Criptozoico

Brian Aldiss no es un autor que esté muy de moda últimamente, lo cual no quiere decir que su nombre no sea conocido, sino simplemente que sus libros ya no terminan de conectar con el público actual. Quizás esto sea debido a que fue uno de los estandartes de la New Wave británica, un movimiento importante y posiblemente necesario, aunque también denso y, en cierto modo, tan incompleto como la ciencia ficción clásica contra la que se rebelaba. En concreto, Aldiss, aun siendo una de sus figuras principales (tanto en su faceta de escritor como de antologista), carece de esa gran novela capaz de trascender modas y anacronismos para transformarse en una referencia universal. Y es una pena, porque puede que literariamente sea de los mejores escritores que han cultivado la ciencia ficción.

“Criptozoico”, en concreto, es una novela repleta de promesas e ideas interesantes, con una profunda sublectura, deudora en buena parte de su época, que por desgracia no termina de definir, por lo que el impacto global se diluye, quedando como más aparente la trama aventurera (que no destaca particularmente sobre muchas otras similares). Fue publicada por primera vez en 1967 en Gran Bretaña, bajo el título “An age”, y al año siguiente en EE.UU. como “Cryptozoic!” (sí, con el signo de exclamación). Desde entonces, todas las reediciones a ambos lados del Atlántico han optado por el segundo título (aunque los británicos han prescindido del “!”).

No es de extrañar que se haya impuesto esta opción. No sólo es más evocador, sino que condensa mucho mejor los múltiples sentidos de la novela. En geología, el criptozoico es una forma anticuada y en desuso de referirse al precámbrico, que su vez es un modo informal de agrupar los tres eones (aproximadamente cuatro mil millones de años) previos al fanerozoico, que es el eón actual. El nombre antiguo proviene del hecho de que, pese a comprender el 87% del tiempo de existencia del planeta, los datos directos que se tienen de él son muy escasos, pues la mayor parte de las rocas de esa antigüedad han sido sepultadas, erosionadas o metamorfizadas. El criptozoico, por tanto, abarca el tiempo oculto, anterior (subyacente de acuerdo con el principio de superposición de estratos) al nuestro.

La novela explora una temática clásica dentro de la ciencia ficción: los viajes en el tiempo. En esencia, este tipo de narraciones versan en mayor o menor medida sobre dos facetas. La primera son los hechos, bien sea del pasado (históricos), bien del futuro, con la posible intervención del crononauta. La segunda es la esencia misma de lo que conocemos como “tiempo”, tanto desde un punto de vista físico como metafórico. En la intersección de ambos enfoques aparecen fenómenos como las famosas paradojas.

“Criptozoico” comienza asentada decididamente en el campo de la exploración conceptual, mostrándonos una visión del viajero en el tiempo muy original. El visitante del futuro no puede interaccionar con el ambiente, ni siquiera puede oír, oler o tocar nada, tan sólo ver, sin ser visto ni sentido en cualquier otra forma. Esto, junto con otras peculiaridades que sería largo detallar, basta para hacer atractiva la propuesta (y ayuda a sobrellevar la densidad excesiva, un poco pedante incluso, del texto). Pero no acaban ahí las peculiaridades. Recordemos que se trata de una obra inscrita en la New Wave, un movimiento que primaba la exploración interior a la exterior. Por tanto, no existe “máquina del tiempo”, la traslocación temporal se logra mediante una serie de disciplinas mentales (conocidas como método de Wenlock) y el auxilio de una droga, que recibe el poco disimulado nombre de CSD.

La función de la droga consiste en liberar la parte profunda del cerebro (la submente) del dominio férreo de la sobremente, una estructura posterior que aparentemente se ocupa de filtrar, procesar e incluso crear la sensación de anclaje temporal. Por si la analogía no fuera lo suficientemente clara, el protagonista, Eddie Bush, un artista en infructuosa búsqueda de inspiración, divaga a menudo sobre la psicología, estableciéndose un claro paralelismo entre la submente y el subconsciente y entre Wenlock y Freud. Además, al igual que las ideas de Freud fueron ampliadas y matizadas por estudiosos posteriores, Wenlock cuenta con su propio Carl Gustav Jung, en la figura de Silverstone, un teórico, padre de una revolucionaria nueva concepción del viaje mental y del propio tiempo.

El viaje temporal hacia el lejano pasado (la novela arranca en el devónico), se equipara a un descenso hacia las capas más profundas del subconsciente, de un modo similar a (quizás influenciado por) el modo en que la regresión hacia un clima jurásico en “El mundo sumergido” de J.G. Ballard otorga el predominio al paleocórtex reptiliano sobre la funciones superiores del neocórtex mamífero (de acuerdo con la ya obsoleta teoría tripartita del cerebro). En el devónico, Eddie Bush se enfrenta a su pérdida de inspiración y a los conflictos internos, en particular un avasallador complejo edípico que condiciona todas sus relaciones interpersonales.

La novela da un vuelco brutal hacia su mitad, cuando por fin Eddie regresa a su propio tiempo, el 2093, y se encuentra con que la moda del viaje mental al pasado ha hundido la economía y ha propiciado la instauración de una dictadura militar de corte fascista. De pronto nos encontramos en una novela completamente diferente (incluso el estilo varía). Se nos presenta una distopía futurista en la que Eddie Bush es reclutado y entrenado a la fuerza para convertirlo en un asesino, con el propósito último de enviarlo a la caza de Silverstone, que se encuentra oculto en algún momento del tiempo.

Durante varios capítulos, la trama parece decantarse por la otra faceta de los viajes temporales, vulnerando una de sus propias reglas autoimpuestas (se nos había revelado que el viaje mental era imposible en épocas históricas). El tiempo subjetivo de Eddie Bush empieza a saltar y entremezclarse con los de otros personajes (Silverstone, un policia militar, una mujer que puede estar relacionada con ambos y con la que el protagonista mantuvo una breve relación) en diversos escenarios (un pueblo minero anónimo en 1930, el Londres victoriano de 1851, el jurásico…), desembocando en una revelación que afecta directamente a la misma esencia del tiempo y que es la culminación de las teorías de Silverstone, una verdad tan demoledora que puede tanto derribar el gobierno autocrático como transtocar de arriba abajo el concepto de realidad que tiene el ser humano.

No desvelaré de qué se trata, basta con mencionar que, pese a lo sugestivo de las imágenes conjuradas por Aldiss, es un concepto tan difícil de aprehender en sus aplicaciones prácticas (que no en su formulación teórica) que los repetidos intentos de los personajes por “aclarárnoslo” se antojan reiterativos e insuficientes. No creo que sea un fallo del escritor, sino que ha tropezado con uno de los conceptos más antiintuitivos que quepa imaginar, y cualquier tentativa de visualizarlo está condenada de antemano al fracaso (el propio lenguaje, un producto de nuestra mente, está configurado de forma tal que impide su exposición).

Entonces, justo cuando ya casi lo habíamos olvidado, Aldiss retoma por sorpresa la sublectura psicológica en un epílogo que vuelve a trastocarlo todo. De pronto se nos insinua la necesidad de reinterpretar la segunda parte de la novela en clave alegórica, atendiendo a su valor metafórico en la mente neurótica de Eddie Bush (obsesionado por cuestiones como la pérdida de su capacidad artística, la culpa, el fracaso y, sobre todo, el incesto).

Como se puede apreciar, un auténtico tour de force en apenas 224 páginas.

¿Por qué entonces no se trata de una obra mucho más reconocida? En parte es un cuestión histórica. En 1968 la New Wave aún era algo muy novedoso en Estados Unidos (que, lo queramos o no, son quienes marcan tendencia). “Visiones peligrosas”, la antología mítica coordinada por Harlan Ellison apenas acababa de publicarse en 1967 (con notable éxito, eso sí), de modo que posiblemente “Criptozoico” fuera una obra demasiado chocante. Además, dista de ser una novela perfecta.

Lo que he expuesto es una reflexión personal que apunta más hacia lo que creo que eran los objetivos que hacia su plasmación. Las dos partes de la novela presentan graves discrepancias, algunas de las cuales no se solucionan hasta el epílogo (cuando ya es muy tarde para cambiar la impresión que producen). Lo que al principio es metafórico se transforma luego en factual, y a la inversa, algo poco aconsejable si se pretende exponer una tesis bien estructurada. Por último, como ya he mencionado, la revelación final sobre la naturaleza del tiempo no queda expuesta con claridad (y, para terminar de rematarlo, apenas hemos realizado el esfuerzo de asimilarla se nos revela que tal vez, sólo tal vez, debamos desecharla).

En cualquier caso, “Criptozoico” es una novela interesante que invita a la reflexión. Sin perder de vista su temporalidad ideológica (tanto por su adscripción a la New Wave como por el uso de teorías y controversias psicológicas contemporáneas), resulta un meticuloso estudio de la personalidad humana. Sus defectos intrínsecos obligan quizás a un esfuerzo extra para apreciarla en su totalidad, pero su calidad literaria lo compensa, de modo que sigue siendo una lectura recomendable para quienes busquen otro tipo de ciencia ficción, alejado de las grandes maravillas tecnológicas y la aventura pura.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en febrero 18, 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: