Esposa hechicera

La primera venta profesional de Fritz Leiber fue “Dos en busca de aventura”, el cuento de presentación de Fafhrd y el Ratonero Gris, editado en Unknown en 1939. Cuatro años después, la misma revista publicó su primera novela, “Esposa hechicera” (“Conjure wife”, 1943), un pequeño clásico del horror, fuente de inspiración para tres películas y merecedora del premio retroHugo de 1944, concedido en 2019 (por delante de la segunda de sus novelas, la fábula religiosa postapocalíptica “¡Hágase la oscuridad”, aparecida dos meses después en Astounding).

La novela nos presenta a un joven y prometedor profesor universitario, Norman Saylor, que está tratando de medrar en el a veces agobiante entorno académico de una pequeña pero prestigiosa institución conservadora. Un apoyo fundamental en su labor es su esposa, Tansy, quien tras cierto viaje de investigación antropológica en que ambos se embarcaron ha desarrollado una serie de “manías” relacionadas con la elaboración de hechizos protectores, lo cual causa no poca zozobra a Norman cuando descubre, por ejemplo, su colección de tierra de cementerio.

A instancias de él, Tansy se deshace de todas esas “tonterías”, y justo entonces la suerte de Norman da un vuelco espectacular, y allí donde todo le estaba yendo a pedir de boca empiezan a surgir reveses imprevistos que pronto escalan hasta una operación sistemática de desprestigio que acaba dejando una única explicación razonable: que las esposas del resto de miembros del departamento son también brujas (como acaba demostrándose cierto para todas las mujeres), y solo los conjuros improvisados (pero muy atinados) de Tansy habían estado protegiéndolos de su malevolencia.

No voy a negar que al principio la premisa suena poco prometedora, y durante los primeros compases de la novela parecen confirmarse los peores temores. Poco a poco, sin embargo, va revelándose la maestría de Leiber, que transforma una paranoia que en otras manos hubiera podido derivar en una muestra más del pulp sexista (por absoluto desconocimiento del sexo femenino) tan habitual en la época, en una pequeña obra maestra de horror urbano, ciertamente progresista para su época (propugna a la postre la colaboración de hombres y mujeres, así como el reconocimiento de la a menudo crucial labor de estas en el éxito de la pareja… aunque tampoco conviene pedirle peras al olmo, que sigue siendo un producto de su época, y el progresismo de antaño puede antojársenos de lo más carca hoy), pero sobre todo con una carga de horror psicológico adelantado a su tiempo (desde una perspectiva que no empezaría a cultivar sino casi una década después Richard Matheson).

Una vez planteada la anécdota inicial, lo que se nos muestra es una plasmación de la brutal presión social a la que la conservadora comunidad universitaria somete al más liberal matrimonio Saylor. Buena parte de sus conflictos se originan, de hecho, en choques de índole moral, bien sea por el contenido de las clases que imparte a sus alumnos (en antropología) o por las compañías que frecuenta (actores de dudosa reputación). En todo ello se percibe claramente el reflejo de las experiencias de Leiber durante el año en que estuvo impartiendo clases de retórica y teatro en el Occidental College (curso 1941-1942), actividad que acabó abandonando hastiado de la política académica.

Por si esto fuera poco, a medida que el enfrentamiento se recrudece, la historia va adquiriendo tintes cada vez más oscuros, y en el ataque definitivo contra los Saylor, así como en el modo en que estos se defienden, Leiber hace uso tanto de sus conocimientos antropológicos (en el diseño de los conjuros que se utilizan, que sigue una lógica mágica “realista”) como de su cercanía filosófica al horror existencialista lovecraftiano. Es esa síntesis entre lo cósmico y lo mundano, lo que termina de conferir a la historia todo su impacto. Más allá de los escenarios clásicos del terror, como ruinas ancestrales, parajes desolados y círculos arcanos.

“Esposa hechicera” desvela la podredumbre bajo el barniz de la cotidianidad. Desvela cómo bajo la superficie de buenas maneras y el convencionalismo pueden agazaparse fuerzas destructivas, que se alimentan sobre todo de la envidia y la ambición; al tiempo que juega con la idea de que, como afirmaba Shakespeare (no hay que olvidar que los Leiber fueron una familia de actores shakespirianos), hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña nuestra filosofía; pudiendo referirnos con ello tanto a los límites más o menos definidos de la ciencia, que proscribe como mera superstición sin fundamento todo lo que no entiende (del mismo modo en que Norman ridiculiza inicialmente las ideas de Tansy), como a la férrea jerarquización social y la estricta asignación de roles sexuales que impone la sociedad sobre sus miembros si desean contar con su imprescindible sello de aprobación.

Entre la competencia de Leiber por el retroHugo se contaron no solo un par de inevitables en la época (el matrimonio Kuttner/Moore con una narración en la tradición de la Tierra Moribunda y un leve sustrato bélico, “Earth’s last citadel”; y el inevitable y rancio A. E. van Vogt con “Los fabricantes de armas”, la secuela de “Las armerías de Isher”), sino también dos literatos de la talla de C. S. Lewis (con la segunda entrega de su Trilogía Cósmia, “Perelandra”) y el premio Nobel Herman Hesse (con la fábula utópica “El juego de los abalorios”).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Serie de Lankhmar:

~ por Sergio en mayo 14, 2020.

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