El laberinto de la Luna

Hacia 1960 Algis Budrys, uno de los más destacados autores de la Edad de Plata, se medio retiró de la escritura para centrarse en actividades con ingresos más estables (edición y publicidad). La última de sus novelas originales de este período (la quinta en siete años) fue “El laberinto de la Luna” (“Rogue Moon”), que le supuso su segunda (y última) nominación al Hugo de la categoría tras “¿Quién?“.

Lo más destacable de “El laberinto de la Luna” es su estilo, que huye por completo de lo que venía siendo habitual en el género, buscando un enfoque más mainstream, que se apoya en diálogos que intentan plasmar la compleja psicología de los tres personajes principales. De hecho, el principal elemento especulativo, que para cualquier otro autor hubiera constituido el elemento central de la historia, es relegado por Budrys a un muy lejano segundo plano, hasta el punto de que su misterio ni siquiera recibe respuesta al final de la novela. Es un medio, no un fin.

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¿Y de qué se trata? Pues resulta que en la Luna ha sido descubierto un objeto alienígena, cuya exploración conduce de forma invariable a la muerte. No se sabe cuál es su propósito, ni siquiera se tiene constancia de que esté tratando activamente de defenderse. Es, simplemente, una incógnita, y la clave de de su resolución la posee el doctor Edward Hawks, el científico jefe de un proyecto secreto de la marina estadounidense que constituye básicamente un replicador de materia. Desde sus instalaciones en la Tierra recrean en la Luna un doble del voluntario, mientras el molde original permanece en una cámara de privación sensorial, lo que le permite compartir recuerdos y experiencias con su doppelgänger, al menos durante unos minutos, hasta que la divergencia cerebral se hace demasiado grande y la conexión se rompe… al menos en teoría, porque ninguno de los voluntarios ha llegado a sobrevivir más que unos pocos pasos en el interior de la estructura.

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Lo peor de todo el asunto es que la experiencia de la muerte, aunque sea vicaria, afecta tanto a los exploradores que ninguno ha logrado mantener la cordura tras ser recuperado. Así, cada minúsculo paso adelante en la resolución del mortal rompecabezas que es el objeto de la Luna cuesta una vida (dos, si contamos tanto al explorador sacrificado como a su copia superviviente en la Tierra). Es una situación insostenible, y las repercusiones éticas (y publicitarias) del asunto han hecho plantearse a los altos mandos la conveniencia de cerrar todo el tinglado y dar por concluido (en fracaso) el experimento del doctor Hawks.

Es por ello que se ve obligado a recurrir a Vincent Connington, el jefe de personal de la empresa, un individuo manipulador, que se deleita “construyendo” relaciones que le permitan luego atribuirse el mérito de sus logros. A él le encarga la casi imposible tarea de encontrar el candidato ideal para salvar el proyecto y, contra todo pronóstico, acaba encontrándolo, en la figura de Al Barker, un aventurero, adicto al riesgo, con tendencias básicamente suicidas. Entre los tres (con la ocasional incursión de Claire Pack, la chica de Barker, codiciada por Connington y atraída/desafíada por la fortaleza de Barker) se establecen dinámicas de poder, donde cada cual pretende alcanzar sus propias metas (en ocasiones coincidentes) por su propios motivos (en absoluto coincidentes).

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Al final, la contratación de Barker supone todo un éxito, pues se convierte en el único explorador capaz de retener al cordura tras experimentar su propia muerte. Ese, sin embargo, es solo el principio, porque para desentrañar el laberinto de la Luna deberá morir una y otra y otra vez, en un proceso que le afecta no solo a él, sino también a Hawks (y de una forma mucho más egoísta a Vincent y Claire). El precio de la exploración del misterio alienígena se va cobrando su tributo, mientras se van acumulando cadáveres de Barker en el interior de la construcción, hasta que llega el día en que solo resta un paso para terminar de cartografiar un camino seguro a través de la… ¿trampa?, ¿test de inteligencia?, ¿basura abandonada?

Es entonces cuando Barker descubre que el precio es aun más alto de lo que creía, y no resulta ningún consuelo que Hawks esté dispuesto a pagarlo también.

No es fácil definir una explicación para “El laberinto de la Luna”. A lo largo de los años se han propuesto muchos análisis temáticos, pero casi todos ellos se fijan en la muerte, que viene a ser el elemento central de la historia. El artefacto alienígena en sí es solo un medio para dispensar muerte, y por primera vez la tecnología le permite a un mismo individuo experimentarla una y otra y otra vez, con un único propósito que en realidad es hueco: llegar al otro lado.

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De este modo la novela se erige casi como una metáfora de la vida, una lucha en ocasiones amarga, sin propósito ulterior, que acaba invariablemente en la muerte. Lo extremo de las condiciones (y de los protagonistas) favorecen una reflexión quizás más forzada, pero en esencia representa el mismo conflicto existencial que podría atenazarnos a todos y llevarnos a la inacción. Si algo define al ser humano y lo diferencia del resto de animales quizás sea precisamente eso, la conciencia de mortalidad… y pese a todo seguimos adelante.

Una interpretación más concreta podríamos encontrarla en los eventos contemporáneos. En 1955 se había dado el pistoletazo de salida a la Carrera Espacial y en 1958 había arrancado el programa Mercury, con el objetivo de poner a un americano en órbita. A tal efecto, fueron seleccionados en 1957 siete astronautas, los pioneros (estadounidenses) de la exploración espacial. Aunque a lo largo de los años se probó una empresa extraordinarimente segura (para los estándares de cualquier proyecto de exploración de la historia), existió desde el principio esa visión romántica del astronauta como cara visible del esfuerzo e intrépido explorador, que los hizo figuras de proporciones casi míticas. El apoyo popular, sin embargo, no siempre fue apabullante, sobre todo durante los primeros compases de la carrera, aunque por razones obvias no ocurría así dentro de la comunidad de aficionados a la ciencia ficción y hubo apoyos explícitos por parte de muchos de los principales autores.

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“El laberinto de la Luna” supone quizás la aportación de Algis Budrys a esta conversación. En la novela trata de explicar la necesidad del sacrificio, al tiempo que explora la psicología de científicos, políticos y astronautas, que podrían identificarse a grandes rasgos con Hawks, Connington y Barker. A la postre, muestra como inextricablemente unidos los conceptos de avance y muerte, concluyendo (quizás) con que el riesgo es el precio que pagamos por ser humanos y aspirar a descubrir lo que hay un paso más allá de lo que conocemos (aunque, insisto, esto es una interpretación personal, pues Budrys se preocupa mucho por no forzar ninguna resolución, dejando el final abierto).

No puedo, de todas formas, recomendar incondicionalmente esta novela. Su afán por mostrarse críptica hace que su lectura no sea siempre totalmente satisfactoria y ninguno de los personajes acaba resultando realmente simpático. En su brevedad, sin embargo, encierra una virtud, y si bien es posible que plantee más preguntas que respuestas proporciona, no deja de resultar un intento loable por romper las convenciones narrativas de un género que por esa época estaba buscando escapar de los estrechos límites de las revistas populares en las que había nacido.

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Como ocurrió también con “¿Quién?” y “Espinas“, en 1968 Robert Silverberg recodificó muchos de los temas y motivos de “El laberinto de la Luna” en su novela “El hombre en el laberinto” (obteniendo con ello una obra, en mi opinión, mucho más redonda, quizás por el empleo de los recursos de la New Wave), y de igual modo podemos encontrar algunas similitudes (totalmente azarosas con toda seguridad) entre la novela de Budrys y “Pícnic junto al camino“, de Arkady y Boris Strugatsky (1972).

Aquel año, junto con “El laberinto de la Luna”, estuvieron nominadas al premio Hugo “La gran cruzada” de Poul Anderson, “Mundo muerto” de Harry Harrison y “Venus más X” de Theodore Sturgeon, siendo el garlardón para la extraordinaria “Cántico por Leibowitz“, de Walter M. Miller Jr.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en septiembre 8, 2021.

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