Nuestra Señora de las Tinieblas

Para la década de los setenta, Fritz Leiber era ya un respetado y veterano autor de fantasía, ciencia ficción y terror, que acabaría siendo nombrado Maestro en los tres géneros. Desde 1969, sin embargo, tras la muerte por cáncer de su primera esposa, Jonquil Stephens, su producción había caído un poco (en cantidad, si no en calidad, como atestiguan sus numerosos premios), debido en parte al alcoholismo con el que siempre había combatido y que el fallecimiento de su mujer había exacerbado.

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Este período, sin embargo, coincide también con la recuperación, estructuración y ampliación de la serie clásica de fantasía épica de Fafhrd y el Ratonero Gris, que le brindaría fama renovada y un flujo estable de ingresos, suficientes para cubrir sus modestas necesidades. Podría haberse limitado a vivir de esas rentas, pero todavía le restaba una última publicación de alto impacto, que no solo se conectaría con el horror sobrenatural de sus primeros años (cuando produjo novelas como “Esposa hechicera”,1943), sino que se erigiría en quizás el primer ejemplo de fantasía urbana moderna: “Nuestra Señora de las Tinieblas” (“Our Lady of Darkness”, 1977).

Se trata de una obra parcialmente autobiográfica, que además establece un juego metaliterario, al presentar un alter ego del propio Leiber, Franz Westen, un escritor cuya principal fuente de ingresos proviene de escribir guiones y novelizaciones para la serie de televisión Profundidades Misteriosas, cuya mujer falleció años antes a causa de un cáncer y que desde entonces ha pasado por un período de ebriedad casi constante, aunque ha recuperado con grandes esfuerzos la sobriedad.

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En el período del que no recuerda mucho se hizo con un extraño libro de en torno a 1900, “Megapolisomancia”, de un tal Thibaut de Castries, un mago moderno, inspirado claramente en Aleister Crowley, que hacia principios de siglo logró organizar una orden hermética a la que pertenecieron famosas figuras culturales de la época, como los escritores Jack London o Ambrose Bierce. No solo ellos se vieron atraídos por la megapolisomancia (un tipo de magia que se nutre de la estructura misma de las grandes ciudades), sino que años después, en 1929, un joven Clark Ashton Smith se entrevistó a menudo con el anciano y amargado de Castries, dejando tras él, quizás, un diario manuscrito que Franz encontró unido al tomo místico.

Poco a poco, a medida que profundiza en la historia de aquel místico olvidado, Franz va haciéndose consciente de la existencia de una maldición, dirigida originalmente contra Clark Ashton Smith, pero cargada ahora, por motivos circunstanciales, en su contra. Pronto se verá acosado por manifestaciones paramentales y solo si logra desentrañar los misterios de la megapolisomancia podrá tal vez escapar a la tragedia que ha invocado inadvertidamente.

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“Nuestra Señora de las Tinieblas” es una novela densa en ideas, que toma también conceptos del poema en prosa “Levana and our Ladies of Sorrow”, del libro de Thomas De Quincey “Suspiria de pofundis” (1845), y del psicoanálisis jungiano (especialmente, los conceptos del ánima y la sombra). Como comentaba al principio, es una de las primeras obras (si no la primera) en concebir la ciudad (San Francisco en este caso) como un escenario mágico (Charles Williams lo había hecho antes, con títulos como «Guerra en el cielo«, pero en sus libros el papel de la ciudad es circunstancial, meramente el entorno en que se manifiesta la magia, no esencial). Por supuesto, Leiber ya había concedido un enorme protagonismo a la ciudad en su fantasía épica, hasta el punto de que su principal ciclo es conocido también como “de Lankhmar”, la maravillosa y caótica urbe a la que retornan una y otra vez Fafhrd y el Ratonero Gris (inspirada, por cierto, en la Sevilla del Siglo de Oro, tal y como la describe Cervantes en sus “Novelas Ejemplares”).

Las interpretaciones posibles para las manifestaciones sobrenaturales son múltiples y sugerentes, oscilando entre alucinaciones provocadas por el síndrome de abstinencia del alcohol (mostrándolo así en lucha todavía con la adicción), a una concreción de la culpa del protagonista, que se encuentra en los inicios de una nueva relación sentimental con la joven concertista de clavicordio que es una de sus vecinas en el antiguo hotel, transformado en pensión, donde se aloja (y que presenta una gran importancia megapolisomántica)… por no hablar de los “celos” de la “amante del erudito”, una pila de libros y revistas cuya silueta de mujer (al menos para la imaginación de Franz) comparte el lecho del escritor.

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Todo lo comentado es cierto y sin embargo… Hay algo que me falta. Esta ha sido mi segunda lectura de la novela, y aun habiendo sido más satisfactoria que la primera (porque esta vez he podido disfrutar más de las referencias) la impresión final sigue siendo de decepción.

“Nuestra Señora de las Tinieblas” parece terminar de un modo excesivamente brusco. Justo cuando se empieza a cobrar los intereses por todo el magnífico trabajo de cimentación que ha estado desarrollando, simplemente termina, dejándonos con la miel en los labios y una sensación de “¿Eso es todo?”. Hay tanto que hubiera podido seguir  desarrollando que, por una vez, la concisión no es tanto una virtud como uno de los más patentes ejemplos de potencial desaprovechado que he tenido ocasión de leer.

Quizás, para lo que termina contando, la longitud correcta no era la de novela, sino la novela corta, que permite concentrar mucho más el impacto y no solo no penaliza, sino que incluso premia la insinuación frente a la concreción (como ocurre con la mencionada en el texto de Leiber “El gran dios Pan”, de Arthur Machen). De hecho, la versión original de la historia es más breve, habiendo aparecido bajo el título de “The pale brown thing” en los números de enero y febrero de 1977 de The Magazine of Fantasy and Science Fiction (ignoro cuáles fueron los añadidos en la versión final).

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En cualquier caso, “Nuestra Señora de las Tinieblas” le valió a Fritz Leiber el Premio Mundial de Fantasía de 1978, siendo este su único triunfo en dicho galardón (aunque ya en 1976, en su primera edición, había sido nombrado Gran Maestro inaugural de la Fantasía). Quedó por delante de la trilogía de “Las crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo”, de Stephen R. Donaldson (uno de los grandes éxitos comerciales del año) y de “The hour of the oxrun dead”, de Charles L. Grant (la primera novela de su serie de fantasía oscura sobre la ciudad de Oxrun Station).

De igual modo, fue finalista en los British Fantasy Awards (que ganó Piers Anthony con «Un hechizo para Camaleón«) y quedó en segunda posición en la encuesta del Locus de Fantasía, por detrás de «El Silmarillion», de J. R. R. Tolkien.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en junio 23, 2022.

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