Barbagrís

“Barbagrís” (“Greybeard”, 1964) es un título pivotal en la carrera de Brian Aldiss, que había comenzado en 1954 y que andaba, en cierto modo, a la búsqueda de un estilo propio.

En Aldiss se fusionaban dos tradiciones, por un lado los escenarios y arquetipos aventureros desarrollados por la Edad de Oro estadounidense, y por otro la orientación mucho más filosófica del viejo romance científico británico (siendo, en particular, un gran admirador y estudioso de la obra de H. G. Wells). Así, aunque ya había alcanzando el reconocimiento de crítica y público con obras como “La nave estelar” (1958) o la premiada “Invernáculo” (1962), faltaba un ingrediente en su ficción, algo nuevo.

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Justo por entonces otro autor británico, J. G. Ballard, empezó a publicar sus títulos de ciencia ficción postapocalíptica, arrancando el “El viento de ninguna parte” (1961) y continuando con “El mundo sumergido” (1962). Su empleo del escenario catastrofista, no como sustrato para la aventura, sino como herramienta para reflejar o hacer aflorar el universo interior de sus personajes, fue pionero en el movimiento que acabó bautizándose como la New Wave, y a cuyos principios se entregó de forma entusiasta Aldiss.

Ese mismo 1964 ya publicó otra novela, “Los oscuros años luz“, que bajo el disfraz de una space opera heroica satirizaba los modelos imperantes en la ciencia ficción desde la proliferazión de los pulps, al tiempo que anticipaba las nuevas sensibilidades. Es con “Barbagrís”, sin embargo, una historia postcatastrofista (como lo sería también su siguiente novela, “Un mundo devastado“), con la que abraza definitivamente un estilo que le aportaría un gran reconocimiento crítico… y una apreciable disminución de popularidad y ventas.

Barbagris

“Barbagrís” nos presenta un mundo en el que el protagonista, Algernon “Algy” Timberlane, apodado Barbagrís, es a sus cincuenta y pico una de las personas más vivas más jóvenes del planeta. En 1981, una serie de pruebas nucleares en el espacio tuvieron un efecto secundario inesperado al interferir con los cinturones de Van Allen. La protección magnética de la Tierra se debilitó por unos instantes, provocando enfermedades ligadas a la radiación (que afectaron especialmente a los niños), abortos e infertilidad en la mayor parte de los mamíferos… incluyendo a los seres humanos. Desde esa fecha fatídica no hubo más nacimientos, y las generaciones existentes fueron envejeciendo, sin que nada acudiera a proporcionarles el relevo.

Algy vive con Martha, su esposa, en Sparcot, una aldea en el tramo superior del Támesis, donde un grupo de ancianos se ha organizado como una comunidad más o menos autosuficiente. Cuando a la aldea llega el rumor de que un ejército de armiños salvajes está a punto de arrasar la región, la poca organización que existía se desmorona, y ambos deciden huir en barca río abajo, buscando el mar con un afán casi obsesivo, como despertando tras años de letargo.

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Al final se les acaban sumando otra pareja de ancianos y el trampero de la aldea (personas todas ellas que tienen un pasado con Algy, como se va revelando), y a partir de ahí la narración diverge en dos direcciones intercaladas. Por un lado, a modo de flashbacks, se nos presenta la vida de Barbagrís (antes de le hubiera crecido esa característica distintiva), en intérvalos de quince años: Primero su huida de Oxford a los cuarenta y tantos, bajo la presión de una minidictadura militar; luego su experiencia bélica a los veintipico y su reclutamiento para el programa DOUCH(E) (“douche” significa en inglés irrigador vaginal) en Washington; y finalmente el suicidio de su padre, un fabricante de juguetes, a los siete años, dos después de la catástrofe. Por el otro, el grupo avanza río abajo, con paradas en una feria, en un Oxford semi inundado, gobernado por una inútil gerontocracia académica, y finalmente en una isla donde un grupo de ancianas vive esperando la prometida (por un líder espiritual, que no es sino un charlatán literalmente de feria) Segunda Generación.

Todo ello lo usa Aldiss para analizar, pausadamente, con un lirismo heredado del poeta Thomas Hardy (según propia confesión; al no estar familiarizado en modo alguno con su obra es un extremo que no puedo corroborar), el sentido del relevo generacional. Lo que nos describe es un apocalipsis elongado, un declive suave, punteado de actos de violencia, pero no centrado en ellos; una humanidad privada de sentido, con el tejido de la sociedad industrial (de los sesenta) deshaciéndose al ir desapareciendo uno a uno los hilos de la urdimbre sin nada que los reemplace. Así, mientras todo lo humano se desmorona, la naturaleza (las partes intactas, al menos), brota con mayor pujanza y recupera su dominio.

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En cuanto a los hombres, una especie de extraña locura se ha apoderado de ellos. No es algo que se manifieste de forma vehemente, sino sutil. Su consciencia colectiva es un caldo de cultivo para las supersticiones: ejércitos de armiños, migraciones escocesas, gnomos en la espesura, niños sanos que nacen de úteros marchitos…

Barbagrís, a sus casi sesenta años, representa paradójicamente la fuerza de la junventud, o al menos lo más cerca que es posible encontrar ya en el mundo de ese ideal perdido. En él la locura se manifiesta en dos obsesiones: buscar el mar y seguir las pistas equívocas sobre posibles niños (lo cual le crea más de un problema). Todo ello mientras trata en su interior de encontrarle un sentido a su vida, algo que soslaye la certeza de que cuando el último de la vieja generación muera ya no habrá porvenir; ni directo, a través de hijos propios, ni cultural.

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Es posible rastrear los cimientos de la novela en la preocupación por el aumento de los residuos radioactivos que llevó en 1963 al Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares (que los circunscribió a las pruebas subterráneas, tras el estallido del mayor artefacto atómico, la Bomba del Zar, en 1961), y antes que eso en el pesimismo que la carrera nuclear llevó a la ciencia ficción a principios de los años cincuenta (que produjo obras como “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke, “Más que humano” de Theodore Sturgeon o un poquito más tarde “Galaxias como granos de arena”, del propio Aldiss). Pese a ello, la obra trasciende ese contexto específico para apuntar a la esencia misma de lo que nos impulsa, de lo que somos.

“Barbagrís” no es una novela redonda. Su final es apresurado e insatisfactorio (con un ramalazo positivo demasiado súbito e infradesarrollado, que no termina de atar los hilos de la trama) y aparte de Barbagrís, los personajes carecen de definición (algo que resulta particularmente notorio en su esposa Martha). Lo importante aquí, sin embargo, es el viaje, una invitación al autoexamen y a recalibrar lo que de verdad importa en esta vida.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 15, 2014.

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