Un mundo devastado

Los años 60 fueron la mejor década del británico Brian Aldiss. Como abanderado de la New Wave, se empeñó en llevar la ciencia ficción a un nuevo nivel, tanto literario como especulativo. En 1965 publicó “Un mundo devastado” (“Earthworks”), su obra más decididamente distópica.

La novela nos lleva a un futuro no demasiado lejano (para los estándares de la época, es decir, un par de siglos), donde la superpoblación (veinticuatro mil millones de individuos) prácticamente ha agotado todos los recursos de la Tierra. Los suelos de casi todo el mundo están agotados y ya no son capaces de producir alimento sin un costoso proceso de enriquecimiento a partir de arena africana y son trabajados por convictos, bajo el control de la nueva aristocracia de Granjeros. El desapego de la tierra alcanza su máxima expresión en las ciudades, suspendidas sobre pilares por encima de las tierras baldías.

La población, sometida a una desnutrición crónica y a contaminantes de todo tipo, es presa de las enfermedades, y el nivel de vida general ha descendido hasta rozar lo catastrófico. Por lo que respecta a la faceta política, las antiguas potencias económicas son las más afectadas por la devastación, mientras que sólo África presenta naciones relativamente pujantes (y en absoluto solidarias con los países pobres). Las tensiones derivadas de la codicia de sus dirigentes, sin embargo, podría llevar al continente, y por ende al planeta, a un apocalíptico conflicto nuclear, salvo que El Mahasset, el político más capaz surgido en tierras africanas, logre aunar esfuerzos, calmar ánimos y encauzar la paz.

Todo esto, sin embargo, se nos presenta como sustrato, pues la narración se centra en Knowle Noland, delincuente de poca monta durante su infancia huérfana, ex convicto y capitán del Estrella de Trieste, un supercarguero automatizado que realiza la ruta Inglaterra-costa del Sahara. Knowle sufre de alucinaciones esquizoides provocadas por la ingesta de venenos, y nos narra, cierto tiempo después de los hechos, sin seguir un orden cronológico estricto, lo que a veces describe como el espíritu de su época (aunque en el fondo es una gran autojustificación para la terrible decisión con que se cierra la historia).

Siendo una novela de Brian Aldiss, y habiendo sido publicada en 1965, la experimentación narrativa y formal es insoslayable, a lo cual ayuda la inserción de alucinaciones (aunque no llega ni de lejos a los niveles del título paradigmático a ese respecto, “A cabeza descalza”, publicada por el mismo autor en 1969). También es propio de la New Wave el que la exploración se centra en la personalida del protagonista, dejando todo lo demás en segundo plano.

Knowle Noland es un típico personaje de Aldiss. No responde ni al molde del héroe ni al del antihéroe. A decir verdad, es un tipo más despreciable que otra cosa, sin otro mérito que saber leer (algo que proclama orgulloso cada vez que se tercia, aunque no parece haberle servido de mucho). Es egoísta, egocéntrico (siempre dispuesto a manifestar lo mucho que el mundo le debe), cobarde, llorón… Por supuesto, todo ello queda, al igual que en otra novela que aborda temas similares, “Más verde de lo que creéis” (Ward Moore, 1947), parcialmente disimulado por el carácter autobiográfico de la narración (aunque, al contrario que en aquélla, a Knowle Noland le gusta autofustigarse, eso sí, quizás no por las razones correctas).

Respecto a la inspiración, se aprecia con claridad que es deudora de la distopía por excelencia, “1984” (incluso llega a referenciarla directamente durante la narración). Eso sí, “Un mundo devastado” está planteada más como una respuesta que como un sucesor. Frente al totalitarismo del gobierno fascista de Orwell, Aldiss desarrolla con paciencia la tesis de la responsabilidad del hombre común (del que Knowle es representante) en la transformación de la Tierra en un infierno.

Apunta, pues, a la tiranía de la masa codiciosa, incapaz de renunciar a la comodidad presente en aras de un futuro indefinido. Incluso con una población siete veces mayor de la contemporánea (pequeño inciso: se duplicó en cuarenta y un años, hace apenas 28 días cruzamos la barrera de los siete mil millones), la masa se niega a aceptar el control de natalidad (tan sólo los descastados Viajeros y algunos cultos minoritarios abogan por la esterilización voluntaria). La sociedad está embarcada en una huida desesperada hacia adelante, utilizando los recursos tecnológicos para retrasar en lo posible la catástrofe maltusiana (a costa de dejar inservible el mundo para cualquier ser vivo).

Pese al mensaje en última instancia ecologista (identifica, por ejemplo, la alienación del ser humano con el distanciamiento de la tierra, cuyo cuidado recae, como trabajos forzados, en lo más bajo de la sociedad), de lo último de lo que se puede acusar a “Un mundo devastado” es de caer en planteamientos bucólicos. Quizás por ello no alcanzó popularidad dentro de los movimientos contraculturales de la época, salvo en los círculos de land art, gracias a la influencia de su principal figura, Robert Smithson. A la habitual inversión de términos (entre países ricos y pobres, por ejemplo), Aldiss llevó la provocación mucho más allá, proponiendo una “solución” polémica para romper la dinámica viciada de su mundo devastado.

En la novela no cabe lugar para la esperanza, salvo quizás tras un sacrificio difícil de aceptar. El autor lanza el aviso: cuanto más tardemos en asumir nuestra responsabilidad con el futuro y poner en práctica las medidas necesarias para asegurarlo, más doloroso será el ajuste. Eso sí, no se muestra muy optimista con respecto a la capacidad de cambio de la masa. Nuestro alter ego, Knwole Noland, entre otros achaques, sufre de escotoma escintilante que, al contrario de lo que él piensa (lo asocia con la persecución que sufre por parte de la Figura, una alucinación recurrente que se manifiesta como su doppelgänger, su doble oscuro, la manifestación de su sentimiento de culpa que debe vencer/abrazar antes de pasar etapa), se define como una ceguera parcial, un halo luminoso que impide ver con claridad lo que tiene enfrente. Cegado, literalmente, por el resplandor del futuro.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 28, 2011.

Una respuesta to “Un mundo devastado”

  1. Ya solo por el nombre dela utor y el título me llamaba la atención, leyendo tu crítica me atrae aún más.

    Saludos.

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