Michaelmas

Algis Budrys es uno de esos escritores de la Edad de Plata que alcanzaron prominencia en los años cincuenta para desaparecer casi por completo en los años siguientes. En el caso de Budrys, por decantar su carrera hacia terrenos más un poco más lucrativo (aunque también debió de influir el cambio de sensibilidades hacia la New Wave). Así, a partir de 1960 ya solo publicó algún que otro cuento disperso y una novela por década más o menos. En 1977, le llegó el turno a “Michaelmas”.

Antes de entrar a fondo en la reseña, cabría apuntar que “Michaelmas” es una de esas novelas adelantadas a su época que suponen todo un hito en el momento de su publicación pero que en retrospectiva, a la luz de las tendencias que se consolidarían con posterioridad, van quedando poco a poco anticuadas hasta llegar a parecer irremisiblemente carcas. Porque estamos ante uno de los más claros precursores del Cyberpunk. Todavía falta por desarrollar el estilo (la parte punk), pero ahí está ya la exploración de las posibilidades que estaba a punto de abrir la revolución de la información, precognizando el impacto y ubicuidad que acabaría teniendo la electrónica y adelantando temas sobre la relación entre IAs y humanos que tardarían todavía unos años en madurar.

Todo ello, por supuesto, tiene un precio, el que viene asociado a adentrarse a ciegas en un territorio inexplorado, con el peligro de obviar facetas imprescindible en cualquier análisis que aspire a un mínimo de significancia, sobre todo por lo que se refiere a los aspectos éticos tanto del manejo de la información como en la consolidación de una actitud moral aplicable a las máquinas. “Michaelmas” resulta pues en muchos aspectos simplona, aunque tal vez no sea esa su mayor debilidad actual. Antes de entrar en mayores análisis, sin embargo, conviene adelantar una breve sinopsis de la obra.

Laurent Michaelmas es, a primera vista, un reportero estrella (el más famoso del mundo), que trabaja como freelance, ofreciendo sus servicios (y las posibilidades de su gigantesca red de contactos) a las grandes cadenas, con el propósito de elaborar reportajes específicos. Lo que nadie sabe es que Michaelmas es también, a grandes rasgos, el dirigente en la sombra de la Tierra, junto con su compinche digital, Domino, una Inteligencia Artificial que creó por accidente años antes, mientras trataba de construir un contestador automático para el teléfono.

La novela se ambienta en torno al año 2.000, cuando Michaelmas y Domino llevan ya tiempo haciendo de las suyas y transformando poco a poco la Tierra en una utopía, en la que el conflicto entre EE.UU. y la URSS es algo (casi) del pasado, cada vez hay menos conflictos, menos hambre y, en general, menos injusticias. Tras su pantalla de hábil reportero (con una ayudita de Domino para concederle casi el don de la ubicuidad), Michaelmas resuelve crisis tras crisis, generalmente antes de que estallen, controlando el flujo de información, husmeando en todos los secretos (al menos todos los secretos confiados a un medio electrónico) y falsificando algún que otro documento… o votación, si se tercia.

Precisamente una de esas crisis está a punto de estallar. Un astronauta americano, Norwood, que iba a capitanear la primera expedición a los planetas exteriores, dado por muerto meses antes por un accidente de su cápsula de pruebas, reaparece por sorpresa en las instalaciones suizas de un eminente científico (ganador de dos premios Nobel), y lo más grave es que lleva consigo pruebas de lo que podría ser un sabotaje ruso, con el objetivo aparente de poner a uno de sus hombres al frente de la histórica expedición. De filtrarse estas noticias, la UNAC (Comisión Astronáutica de las Naciones Unidas, la joya de la corona de la confraternización mundial de Michaelmas) podría ser cosa de la historia, al reavivarse las viejas tensiones nacionalistas (algo que un partido político xenófobo y populista de los EE.UU. está muy dispuesto a promover con tal de asegurarse la presidencia).

Así que para allá que se van Michaelmas y Domino (que usa como interfaz una terminal de grabación modificada que este siempre lleva a cuestas), con la sospecha de juego sucio contra la Tierra por parte de alguna inteligencia alienígena (porque nada más hubiera sido capaz de devolver a Norwood de la muerte… sin secuelas de ningún tipo). Poca ayuda necesitaría esa fuerza extraña, porque las rencillas, los celos profesionales y, en general, la actitud egoísta de los hombres ya se bastan por sí solos para conducir la situación al borde de la catástrofe. Por suerte, con lo que no contaba nadie era con la existencia la Tierra contara con la ayuda de un adalid con los recursos y la integridad de Laurent Michaelmas.

Tanta integridad, de hecho, que casi logra enmascarar el hecho de que en la práctica la novela nos está mostrando una dictadura encubierta, que aceptamos como benévola solo bajo la palabra del narrador, porque tanto poder, sin controles de ningún tipo, solo puede conducir a la tiranía (y lo más impremeditadamente aterrador es que Michaelmas parece estar entrenando a Domino a pensar como él, para que, en el futuro, pueda ejercer presuntamente por su cuenta, sin supervisión, la tarea de servir de guardián autonombrado de la humanidad (aunque tal vez sí que se estuviera dando cuenta Budrys del pantano en que se metía, pues le da a su protagonista la categoría de arcángel, al bautizarlo con el nombre de la fiesta en honor al arcángel Miguel, jefe de los ejércitos de Dios y protector de la Iglesia… o no, casi me temo que es una referencia libre por completo de ironía).

Cuestiones éticas aparte, el gran fallo de “Michaelmas” es que ocurre muy, muy poco. El planteamiento es (era) novedoso e intrigante (recuerda en gran medida al de “Person of interest“, aunque esta serie de 2011 sí que gira en torno a los dilemas éticos que plantea una entidad omnisciente), pero luego se eterniza en diálogos banales, situaciones que no llevan a ninguna parte y una terrible pasividad por parte del protagonista (que se limita a ordenarle a Domino tal o cual interferencia menor).

Es posible que en aquel momento no fuera posible una especulación de mayor calado, pero eso no justifica lo aburrido de la trama, que se percibe además tremendamente descompensada, con una resolución que se retrasa artificialmente (las “confesiones” de ciertos personajes a Michaelmas son particularmente desconcertantes y lastran de mala manera la historia) para soltar un par de ideas (reconozco que intrigantes) al final, sin suficiente justificación (tal y como se desarrolla la historia, la resolución hubiera podido salir por cualquier lugar, cuando ya no queda margen para trabajar lo más mínimo sobre ellas (lo que deja el clímax con un leve tufillo a Deus ex machina).

Existe una versión mucho más breve de la novela, aparecida en agosto de 1976 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, que tal vez resulte más equilibrada, pero en el texto engordado para su publicación (y eso que sigue siendo una obra corta para los estándares actuales) no quedan suficientes virtudes para permitirle superar el juicio del paso del tiempo.

“Michaelmas” quedó en quinto lugar en la votación de los Locus de aquel año, en que se alzó como ganadora (también de Hugo y Nebula), “Pórtico“, de Frederik Pohl (una autor contemporáneo de Budrys que sí supo reengancharse a la ciencia ficción de vanguardia, y codearse con la irrupción de nuevos valores; como John Varley, autor de “Y mañana serán clones“, que quedó en tercera posición en aquella misma edición de los Locus).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en mayo 18, 2020.

4 comentarios to “Michaelmas”

  1. Tengo pendiente releerla. Cuando la leí no había Intenet ni IAs ni nada de eso y me resultó difícil imaginar algunas cosas. Luego con Neuromante recordé mucho momentos de esta otra novela. Y hoy por supuesto la leería con otros ojos.

    • Me temo que después de Neuromante ha perdido mucho de lo que la hacía especial. En unos pocos años el campo de la informática avanzó muchísimo.

  2. Debería leer más literatura de la Edad de Plata. A ver si me pongo algún día.
    Por lo que dices la novela parece ser una fantasía de poder ideológica cuya base argumental es teórica social ¿Como los últimos trabajos de Wells?

    Tengo la impresión de que la inmensa mayoría de la ciencia ficción no es realmente especulativa ni científica. Que los autores no proyectan la realidad al futuro sino sus ideologías. Que la tecnología está subordinada a su manera de ver la realidad.

    • No estoy seguro. Creo que Budrys cayó por error en el modelo de la tiranía benévola, intentando escribir una especulación sobre el poder de la información, sin prestar excesiva atención a los aspectos políticos (aunque es inevitable que su percepción del mundo, y el autor proviene de una familia diplomática, se filtre en sus escritos).

      En cuanto al segundo punto, es un error considerar que la ciencia ficción es predictiva. Su función es más bien proyectiva. Proyecta hacia el futuro (generalmente) los miedos y esperanzas del presente. Construye, en definitiv, una metáfora de su presente (o de la parte de su presente que desea destacar el autor). Y si la tecnología juega un papel central en esa proyección (como ocurre aquí), pues hala, ya tenemos especulación tecnológica.

      (Respecto a los autores de la Edad de Plata, nunca dejo de recomendar a Theodore Sturgeon, quien no tuvo la suerte de su buen amigo Kurt Vonnegut, la perseverancia de Philip K. Dick y, por suerte, tampoco el ánimo depresivo de Walter Miller).

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