Más que humano

Theodore Sturgeon es quizás el menos conocido de entre los grandes autores de la Edad de Oro. Parte de la culpa recae en que sus años más prolíficos se dieran antes de la instauración de los grandes premios, pero tampoco es ajeno a ella el hecho de que su producción se decante principalmente hacia el cuento, con apena media docena de breves novelas de género fantástico y sólo una, “Más que humano” (“More than human”, 1953), realmente significativa.

Claro que la mayor parte de los escritores jamás llegan a escribir una novela tan significativa como “Más que humano”.

El germen de la obra es una novela corta, “El bebé tiene tres años” (“Baby is three”), publicada en el volumen de octubre de 1952 de Galaxy. En torno a ella, Sturgeon escribió otras dos partes, “El idiota fabuloso” y “Moral”, que completan la narración y le dan una apariencia de fix-up (algo que, siendo estrictos, no es). En mi análisis, en vez de proceder según el orden de lectura trataré de profundizar en el proceso creativo, y a su través en la sublecturas de la obra, ciñéndome al de escritura.

Hacia principios de los cincuenta Sturgeon había empezado a mostrar un gran interés por la psicología (que le acompañaría durante el resto de su carrera), hasta el punto que la novela corta “El bebé tiene tres años” se articula como una consulta psicológica, en la que un joven busca desenterrar recuerdos reprimidos. La teoría de moda por entonces era la Terapia Gestalt, gracias al libro de 1951 “Gestalt Therapy: Excitement and Growth in the Human Personality“, de Fritz Perls, Paul Goodman y Ralph Hefferline, así que la consulta se desarrolla según sus principios. Es el paciente (un joven llamado Gerry) el que debe sanarse a sí mismo a través de la toma de conciencia de la situación en que se encuentra, lo que le permitirá desbloquear su desarrollo futuro.

Paralelamente, Sturgeon juega con el concepto mismo de “Gestalt” en filosofía, que viene a resumirse en la frase “el conjunto es más que la suma de las partes”, especulando con un avance evolutivo en el ser humano que lleva al Homo gestalt, un único ser formado por varios humanos (cuatro) dotados de poderes síquicos (telepatía, telequinesis, teleportación…).

La idea de los poderes mentales como siguiente paso evolutivo no es nueva. Desde “Juan raro” (Olaf Stapledon, 1935) se habían convertido en un elemento habitual de la ciencia ficción, con aportes como “La isla del dragón” (Jack Williamson, 1951) o “Mutante” (Henry Kuttner, 1953; aunque la mayor parte del contenido se publicó originalmente en 1945). La necesidad de integración entre partes individuales para formar un todo sí, lo cual supondría avanzar un paso más allá de la pluricelularidad: una auténtica singularidad evolutiva (aunque el concepto aún tardaría décadas en desarrollarse).

Esta poderosa idea del Homo gestalt es la que desarrolla a través de “El idiota fabuloso” y “Moral”. La primera parte, la que alcanza más altas cotas de calidad literaria, muestra el “nacimiento” de este nuevo ente, que se organiza en torno a Lone, un retrasado con singulares capacidades psíquicas. Su historia es la de una criatura solitaria que anhela formar parte de algo superior. Asistimos a sus primeros y fallidos intentos (el primero de ellos desgarradoramente trágico) por coengranar (palabra inventada por Sturgeon a partir de la fusión de “combinar” y “engranar”) y, finalmente, a la formación del supraorganismo cuando las distintas partes (una niña arisca y telepática, unas mellizas negras que se teletrasportan y un bebé mongoloide con un cerebro computador). El único problema es que la cabeza del superser, la voluntad que lo rige, es la de Lone… y Lone es idiota.

En cuanto al tercer segmento, “Moral”, surge a partir de la última reflexión de “El bebé tiene tres años”. El terapeuta avisa a Gerry, que acaba de cobrar plena conciencia, al desaparecer las barreras psicológicas, de su papel dentro del nuevo Homo gestalt, de la necesidad que tiene de desarrollar una moral que regule sus actos. Esto que parece algo simple, al analizarlo en profundidad se revela como un punto muy problemático. ¿Acaso es aplicable la moral humana a una entidad sobrehumana? ¿Es posible desarrollar una moral que regule nuestros actos frente a los demás en completa soledad (es decir, sin iguales con los que tratar)? ¿Es siquiera necesario?

Alejándose de los planteamientos de Nietzsche, Sturgeon propone una ética que trascienda a las meras necesidades de la supervivencia para alcanzar un estado superior (incomprensible en última instancia para los simples humanos), que reconoce derechos no sólo a los iguales, sino también a los inferiores. El discurso filosófico no es muy depurado, lo cual hace que el segmento se resienta un tanto, no sólo a un nivel conceptual sino también narrativo, pero merece la pena prestar atención al anhelo de trascendencia que lo motiva.

La ciencia ficción posterior a la Segunda Guerra Mundial, en especial a partir de 1950, empieza a alejarse del optimismo tecnófilo de la Edad de Oro. Los horrores del conflicto (vidas malgastadas, campos de concentración, empleo de armas atómicas…), así como la evolución de la política de bloques y la carrera armamentística, hicieron aparecer negros nubarrones en el futuro de la raza humana. Con ellos llegó una suerte de angustia existencial que se reflejó en historias que mostraban la obsolescencia del hombre-animal y la necesidad de renovación, inquietudes que irían fermentando hasta eclosionar en la New Wave. Aparte de “Más que humano”, podrían mencionarse como integrantes de esta tendencia obras como “Ciudad” (Clifford D. Simak, 1952), “El fin de la infancia” (Arthur C. Clarke, 1953) o “Galaxias como granos de arena” (Brian Aldiss, 1959).

Es a través de esta sublectura que la novela alcanza su pleno sentido. De un modo verdaderamente gestáltico, las tres partes que la componen dan origen a un todo mayor. De la simple exploración de una teoría psicológica de moda a la plasmación de un cambio tan necesario como radical. Desde unos orígenes defectuosos, pasando por la toma de conciencia y un período infantil pre ético, muestra la superación de las limitaciones humanas a través de la humildad (renunciando a una característica tan arraigada como es el individualismo y aceptando la imposición de una moral no basada en la amenaza del castigo).

“Más que humano” se erige pues como una de las obras maestras de la ciencia ficción. Reconocida tanto en su época (se alzó con el Premio Internacional de Fantasía de 1954… un galardón anterior a los Hugo, de corta vida pero con un elenco de ganadores bastante impresionante), como medio siglo después (cosechó una nominación a los Retrohugos de 1954, concedidos en 2004, en los que acabó triunfando “Farenheit 451“). Absolutamente imprescindible.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 13, 2012.

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