El mundo interior

A finales de los 60 y principios de los 70, Robert Silverberg estaba en el pináculo de su carrera. Sus novelas eran perennes nominadas a los premios Hugo y Nebula y por su estilo, que incorporó elementos de la literatura modernista a la ciencia ficción, era ampliamente reconocido como uno de los escritores que estaban haciendo madurar el género hacia nuevas cotas de exigencia literaria (con experimentación formal, descripción psicológica de los personajes, ruptura de la linealidad narrativa…). Esta corriente, de la que ya he hablado en alguna reseña anterior, recibió el nombre de New Wave, y llegó a su máxima expresión alrededor de 1971, año en el que Silverberg publica (junto con “El hijo del hombre”, “Tiempo de cambios” y “The second trip”) “El mundo interior”. La novela tuvo una gran acogida crítica (Silverberg siempre fue un autor muy reconocido… por la crítica, no tanto a nivel de ventas) y fue nominada a los premios Hugo de 1972, pero él mismo la retiró en favor de “Tiempo de cambios”, que ya había ganado el premio Nebula de 1971 (la jugada no le salió bien, ya que acabó siendo galardona “A vuestros cuerpos dispersos” de Phillip José Farmer).

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La novela describe de forma coral la vida en el siglo XXIII, que ha evolucionado hacia la verticalización del urbanismo, con una única construcción omnipresente: gigantescos rascacielos de mil plantas y tres kilómetros de altura, que albergan en su interior más de 800.000 habitantes que integran una comunidad cerrada, aislada por completo del resto del mundo. Estos edificios reciben el nombre de mónadas, y se agrupan en urbanizaciones de decenas e incluso centenares, dispuestas en diagonal para que no se tapen mutuamente el sol, llamadas monurbs. Toda superficie no ocupada por monurbs es un inmenso terreno de cultivo encargado de proveer de alimentos a las mónadas, atendido por comunas agrícolas que intercambian sus cosechas por máquinas y productos manufacturados. La población total de la Tierra se estima en 75.000 millones y las previsiones apuntan a que el modelo (que favorece un altísimo índice de natalidad) podría ser sostenible hasta los 200.000 millones (aunque aquí Silverberg incurre en un error ya que proyecta este resultado para cinco siglos más tarde, asumiendo un crecimiento lineal, cuando los estallidos demográficos siguen dinámicas logarítmicas, por lo que en realidad podrían llegar hasta ahí en dos o tres generaciones).

Los dos principales mecanismos para la estabilización social, tendentes a reducir las fricciones de la convivencia masificada, son una libertad sexual no sólo absoluta, sino que también forzosa (para los hombres es casi una obligación cívica participar en rondas nocturnas, entrando de forma aleatoria en los pisos de sus vecinos para yacer con las mujeres… sin que pueda concebirse el rechazo) y el uso de sustancias psicoactivas. Lo que al principio suena a algo muy parecido a una utopia hippy (recuerdo que se escribió en 1971), pronto nos muestra sus puntos negros: presión social, estratificación meritocrática, inadaptación de un pequeño porcentaje de los individuos, estancamiento cultural (todo elemento discrepante acaba siendo reeducado por ingenieros morales o condenado a muerte en las tolvas energéticas). Pese a este esquema clásico, tampoco considero “El mundo interior” como una antiutopía al estilo de “Un mundo feliz” o “1984”. En ningún momento se nos quiere presentar la sociedad monurbana como un modelo estable, sino que aparece como una evolución posible del modelo “actual” (entendiendo por tal el de 1971) que ha alcanzado una pequeña meseta de estabilidad pero sigue balanceándose en un precario equilibrio que debe ser activamente ajustado y, lo que es peor, es consciente de su caducidad (aunque, como nos ocurre ahora mismo, no hace nada por prevenir la catástrofe, sino que sigue adelante en la convicción de que las generaciones futuras encontrarán la forma de solventar la crisis).

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¿Existe una crítica clara a determinadas prácticas? Sí, desde luego (resulta evidente el posicionamiento ideológico del autor en contra de quienes condenan el control de natalidad; entre otras cosas, es la aplicación exacerbada de este principio el que lleva a la sociedad descrita), pero no lo hace como tema central (al estilo de “Más verde de lo que creéis“), e incluso en cierto momento defiende, en boca de uno de sus personajes, este rasgo cultural. “El mundo interior” no es una crítica o una alegoría. Posee, quizás, aplicabilidad, pero es ante todo descriptivo. Muestra la evolución de la civilización humana hacia una estructura que nos es a un tiempo familiar y ajena (mónada o monad en el original, es extraordinariamente parecido a “nómada”, y parece resaltar la evolución de una humanidad en perpetuo movimiento a otra donde el confinamiento se ha llevado hasta el extremo).Y si decide resaltar sus fallos, deja bien claro que el número de los inadaptados es mínimo. Se trata más de describir a través de las imperfecciones que de enjuiciar por ellas. Las reflexiones morales que las saque el lector. Por eso, pese a presentar elementos tan característicos e incluso privativos de principios de los años 70, aún es vigente hoy en día.

Antes de terminar, quisiera comentar un poco la estructura. La narración discurre en siete grandes bloques, cada uno de ellos centrado en un personaje (aunque hay uno que asume el protagonismo dos veces). No es una muestra representativa de la civilización monurbana, sino más bien de sus elementos inadaptados y de las formas en que ellos y la sociedad en su conjunto afrontan este problema (desde la reeducación a la eliminación). Bosquejan también los principales aspectos de la vida en ese siglo XXIII, que al final se nos presenta ante nuestros ojos como un tapiz complejo, del que no resulta baladí la tarea de criticar o alabar una parte sin afectar al conjunto.

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La característica más particular, sin embargo, es el enfoque. Lo de “El mundo interior” hace referencia a la vida encerrada en el interior de los macrorrascacielos, pero también a los procesos mentales de los personajes. En cada capítulo, no sólo vemos el mundo a través de sus ojos, sino que lo interpretamos a través de su pensamiento y asistimos a sus conflictos a través de monólogos internos (bastante estructurados, eso sí). Cobran tanta importancia sus dudas, esperanzas, miedos, celos, alegrías y decepciones como los propios actos, que se entrecruzan levemente para dar sensación de unidad (apenas un puñado de personajes son relevantes, actuando a veces como principales y otras como secundarios), siendo quizás el elemento ancla Siegmund Kluver, un joven de quince años (la sociedad otorga responsabilidades de adulto, incluso en el plano sexual, a partir de los 12 años), que todo el mundo (salvo quizás él mismo) ve predestinado a llegar a lo más alto en la mónada 116 de la monurbanización de Chipitts.

Podéis leer otras opiniones siguiendo estos enlaces:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Resceptoí:

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~ por Sergio en marzo 10, 2009.

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