El sueño de hierro

La ciencia ficción es un vehículo perfectamente adaptado para transmitir ideas. Su evidente “irrealidad”, unida a los estrictos requerimientos de coherencia y el ancla con lo “real” que supone la adhesión al pensamiento científico, parecen invitar a la interpretación metafórica. Se trata de una invitación que no todos los autores (y lectores) aceptan. Existen otros niveles de disfrute, y la carga filosófica, al menos la consciente, es variable según subgéneros.

Dentro de este abanico, existen obras que constituyen auténticos alegatos (que a su vez abarcan todo el espectro ideológico), y entre ellas quizás una de las más contundentes sea “El sueño de hierro” (“The iron dream”), publicada por Norman Spinrad en 1972.

Spinrad, un polemista nato, decidió, tras levantar cierta polvareda con “Incordie a Jack Barron”, dirigir sus incisivos dardos hacia el fascismo. Esto, que en principio podría parecer una perogrullada en EE.UU. en los años 70, adquiere plena vigencia por el modo en que aborda la empresa. El autor construye un contexto ucrónico, en el cual un joven Hitler, desencantando con la falta de empuje del nacionalsocialismo alemán, emigra a los Estados Unidos, donde se convierte en un reconocido ilustrador de revistas pulp de ciencia ficción, asiduo a los congresos del género y, con el tiempo, escritor de noveluchas. El grueso de “El sueño de hierro”, de hecho, corresponde a la supuesta obra póstuma de Hitler, “El señor de la esvástica”, publicada en 1953 y premio Hugo en 1954 (año en el que, en realidad, no se concedió este galardón).

“El señor de la esvástica” es un delirio paranoide y ultraviolento (y de una calidad literaria ínfima), que ensalza conceptos como la pureza racial, la exaltación del líder señalado por el destino, la confrontación armada como única solución (e incluso como obligación moral) y la condena del pensamiento disidente. Una fantasía fascistoide en toda regla, que se va haciendo progresivamente más difícil de tragar a medida que avanza la obra. La clave del concepto que deseaba transmitir Spinrad reside en que, inicialmente, asume planteamientos e incluso arquetipos perfectamente integrados y asumidos dentro de la ciencia ficción clásica (e incluso dentro del género fantástico tomado en su conjunto).

En una Tierra futura en la que, por alguna guerra de la que nada sabemos, las mutaciones genéticas proliferan por doquier, sólo la Alta República de Heldon mantiene la pureza racial, gracias a estrictos controles genéticos. Feric Jaggar, el héroe (alto, rubio, musculoso, carismático…), regresa a la patria ancestral del exilio al que fueron sometidos sus padres, para encontrarse con una sociedad a punto de ceder a la presión interna de políticos integradores (dispuestos a aceptar a los mutantes) y externa del Imperio de Zind, una pesadilla ultracomunista dirigida por los Dominantes, una raza con la capacidad de influir en las mentes débiles.

Jaggar, por supuesto, no puede aceptar pasivamente esta situación, y pronto comienza a aglutinar a su alrededor fuerzas políticas y paramilitares (un grupo de motoristas, futuro núcleo de las SS, cuya lealtad acaba conquistando al empuñar el Cetro de Acero, que lo identifica como heredero directo de la antigua realeza de Held), iniciando una escalada de poder y violencia, que primero purifica Heldon a sangre y fuego y posteriormente dirige sus miras hacia el temible Zind, cuyos ejércitos de aberraciones genéticas están listos para borrar de la faz del mundo a los auténticos humanos.

Spinrad juega con los lectores, nos hace embarcarnos en una aventura excitante, e incluso de moralidad aparentemente intachable, para ir subiendo gradualmente las apuestas, sin variar un ápice el rumbo, hacia terrenos repulsivos. La tesis se muestra clara. La diferencia de grado no afecta fundamentalmente a la naturaleza de las premisas. Tan deleznable es la conclusión como el planteamiento. Así pues, el autor nos fuerza a enfrentarnos a la fascinación que ejercen sobre nosotros conceptos como el líder predestinado, el destino manifiesto y la administración unilateral de la “justicia”.

Amedrentado por su propia criatura (Spinrad llegó a afirmar que, tras la escritura del libro, se vio en la necesidad de desintoxicarse porque él, un judio, había llegado a pensar como un nazi), decidió publicar la novela como una segunda edición conmemorativa, acompañada por un falso artículo de un tal Homer Whipple, que disecciona inmisericordemente el panfleto, identificándolo como una sublimación de traumas sexuales, paranoia y tendencias violentas; afirmando, en un doble retruécano, que por fortuna la psicosis de masas que Jaggar es capaz de contagiar no podría tener lugar en el mundo “real”, por su ridiculez extrema. Al mismo tiempo, se contradice un tanto analizando la fascinación continuada que tal obra mantiene, presuntamente, entre los aficionados de su época, relacionándola con la amenaza de la Unión Soviética, que en esa Tierra alternativa ha ocupado por completo Europa y Asia y empieza a infiltrarse en Sudamérica, dejando aislada a una frágil alianza americano-japonesa.

Este artículo tiene un doble propósito. Por un lado, como él mismo reveló, evidenciar la tesis de la novela incluso al más obtuso de los mortales (pese a lo cual estuvo censurada de facto durante ocho años en Alemania, donde podía comprarse pero no anunciarse ni exhibirse, e incluso llegó a ser recomendada por el Partido Nazi Estadounidense, lo cual dice mucho de las pocas luces de sus miembros). Por otro, extender la aplicabilidad más allá de la ciencia ficción, reflejando una situación que se limitaba a llevar al extremo la confrontación de bloques, alertando del peligro de caer en planteamientos fascistas alentados por el miedo (no fue casualidad que la novela se publicara en plena administración Nixon… ni que el artículo se fechara en 1959, año que produjo la ganadora del premio Hugo “Tropas del espacio”, de Robert A. Heinlein).

La última edición de AJEC (del 2006, las dos primeras son de 1978 y 1979 en Minotauro) incluye además dos artículos. El primero es del propio Spinrad, “El emperador de todas las cosas” (“The Emperor of Everything”, 1986), una lectura absolutamente imprescindible para cualquier lector de fantasía, y no digamos ya para cualquiera que aspire a ser escritor, donde desarma como un consumado artificiero una de las trampas morales más insidiosas en la que pueden caer los incautos (o peor, que pueden tender a propósito ciertos autores). Por el contrario, el artículo de Pablo Capanna, “El sueño de la razón y algunos monstruos” (2001), se me antoja un poco simplista, al tratar de forma un tanto arbitraria las relacionas de causalidad y recurrir a algunos datos anecdóticos para sustentar su tesis.

“El sueño de hierro” fue finalista al premio Nebula en 1972 (año que ganó “Los propios dioses“, estando también nominadas “Muero por dentro“, “El libro de los cráneos” y “El rebaño ciego“; ahí es nada).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 24, 2011.

Una respuesta to “El sueño de hierro”

  1. […] en Rescepto Indablog, encontramos una de Esperando la marea, de Joaquín Revuelta, y otra de El sueño de hierro, de Norman Spinrad. […]

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