El tapiz de Malacia

El sábado pasado falleció, recién cumplidos los noventa y dos años, uno de los grandes nombres de la New Wave, el británico Brian Aldiss. Su importancia dentro del desarrollo de la ciencia ficción es gigantesca, aunque tal vez la ausencia de ese título especial que encumbra a un autor haya pesado en su legado, hasta el punto ser un autor no demasiado conocido por las generaciones más recientes de aficionados.

El caso es que él, más que ningún otro, supo establecer puentes entre el viejo enfoque británico del romance científico y la imaginería desarrollada con posterioridad en las revistas pulp americanas. Esa aproximación dual puede percibirse con claridad en algunos de sus primeros títulos, como “La nave estelar” (1958) o “Los oscuros años luz” (1964) y le permitió alcanzar cierto grado de reconocimiento crítico fuera de los círculos especializados.

Su mejor época fueron sin duda los años sesenta, durante los que publicó la mayor parte de sus grandes obras, como “Invernáculo” (1962) (que le valió el premio Hugo… de ficción corta, aunque el galardón se concedió al conjunto de relatos que conforman el fix-up), “Barbagrís” (1964) o “Criptozoico” (1967), así como algunas de sus obras más experimentales, como “Informe sobre probabilidad A” (1967) o “A cabeza descalza” (1969). En los setenta, a medida que la ciencia ficción iba recuperando su enfoque más aventurero, él siguió profundizando en un estilo del que, poco a poco, iban distanciándose los aficionados. Aun así, destacan de esta época títulos como el homenaje a los clásicos británicos “Frankenstein desencadenado” (1973) o su única incursión en la fantasía más o menos pura, “El tapiz de Malacia” (“The Malacia tapestry”, 1976), así como su continuada labor como prestigioso antólogo.

En los ochenta llegó su obra magna, la monumental trilogía de Heliconia (1982-85), que pese a su éxito (relativo) en Nebula, Locus, BSFA y John W. Campbell Memorial, supuso en cierta forma la constatación de que la ciencia ficción había tomado otros rumbos, y así Brian Aldiss siguió perdiendo relevancia dentro del mundillo de la ciencia ficción (justo cuando los autores de la generación anterior empezaban a disfrutar de una segunda época de gloria, en medio de la irrupción de nuevas tendencias y autores). Ello no interrumpió su labor, y Aldiss se mantuvo activo, tanto en ficción como en poesía o ensayo hasta casi el fin.

Como decía “El tapiz de Malacia” supone un título singular en su bibliografía. Aunque su ficción nunca se apoyó en exceso en la ciencia, los temas y escenarios que escogía sí que podían en general clasificarse dentro de la ciencia ficción, mientras que para esta novela, pese a un tímido intento por apelar a las dimensiones paralelas, la ambientación es propia de la fantasía. No épica, sin embargo, sino como mucho picaresca, urbana, renacentista. Una versión abigarrada y al mismo tiempo prosaica de la Lankhmar de Fritz Leiber o, de forma mucho más próxima, la Viriconium de M. John Harrison, a través de cuyos habitantes explorar el estancamiento y la decadencia.

El protagonista y narrador de “El tapiz de Malacia” es Perian de Chirolo, un joven actor en la milenaria e inmutable ciudad de Malacia cuya única preocupación en la vida es disfrutar del sexo con cuanta mujer apetecible se ponga a su alcance, sin dejar que consideraciones morales de ningún tipo le turben. Tanto le vale la mujer de su patrón, como una humilde remendona como la hija mimada de una familia pudiente. Como buen libertino, se entrega por completo al hedonismo y vive feliz en medio de una existencia sin objetivos a largo plazo.

Toda Malacia se encuentra atrapada no ya en un bucle, sino en una calma eterna, salpicada aquí y allá de pequeñas desgracias personales, como la peste o la ruina, pero sin que ningún gran cambio amenace con alterar lo que ha sido y será. De hecho, el Consejo secreto de la ciudad vela por eliminar de raíz todo atisbo de cambio, como el que empieza a germinar en pequeños núcleos revolucionarios. Cualquiera podría esperar de Perian que fuera involucrándose en estos movimientos progresistas, pero Aldiss no está interesado en explorar ese tipo de historia. Su protagonista exhibe el egoísmo propio de la infancia, y lo único que le preocupa es su propio bienestar, y si acaso alberga alguna expectativa de evolución social, sus esperanzas se sustentan en acceder por matrimonio a una existencia más acomodada, sin que el destino de la ciudad en su conjunto le preocupe en absoluto.

Su último objetivo, sin embargo, es distinto. Por Armida siente algo más permanente. Nada que le impida, al menos en un principio, seguir picoteando de flor en flor, pero sí un sentimiento que le impulsa al cambio personal. Coincidentemente, se ve involucrado en proyectos que huelen a cambio, a pequeña revolución como semilla de una revolución mayor, aunque en su fuero interno nada hay que le predisponga a aceptar ese camino… al menos hasta haber tocado fondo en sus modestas ambiciones.

“El tapiz de Malacia” constituye una fantasía muy distinta de casi cualquier otra que se haya publicado. Ni siquiera se regodea en la decadencia, como sucede con las ficciones de Tierra Moribunda. La decadencia de Malacia no surge del agotamiento, sino del estancamiento, de la voluntaria decisión, tanto individual como colectiva, de no asumir responsabilidades o tomar decisiones (siquiera ante la presencia de un ejército invasor a las puertas de la ciudad). La novela escenifica en muchos aspectos un rito de madurez, el de una ciudad preparada por fin para el cambio, individualizada en Perian, listo quizás para abandonar la irreflexiva despreocupación de la juventud.

Así, son varios los opuestos en precario equilibrio, en oposición o en una extraña fusión que hace difícil distinguirlos, empezando por la inmovilidad y el cambio y siguiendo por Dios y el Diablo (incluso la propia religión de Malacia es dualista, incapaz de decantarse por una u otra opción), la juventud y la madurez, el arte y la vida… De igual modo, resulta imprecisa la ambientación. En muchas críticas he leído que Malacia se inspira en la Italia renacentista (en particular en Venecia), pero no creo que eso sea completamente cierto. La ciudad es una amalgama de diversas culturas, tomando también prestado elementos del Siglo de Oro español o el romanticismo inglés. Detenida, en cualquier caso, al borde mismo de la Ilustración.

También es de destacar en cuanto a su ambientación la presencia de los ancestros, dinosaurios (más o menos reconocibles) que siguen vivos entre los hombres (y, de hecho, son considerados erróneamente los antecesores de la humanidad, siendo despreciados todos esos desviados que buscan su linaje entre los simios). Las escenas con los grandes ancestros, de hecho, confieren exotismo a algunas de las mejores escenas de una novela que sin ese toque de extravagancia podría haber resultado quizás demasiado árida.

A la postre, en medio de ese tapiz que teje con su imaginación, Aldiss nos conduce por la evolución moral de Perian, aunque fiel a su habitual pesimismo decide detenerse justo en el punto más bajo, escamoteándonos su redención (si es que llega a producirse). Por el camino nos regala un escenario singular, con dinosaurios y ejércitos, astrólogos y actores, magos, dioses y sacerdotes, arte y egoísmo, miseria moral y material, amor y concupiscencia, un fresco estático que, sin embargo, apunta a una evolución ulterior, más allá de nuestra mirada y nuestro conocimiento.

Brian Aldiss

(18 de agosto de 1925 – 19 de agosto de 2017)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en agosto 25, 2017.

Una respuesta to “El tapiz de Malacia”

  1. […] El Tapiz de Malacia […]

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