The great god Pan (El gran dios Pan)

Los últimos coletazos del horror gótico en el Reino Unido se entremezclaron con el sentimiento de fin de siglo (y de ciclo), para evolucionar hacia una concepción del terror que reflejaba a través de los antiguos mecanismos, imágenes y conceptos los miedos e inseguridades de una época con profundos cambios económicos, sociales y políticos.

La creación más famosa de ese período posiblemente sea el “Drácula” de Bram Stoker (1897), que supone la forma final de uno de los iconos del goticismo, el vampiro (expresando también sentimientos xenófobos, en el sentido literal de miedo hacia lo extranjero, y con un fuerte substrato sexual), pero no se puede dejar de lado el gótico urbano de Robert Louis Stevenson (“El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, 1886) o el tardorromanticismo decadente de Oscar Wilde (“El retrato de Dorian Grey”, 1891). Precisamente heredero de Stevenson, e inscrito en el mismo movimiento decadentista que Wilde, entró en escena en la década de 1890 una de las figuras clave en la configuración del horror moderno: Arthur Machen.

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Su primer gran éxito (y su primer escándalo) tuvo lugar en 1894, con la publicación en formato de libro de su novela corta “El gran dios Pan” (“The great god Pan”; junto con el relato largo “La luz interior”), aunque una versión anterior y algo más breve de la misma había aparecido ya en 1890 en la revista The Whirlwind (una publicación semanal londinense de muy breve trayectoria). Tildada de degenerada y horrible por la prensa, no tardó en convertirse en una de las obras más celebradas del momento… al menos hasta que el escándalo del juicio y encarcelamiento de Oscar Wilde por sodomía en 1895 arrojaron una sombra sobre todo lo que estuviera asociado con el movimiento decadentista.

“El gran dios Pan” es una obra compleja, que construye su narrativa a base de fragmentos entrelazados que dejan su centro, apenas entrevisto, el verdadero núcleo del horror. Un horror que se inicia con el experimento de un tal doctor Raymond, que practica en un mujer joven, Mary, una operación de psicocirugía, contando como testigo a su amigo el señor Clarke (un racionalista pero con inclinación hacia el estudio de lo fantástico, en especial en su faceta como reflejo del mal). La primera de tales operaciones la había realizado apenas en 1888, con resultados cuestionables, el psiquiatra suizo Gottlieb Burckhardt, aunque el objetivo de Raymond no es tanto terapéutico como el ampliar la percepción de la paciente y llevarla a contemplar la verdad subyacente a la realidad física (una constante en el pensamiento místico de Machen).

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Años después, Clarke tiene noticias del extraño comportamiento y los no menos extraños acontecimientos que rodean la presentacia de una niña, Helen Vaughan, en la zona, quien es por ejemplo vista en compañía de un hombre desnudo cerca de las antiguas ruinas romanas de la zona. Tras llevar la desgracia a otra niña, que desaparece en los bosques, y a un niño, que pierde la razón, perdemos su rastro hasta que una nueva joven irrumpe en la sociedad londinense, llevando a la ruina a su marido, un tal señor Herbert, quien cuenta su historia a su amigo Villiers cuando le pide un día limosna sin reconocerlo. 

En el transcurso de los años siguientes, tanto Clarke como Villiers (juntos o por separado) siguen recopilando piezas de un rompecabezas macabro, que presenta asesinatos inexplicables, insinuaciones de comportamientos indecentes, locura, degradación e incluso una plaga de suicidios entre los miembros de la clase acomodada de Londres, todo ello con una mujer tan fascinante como aterradora en su epicentro. Identificada en los últimos capítulos como la misteriosa señora Beaumont, los protagonistas descubren que no sólo ella y la señora Herbert son la misma persona, sino que su nombre original fue Helen Vaughan, y que ésta fue la hija de Mary, concebida cuando su madre entró en contacto con un ser terrible, identificado a su vez con el dios Pan, al ampliarse su conciencia en virtud del experimento de Raymond.

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Me he atrevido a revelar tanto por dos razones. La primera, porque en realidad son datos cuyo conocimiento previo no priva del disfrute de la historia. La segunda, porque no creo que ningún lector moderno pueda llegar a dudar en ningún momento de esta identidad. De hecho, un lector moderno también podría sentirse tentado de menospreciar lo que sienten Clarke y Villiers ante los acontecimientos que viven o se les refieren. Machen emplea recursos que más tarde tomaría prestados H. P. Lovecraft, sugiriendo el horror a través de las reacciones exacerbadas de sus personajes antes que explicitándolo. Toda la novela corta constituye de hecho un extraordinario ejercicio de evitación, un mirar de soslayo hacia lo terrible, para que sea al lector el que rellene ese vacío con sus propios temores.

¿Y qué podría ser tan espantoso?

La respuesta se antoja superficialmente bastante misógina, pues dejando de lado su origen híbrido, el gran pecado de Helen Vaughan parece ser que es consciente de su poder (en parte sexual, pero no sólo sexual) y que lo utiliza. Analizando esto en el contexto de la época, sin embargo, se hace evidente que los hombres, en particular los de una posición económica holgada, debían de sentirse confusos ante las crecientes demandas políticas de las mujeres. El femenino, era un poder que estaba creciendo en el centro mismo de su sociedad, rompiendo con tradiciones y reclamando una parcela de protagonismo hasta entonces en poder exclusivo del género masculino.

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También influye en todo esto el complejo virgen-prostituta (identificado y nombrado por Sigmund Freud en 1912). Es decir, la dicotomía perceptual entre la mujer que se puede amar y respetar y la despreciable que despierta el deseo erótico (agravado en una sociedad con una fuerte represión sexual). Helen Vaughan encarnaría, en otras palabras, la forma arquetípica de la mujer fatal, con la peculiaridad de ser producto de lo que sólo puede definirse como una iluminación mística auxiliada por la ciencia psiquiátrica. Es decir, su comportamiento, aun pareciendo aberrante a los protagonistas, podría ser más real, más próximo a la auténtica naturaleza del ser humano, de lo que cualquiera de ellos está dispuesto a admitir (revelación a la que podría apuntar el destino del cadáver de Helen en una forma femenina, que se transmuta en otra masculina y finalmente en una bestial antes de disolverse por completo).

Visiones similares hacia la mujer las podemos encontrar también en “Ella(1887), de Henry Rider Haggard (con una sublectura de temor hacia el poder extranjero como en “Drácula”) y en “La mandrágora” (1911), de Hanns Heinz Ewers (nacida también en este caso de una aberración científica).

Pese a las dificultades iniciales, lo cierto es que la influencia de toda la obra de Machen en los escritores posteriores fue inmensa. En las islas británicas se reconocen deudores suyos autores fantásticos tempranos como David Lindsay* o Charles Williams*, y a partir de 1922, impulsada por una serie de populares reediciones, esta influencia se extendió a los EE.UU., donde sería reconocida por autores como James Branch Cabell* (quien además contribuyó a su difusión), Clark Asthon Smith*, Robert E. Howard* y, sobre todo, H. P. Lovecraft* (que lo nombró, junto con Lord Dunsany*, M. R. James* y Algernon Blackwood, uno de los cuatro grandes maestros modernos del horror).

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De este último, “El horror de Dunwich” (1929) es considerado un homenaje/reescritura (prescindiendo por completo de toda sublectura sexual) de “El gran dios Pan”, que también es la inspiración directa de “N”, una novela corta de Stephen King (2008), así como de las novelas “Revival” del propio King (2014) o “Fantasmas” de Peter Straub (1979), e incluso parcialmente de la película “El laberinto del fauno” (Guillermo del Toro, 2006), entre una infinidad de referencias menos explícitas a lo largo de las décadas.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 14, 2016.

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