El gran tiempo

El premio Hugo más antiguo de entre los que me quedan por examinar en la Hugolatría es “El gran tiempo”, de Fritz Leiber (también editada en español como “La gran hora” y “El gran momento”, siendo esta última una edición pirata). Fue publicado originalmente como “The big time” en 1958, en los números de marzo y abril de Galaxy, obteniendo el galardón ese mismo año. Como curiosidad, cabe señalar que, en propiedad, según el actual reglamento del certamen se trataría de una novela corta (novella), con menos de 40.000 palabras. Sin embargo, en la edición de 1958 (de hecho hasta 1968) no hubo categorías separadas en este sentido, por lo que su lugar en la historia se encuentra junto con sus “hermanas mayores”.

La narración explora un tema recurrente, el de los viajes temporales, pero lo hace con una tremenda originalidad. De hecho, aborda la empresa respetando las tres unidades clásicas (de lugar, tiempo y acción), localizando la historia en el Lugar, un habitáculo (de un tamaño entre una sala de fiestas y un hangar de zepelines) aislado del tiempo y del espacio, donde los soldados de una eterna guerra temporal (entre los bandos opuestos de las arañas y las serpientes) curan sus heridas (principalmente psicológicas) gracias a los cuidados del personal permanente (consistente en tres “anfitrionas” y tres técnicos). Las similitudes con una obra teatral, sin embargo, no quedan en el mero planteamiento, pues la acción real acontece en un espacio no mayor que un escenario típico, en el que los distintos personajes (doce en total) entran y salen, establecen conversaciones a diversas bandas y proclaman monólogos.

Desde este reducido contexto, a través de los diálogos, Leiber expande los muros de la acción, referenciando sucesos acaecidos a lo largo y ancho de una línea temporal que abarca mil millones de años hacia el futuro y hacia el pasado (épocas en que viven, respectivamente, una especie de faunos y unos lunarios tentaculares, con un representante de cada uno de ellos entre los soldados que visitan el Lugar). La imagen que nos presenta el autor es la de una historia fluctuante, cruzada por los vientos del cambio originados en las alteraciones y con una serie de fascinantes leyes que gobiernan sus efectos. Incluso cabe ocasión de ofrecer atisbos ucrónicos, con una Alemania nazi vencedora de la guerra, ocupando EE.UU.  (pese a lo cual, en el mismo bando de la guerra temporal encontramos a un oficial de la Whermacht del gobierno de ocupación en Chicago, a un soldado-poeta británico de la Primera Guerra Mundial y a un par de chicas estadounidenses de ambas épocas).

Las tensiones de una situación tan extrema llevan al límite la resistencia mental de los soldados, y cualquier acontecimiento puede hacer prender un incendio incontrolable. La chispa, en este caso, salta por los roces entre integrantes de un mismo comando, y prende debido a la introducción de un pequeño artefacto nuclear en el Lugar, cuya activación, y posterior desaparición, empuja la trama hacia su conclusión.

La narradora de la historia es una de las anfitrionas, Greta Forzane, testigo y parte de los acontecimientos (aunque siempre con una actitud pasiva/conciliadora, que no evita cierta acidez irónica en sus pensamientos privados). Al resto de los personajes los conocemos a través de sus acciones y sus discursos (casi todos ellos gozan de una ocasión al menos para arrancarse en un monólogo y centrar así en ellos la atención). El paralelismo teatral (con especial inclinación hacia los dramas shakesperianos, a los que Leiber profesaba gran admiración), se acentúa al hablar hasta dos personajes en verso blanco (la forma poética más habitual en el idioma inglés, consistente en discursos con una métrica y ritmo estrictos aunque sin rima).

“El gran tiempo” constituye una obra ambiciosa, aunque un tanto grandilocuente, lastrada por una excesiva aura de autoimportancia. Esto, posiblemente, fue determinante en la concesión del premio (habida cuenta de la ligereza de la ciencia ficción más habitual de la época), pero no le ha beneficiado en cuanto a mantener su vigencia con el paso de las décadas. La fama menguante de Leiber (cuya pervivencia se circunscribe casi en exclusiva al campo de la fantasía gracias a su saga de Fafhdr y el ratonero gris), tampoco ha servido bien a la causa de esta obra, cuya luz palidece al lado de compañeras de promoción como “Puerta al verano” y “Ciudadano de la galaxia” de Heinlein, “Ojo en el cielo” de Dick o “El sol desnudo” de Asimov.

No le ayudan en absoluto, pese a sus innegables virtudes (alcance, fascinación, osadía), unos defectos igualmente evidentes. La faceta de cuento de misterio (que asume la forma clásica del crimen cometido en una habitación cerrada), se soluciona de un modo extremadamente torpe, sacándose al final de la manga un artilugio de propiedades increíbles (precisamente el tipo de desenlace contra el que Asimov prevenía en sus intentos, algunos más éxitosos que otros, que llevar el género detectivesco a la ciencia ficción). Lo peor es que hubiera sido un fallo subsanable con una mejor gestión de la información, hasta el punto que sólo la división del original en dos entregas mensuales puede medio justificar la metedura de pata.

Cierta contención en cuanto a personajes también hubiera sido de agradecer, pues los doce no tienen ocasión de brillar y varios de ellos hubieran podido ser eliminados, con sus funciones indispensables asimiladas por los restantes, para potenciar la identificación con las diferentes posturas y los antagonismos. Por último, cierto tufillo a pedantería hace la lectura por momentos espesa, aunque he de reconocer que las enormes dificultades de traducción pueden pesar en esta valoración.

Entre 1958 y 1965, Leiber publicaría otras siete narraciones sobre la Guerra del Cambio, agrupadas en la antología “Crónicas del gran tiempo”, que básicamente expanden las ideas ya esbozadas en la novela corta original. De igual modo, pese a su escasa vigencia per se, el concepto de base ha influido a autores posteriores, como puede ser el caso de “Los corredores del tiempo”, de Paul Anderson, o el arco argumental sobre la guerra fría temporal de las tres primeras temporadas de “Star Trek: Enterprise”.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Serie de Lankhmar:

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~ por Sergio en junio 6, 2011.

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