Los oscuros años luz

Hoy reseñaré una obra un tanto oscura, al menos para el lector hispanohablante, pues cuenta con una única edición, en la extraordinaria colección Super Ficción de Martínez Roca, en el año 1978. Se trata de”Los oscuros años luz” de Brian Aldiss, uno de los autores británicos que revolucionaron la ciencia ficción en los sesenta, aunque luego se difuminó un tanto y, casi me atrevería a sugerir que de los nombres inmediatamente reconocibles del género es actualmente uno de los menos leídos.

“Los oscuros años luz” es una obrita menor, cuyo interés radica en cuestiones ajenas a su trama. Aldiss la publicó en 1964, fecha en la que se puede ubicar el pistoletazo de salida para la New Wave (fue el año en que Michael Moorcock se hizo con la dirección de la revista New Worlds, que aglutinaría a los integrantes del movimiento).

Resulta evidente que algo ya se estaba fraguando, y esta novela es un buen ejemplo de precursora. Considerada generalmente como una sátira en torno a lo que podemos entender como “civilización”, posee una segunda sublectura como crítica de la ciencia ficción clásica (la de la Edad de Oro) y anticipo de los nuevos caminos por los que se aventuraría el género durante la década siguiente.

Tras un breve prólogo destinado a sumergirnos en un ambiente extraño y a predisponernos con respecto a los hechos que vamos a conocer (un error, en mi opinión, que denota cierta falta de confianza, no sé si en sus capacidades narrativas o en la empatía de los lectores), la acción arranca a modo de flashback con el descubrimiento por parte de una astronave de exploración del espacio profundo de un grupo de extraterrestres que se están refocilando en un estanque de su propia mierda. Nosotros (los lectores) sabemos que son inteligentes (Aldiss nos ha metido en sus pensamientos, así que sabemos que los excrementos y la defecación son elementos clave de su cultura, y no sólo eso, sino que reconocen a los humanos como seres pensantes), pero los astronautas sólo ven un grupo de hipopótamos con dos cabezas (en una de ellas se abre el ano), con seis patas y 200 kilos de peso que avanzan hacia ellos, así que hacen lo que es de esperar de cualquier ser humano en una situación parecida: los acribillan a balazos.

Los expedicionarios se llevan consigo a dos supervivientes a la Tierra, donde acaban encerrados en el exozoo, en manos de un comité de científicos encargado de determinar si son seres inteligentes y, en dicho caso, de lograr desentrañar su complejo lenguaje, formado por chasquidos, silbidos, gruñidos y ventosidades.

A través de lo que sólo puede describirse como monólogos a varias bandas, los protagonistas elucubran sobre lo que es ser civilizado y sobre las dificultades de comunicación entre seres radicalmente diferentes en fisiología y psicología. Son discursos bastante pomposos, algo buscado en parte por el autor para burlarse del concepto de civilización humano (no deja de repetirse la máxima de que “la civilización es la distancia que el hombre pone entre sí mismo y sus excrementos”) y de la autocomplacencia de unos personajes que se creen muy sofisticados al tiempo que se adivinan mucho más cerca de la barbarie y la irracionalidad de lo que están dispuestos a admitir.

Por desgracia, la escatología de Aldiss resulta un poco infantil, como si bastara con repetir cien veces la palabra “excremento” (o, cuando se siente atrevido, “mierda”) para impactar al lector. De igual modo, en las ocasiones en que abandona el punto de vista humano para meternos en la piel de los extraterrestres, los pensamientos no se nos antojan tan extraños como nos quiere transmitir, sino sólo movidos por motivaciones diferentes. La diferencia fundamental poco tiene que ver con la tolerancia a la suciedad. Los utods (pues así se llaman a sí mismos), no experimentan ningún tipo de dolor y esto los hace inmunes a cualquier miedo, en particular al miedo a la muerte (que para ellos es sólo una transición al estado carroña, sin que haya prueba alguna que sugiera la disolución de la consciencia).

Esta línea de razonamiento, tal vez hubiera dado para una reflexión más aguda, pero se trata de una faceta más en un conjunto un tanto caótico, en el que se entrecruzan personajes, situaciones y discursos sin hilo cohesivo (es de agradecer, por tanto, que se trate de una novela breve). Amaga, amaga, pero no termina de soltar el golpe, por lo que queda por detrás de muchas otras obras satíricas más focalizadas, como “Más verde de lo que creéis“.

Ahí terminaría la cosa, en una obra con puntos de interés aunque fallida en su conjunto, de no mediar la segunda sublectura, que más que importancia intrínseca posee relevancia histórica. “Los oscuros años luz” se conforma como un eslabón entre las historias de La Edad de Oro y la New Wave. Aprovecho para hacer algo de memoria:

La New Wave fue un movimiento, eminentemente británico, al menos al principio, que se originó como reacción frente a la ciencia ficción más simple y aventurera de los años 50. Abogó por un cambio de escenario, abandonando los conflictos externos en favor de los internos y favoreciendo la exploración temática y estilística

En “Los oscuros años luz” tenemos viajes espaciales, sí, e incluso una guerra espacial, pero son acontecimientos situados en segundo plano, utilizados más como excusa que como base de la acción. Incluso podría interpretarse como una burla de las clásicas historias de encuentros entre humanos y alienígenas. El introducirnos en la mente de los utods nos permite observar bajo una luz diferente acontecimientos que de contar únicamente con el punto de vista humano podríamos llegar a considerar incluso heroicos. Hay un personaje, Hank Quilter, que es el típico héroe de folletín; alto, atlético, de gatillo fácil y un hombre de acción antes que de reflexión. En cualquier otra novela hubiera podido ser el protagonista, pero aquí tan sólo es el bufón y lo más parecido a un villano que podemos encontrarnos (en realidad, le falta la intencionalidad para asumir ese papel, es sólo un bruto cazurro e inconsciente).

Incluso describe un fenómeno curioso que bien podría aplicarse para reinterpretar muchas aventuras espaciales previas. Lo denomina encontrarse “al este de Suez” (en honor de Kipling), y lo explica como una liberación de las restricciones al sentirse más allá de la censura y la justicia de los semejantes. En otras palabras, el barniz civilizado desaparece y nos encontramos con el salvaje que todos llevamos dentro. Con la salvedad de que los excesos a los que se entregan los personajes no son muy diferentes de lo que podríamos hallar en cualquier folletín pulp como actitudes modélicas.

Aldiss propone con su novela un cambio de actitud, un rechazo hacia los temas clásicos. Propone en su lugar una exploración diferente. Todo esto lo explicita en un párrafo, casi al final, que describe una escultura utod:

En consecuencia, su lucha, la del ser representado en aquel granito —donde se unían el filósofo y el escultor, el hombre de espíritu y el artesano—, era la lucha con su reposo natural (el torpor, podría decirse), mientras que la lucha del hombre había estado dirigida hacia afuera, contra las fuerzas que creyó se le oponían.

Resulta una declaración de intenciones tan buena como cualquier otra sobre lo que sería la New Wave. Además, la frase final de la novela: “Y el momento de que el resto de sus hermanos pensaran también en la libertad”, es una llamada inequívoca a la revolución.

Sus hermanos (Brunner, Delany, Silverberg, Disch, Ellison, Moorcock, Zelazny…) respondieron, y la revolución dominó el panorama de la ciencia ficción durante más de una década, hasta que perdió impulso y fue superada por el contraataque de los vencidos (el renacer del hard neocampbeliano) y por formas más modernas de transgresión (el cyberpunk). Pero eso ya es otra historia.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 5, 2009.

3 comentarios to “Los oscuros años luz”

  1. […] un cuento de ciencia-ficción hace ya bastantes años, creo que se titulaba “Los obscuros años luz” de Brian Aldiss que decía que el grado de civilización puede medirse a partir de dos […]

  2. Lo leí siendo un chaval y me aburrió bastante. Lo que sí me dejo fue el “miedo” a estar en el sitio de los alienígenas de la novela; a que nos descubra otra especie pero no nos reconozca como a seres inteligentes y autoconscientes.

  3. Lo cierto es que es una novela interesante más por cuestiones históricas (dentro de la evolución de la ciencia ficción) que por motivos intrínsecos. En cualquier caso, el verdadero peligro de un contacto alienígena pienso que estaría en el choque cultural (hay varios cuentos en “A diez mil años luz”, de James Tiptree Jr., que tratan sobre eso, y entre la producción española, desde una perspectiva muy interesante, recomendaría “Perros bajo la piel”, de Cofiño).

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