Las estaciones de la marea

Los premios Nebula son concedidos por los miembros de la SFWA (Sience Fiction and Fantasy Writers of America), una asociación profesional de escritores. Ello hace que su dinámica difiera un tanto de otros grandes premios del fantástico, como los Hugo o los Locus, y de tanto en tanto ofrecen resultados… curiosos.

Una de estas ocasiones se dio en 1992, con el galardón a “Estaciones de la marea” (“Stations of the Tide”), de Michael Swanwick, que en retrospectiva suele verse como uno de los resultados más extraños en la categoría de novela. Bueno, aquí tenemos dos factores actuando que ayudan a explicarlo. Por un lado, 1991 no fue un año particularmente bueno por lo que respecta a candidatos (el Hugo lo ganó de nuevo Lois McMaster Bujold por “Barrayar“, que también repitió en el Locus de ciencia ficción, mientras que el de fantasía fue para “La bella durmiente”, de Sheri S. Tepper; con decir que “Ender el xenocida” fue candidato a Hugo y segundo en el Locus está todo dicho). Por otro, al ser un premio gremial, los Nebula de vez en cuando responden a polémicas o discusiones internas que no siempre mantienen su vigencia años después (tal es el caso, por ejemplo, de la victoria en 1969 de “Rito de iniciación“, de Alexei Panshin).

¿Cuál es entonces el contexto específico que contribuyó a la victoria de “Estaciones de la marea”? Bien, en 1991 a la ciencia ficción se le estaba pasando un poco la fiebre cyberpunk, que ya estaba perdiendo su “pureza” para ramificarse en decenas de corrientes postcyberpunks, en medio de un ambiente de fuertes debates a favor y en contra de sus postulados, estética, filosofía e influencia sobre el género en su conjunto. A esta cuestión, Swanwick había contribuido con un importante artículo en 1986, “The user’s guide to the postmoderns”, que clasificaba a los escritores de la generación de los ochenta (es decir, los que habían empezado a destacar entonces) en dos campos opuestos, el del cyberpunk y lo que él llamó humanismo literario (para que nos entendamos, lo que escribe Kim Stanley Robinson, considerado el autor más característico de este grupo).

Bien, la etiqueta “cyberpunk” ha sobrevivido hasta nuestros días, lo de “humanistas” para definir a quienes no hacían cyberpunk no, entre otras cosas porque nunca estuvo muy claro cuáles eran sus rasgos definitorios… si es que había alguno más allá de la característica común de no escribir cyberpunk. Sea como sea, a los primeros se les acusaba, entre otras cosas, de haber renunciado a la exigencia literaria y a la aproximación al estilo del mainstream impuesta por la New Wave (algo que otros teóricos como Bruce Sterling calificaron de slipstream), de personajes planos y anodinos y de falta de interés por el elemento humano frente a la preeminencia del paisaje tecnológico (en contrapartida, eran ellos quienes abordaban de verdad el gran cambio paradigmático de la época, el desarrollo explosivo de la era de la información).

En cuanto al propio Swanwick, lo curioso es que su primera novela, “En la deriva” (1984), bien hubiera podido pasar por hermana de los primeros títulos de Kim Stanley Robinson. Sin embargo, para su segundo título, “Vacuum flowers” (1987), ya se había pasado definitivamente al bando cyberpunk (tampoco permaneció allí mucho tiempo). Desde esa trayectoria, y con la en mi opinión clara intención de responder a las críticas contra el cyberpunk, publicó en 1991 “Estaciones de la marea”, que básicamente podría describir como una novela cyberpunk escrita al estilo de la New Wave (con una influencia más que evidente de la obra de Robert Silverberg, y en particular de “Regreso a Belzagor“).

La historia trata de un personaje tan, tan anodino que no tiene ni nombre, sino que lo conocemos durante toda la novela como el burócrata. Este personaje gris ha sido enviado a la superficie de Miranda por el Departamento de Transferencia Tecnológica para averiguar si Aldebarán Gregorian ha robado tecnología prohibida y pretende usarla para modificar humanos y adaptarlos al mundo acuático en que se transformará el planeta como parte de un ciclo natural de siglos (cada 200 años se producen las mareas del jubileo al derretirse los polos, sumergiendo buena parte de las tierras emergidas, lo que obliga a plantas y animales oriundos a tener dos formas, una adaptada al medio terrestre y otra al acuático).

El burócrata se sumerge, sin gozar de auténtica autoridad, en un mundo extraño, sometido a un embargo tecnológico (del que con el tiempo nos enteramos que viene motivado por una especie de singularidad tecnológica que se produjo en la Tierra y la convirtió en prohibida a los humanos), que aún arrastra errores cometidos en el anterior período de mareas (que provocaron la muerte de los espectros, la especie inteligente local), mientras sigue los pasos que un mago (inspirado claramente en Aleister Crowley) ha ido dejando a tal fin en el terreno fangoso e incierto, cuajado de trampas, traiciones e intereses contrapuestos.

Michael Swanwick se niega en redondo a proporcionar información gratuita, así que nos vemos obligados a descubrir por las malas las claves de Miranda y de la organización humana superior de la que forma parte. Incluso su naturaleza cyberpunk (o quizás especialmente su naturaleza cyperpunk) se encuentra camuflada tras apariencias y engaños (una constante de la historia), con una narración que avanza a saltos, dejando grandes huecos para que los rellenemos (o no) a posteriori.

Son opciones estéticas y filosóficas que comprendo que puedan resultar tan fascinantes como cargantes, y el que el personaje más carismático resulte ser el maletín robótico del burócrata no ayuda. Sin embargo… Si te dejas llevar y asumes el punto de visto correcto, “Estaciones de la marea” supone una lectura de lo más entretenida, con una visión de la magia, entendida como el arte de la apariencia y el engaño, no sólo original, sino congruente con la visión particular del mismísimo Crowley (quien posiblemente hubiera aplaudido los método de Gregorian).

Lo mejor para mí, sin embargo, es la ironía y el cinismo que lo impregnan todo. “Estaciones de la marea” es claramente una novela nacida por y para la polémica… que tuvo la mala suerte de que la controversia que la vio nacer devino pronto en irrelevante. Como experimento de prolongación y mestizaje de las sensibilidades formales de la New Wave (de la que reclama así derechos de sucesión) y los intereses filosóficos del cyberpunk, sin embargo, no puede sino resultar irresistible para cualquier estudioso del género que no le haga ascos a los cócteles extraños.

Por una vez, en la disyuntiva Hugo/Nebula me posiciono completamente del lado de los últimos (a falta, eso sí, de leer “La máquina diferencial”, de Gibson y Sterling, fundadora del steampunk moderno y también una de las destacadas del año, junto con otra pionera, en este caso de la ciencia ficción/fantasía urbana, “Danza de huesos“, de Emma Bull.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 25, 2018.

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