a finales de la primera década del siglo XXI. Aparte de las evidentes obsesiones de la época (entre las que destacan las drogas psicodélicas), la evolución del género era muy distinta. Se había producido un progresivo rechazo de los temas y motivos clásicos, hasta el punto que se llegó a proscribir la ciencia de la ciencia ficción. Hoy en día nos encontramos en un período igualmente indefinido, con cierto distanciamiento de los planteamientos tradicionales aunque caracterizado por mucha mayor hibridación, lo que permite, por ejemplo, que “Mobymelville”, con toda su experimentación y su discurso simbólico, siga tomando elementos propios de lo que usualmente se ha venido denominando “hard SF”.

Por añadidura, y quizás más importante, encontramos diferencias idiomáticas. La distinta orientación sintáctica y semántica del inglés y  el castellano determina en gran medida las estructuras y las variantes que resultan más naturales en cada lenguaje. Así pues, aun partiendo con un mismo propósito, la concreción final puede resultar muy diferente (y eso que por estos lares lo que tenemos para comparar son en general traducciones, es decir, adaptaciones más o menos afortunadas de los textos anglosajones).

¿En qué se concreta todo esto? Bueno, por un lado, la narración es muchísimo más inequívoca tomada fragmento a fragmento. Pese al empleo de elementos que rozan (a veces algo más que eso) el surrealismo, lo que ocurre en cada momento está perfectamente definido. Eso sí, las conexiones entre bloques narrativos son cualquier cosa menos lineales, resultando especialmente maleables las relaciones lógicas, lo cual confiere al conjunto una cualidad onírica. El autor experimenta con preconcepciones como la relación causa-efecto (el propio apelativo Mobymelville podría estar jugando con la fusión entre estos términos en principio opuestos), la linearidad temporal o el concepto de realidad-ficción (con evidentes y reconocidas influencias de Dick).

Por último, destacaría la importancia del discurso metaliterario, tanto autorreferente (en determinado capítulo se ofrecen (algunas, no todas) las claves para analizar la estructura del libro) como hipertextual (no sólo hacia “Moby Dick”, sino abarcando toda una serie de obras pasando, por ejemplo, por Defoe, Tolkien, Dick y Borges). De igual modo, las referencias a cuestiones científicas (a menudo con una perspectiva más filosófica que naturalista), históricas y musicales son constantes.

Estos elementos se articulan en nueve capítulos (más un epílogo), de trece subcapítulos cada uno, que a su vez se subdividen en tres secciones de tres capítulos cada una, con marcadas diferencias en cuanto a aproximación e incluso estilo. Cada uno de los capítulos funciona casi como una unidad independiente (hasta el punto que se ha considerado a la obra en su conjunto como una antología), con interconexiones más o menos consistentes según la sección de que estemos hablando.

Particularmente, me han resultado más satisfactorios los tres primeros capítulos, que giran a su vez en torno a tres temas recurrentes cada uno de ellos (algunos de los cuales van haciendo apariciones estelares durante el resto del volumen). La persecución de Mobymelville (¿Qué es Mobymelville? ¿Un accidente? ¿Quizás una concreción de la entropía? No seré yo quien se atreva a imponer ninguna contestación) por parte del capitán Zagreo y su navío Nimrod continúa (y concluye) en la tercera sección, dejando los tres capítulos centrales, identificados con fichas correlativas de dominó, como una exploración sobre la ficción, la relación creador-obra (de nuevo tenemos aquí el constructo “Mobymelville”) y el arte (o maldición) de contar/inventar historias.

Supongo que a estas alturas ya no hará falta que apunte que “Mobymelville” no es un libro sencillo. Pese a su concisión, la falta de asideros puede llegar en algún momento a suponer una prueba demasiado exigente. Lo cual no quita que los capítulos puedan leerse y apreciarse como relatos individuales (siempre que no se busquen conclusiones). Así pues, desarrollos como la biblioteca numerológica de Mobymelville, Hall, el chimpancé a bordo del transbordador espacial, o la máquina de fabricar agua (MFA) resultan por sí mismos potentes y atractivos.

En cuanto al sentido global de la historia… Es algo que cada lector debe tratar de encontrar por sí mismo (si así lo desea, no creo que sea un requisito para degustar “Mobymelville”). Tal vez sea una singularidad tan inescrutable como el agujero negro adyacente a HDE 226868, o un empeño vano, como la persecución implacable de una ballena blanca a través de los abismos del espacio.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Mobymelville” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 6, 2010.

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