Rito de iniciación (Rito de paso)

Los premios Nebula siempre han sido un poco especiales en sus elecciones (algunos podrían aducir que más arriesgados que los Hugo). Aunque existe una amplia coincidencia con otros galardones, de vez en cuando se desmarcan con títulos o autores singulares. Por ejemplo, en 1969, cuando premiaron la primera novela del escritor y crítico Alexei Panshin, “Rito de iniciación” (“Rite of passage”, traducido también como “Rito de paso” en la reciente edición de Bibliópolis).

Como casi todo en esta vida, hay razones subyacentes que explican esta decisión (sorprendente sobre todo por batir a la gran favorita y ganadora del Hugo “Todos sobre Zanzíbar“), lo cual no quiere decir que la novela no sea a su modo meritoria (eso sí, quizás no tan meritoria).

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Corre el año 2198, la población de la Tierra ha sido completamente aniquilada por las guerras demográficas y el mismo planeta se ha vuelto inhabitable. La humanidad ha quedado distribuida en diversos mundos coloniales, agrícolas y atrasados, con la cultura y la ciencia perpetuándose en los grandes transportes colonizadores; meteoritos ahuecados de decenas de kilómetros de diámetro, propulsados a velocidades superiores a la luz, que dan cobijo cada uno a una población cercana a las 30.000 almas.

Estas naves, cumplida su función original, se han transformado en transportes generacionales, que no van hacia ninguna parte, sino que circulan entre las colonias, intercambiando materias primas por conocimientos. La vida en su interior es bastante libre, pero hay facetas fuertemente reguladas. La primera, por supuesto, tiene que ver con las dinámicas reproductivas, con un férreo control poblacional y la implantación de políticas eugenésicas. En este contexto, todos los ciudadanos deben superar a los catorce años un ritual que marca su paso a la vida adulta: son abandonados en un mundo colonial, provistos de un equipamiento mínimo, y allí tienen que sobrevivir por sus propios medios hasta que son recogidos de nuevo un mes después.

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La acción de la novela se centra en Mia Havero, de doce años al inicio de la historia, y la sigue durante los meses previos a su rito de iniciación y durante el transcurso de la Prueba (como la llaman). Ya desde el mismo título no hace nada por esconder que se trata de un bildungsroman, una novela de aprendizaje; subgénero que cuenta con numerosísimos ejemplos dentro del género fantástico y, más específicamente, en su vertiente juvenil (por entonces mayoritariamente de ciencia ficción, aunque más o menos por esas fechas se volvieron las tornas y empezó a ser más habitual en la fantasía).

Junto con los desafíos de socialización propios de la edad (nada más empezar la novela, Mia se muda con su padre a otro sector de la nave y debe reconstruir todos sus contactos interpersonales), asistimos a la preparación de su grupo para afrontar la Prueba y, de forma más tangencial, a su educación (cuya dirección es confiada al doctor Mbele, antiguo rival político de su padre).

En resumidas cuentas, nada que no se haya visto (y haya funcionado) mil veces antes. Lo importante en estos casos es poder conectar con el protagonista, que suele ser también el narrador, que ante todo tiene que ser un personaje real, no una versión idealizada (a menudo del propio autor). Pero incluso en esos casos, se trata de un tipo de ficción cuyo fin último es la transmisión de unas ideas concretas (ya sea sobre cómo debería o no debería educarse a un joven), y ahí es donde entramos por fin en los posibles motivos de su éxito en los Nebula.

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En 1968, cuando se publicó, el rey indiscutible de la ciencia ficción era Robert A. Heinlein, el autor más leído, más respetado y con mayor éxito económico y crítico (después de ganar cuatro Hugos de novela en once años). También era el máximo exponente de la novela juvenil de género, gracias a su serie para Scribner’s (once títulos entre 1947 y 1958). Sostener en su contra una opinión crítica no sólo era inusual, sino arriesgado (porque Heinlein no se tomaba muy a bien las críticas y disponía del poder necesario para tomar represalias).

En ésas, un crítico hasta la fecha poco conocido, Alexei Panshin, propuso la publicación de un amplio ensayo sobre su obra, “Heinlein in Dimension”, que planteaba algunas cuestiones no demasiado halagadoras sobre sus temas y recursos (aunque en general no se puede afirmar que sea en modo alguno un ensayo destructivo). El receptor de la crítica ejerció su influencia para vetar su publicación profesional, de modo que diversos capítulos tuvieron que ver la luz (mayoritariamente entre 1965 y 1966) en el fanzine Riverside Quarterly.

Aquello le valió su primer premio Hugo, a mejor escritor aficionado, en 1967, lo que a su vez convenció a los editores para que publicaran comercialmente “Heinlein in Dimension” en 1968.

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“Rito de iniciación”, publicada también en 1968, podría entenderse como la plasmación de las ideas críticas del ensayo en una novela de ciencia ficción juvenil antitética con la típica producción heinleniana. Así, por ejemplo, no existe la figura del sabio mentor que conduce al joven hacia la verdad irrebatible que le ha revelado la experiencia, sino que el doctor Mbele se limita a plantearle a Mia los problemas para que ella encuentre sus propias soluciones. Por ejemplo en referencia a la validez de los distintos sistemas éticos.

Se trata de un encargo que deben llevar a cabo Mia y su compañero de estudios, Jimmy, durante el transcurso del cual examina (y en general descarta) varias opciones. En lo que más se detiene es en el concepto de que el hombre puede hacer cuanto desee siempre y cuando de ello no se deriven consecuencias negativas hacia su persona. Es la ética del poder, que se encuentra en la base de la filosofía ultraindividualista de Heinlein (según Panshin elabora en su ensayo).

Por contra, el periplo intelectual de Mia es diametralmente opuesto. Toda la novela narra en realidad el proceso por el que va ampliando el círculo de personas por cuyo bienestar se preocupa; rompiendo primero su provincionalismo (hacia el sector de la nave en que nació) y llegando a engoblar con el tiempo, tras compartir sus vivencias, a los colonos, a quienes en un principio tilda de comebarros, llegando a plantearse incluso su humanidad.

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Es un proceso, además, personal. Un descubrimiento laborioso de las propias convicciones, que no tiene nada que ver con el proceso de transmisión, como verdad incuestionable, de los principios éticos en las novelas de Heinlein. A la postre, aunque sigan caminos similares, no puede haber más diferencias entre una novela juvenil de Heinlein y “Rito de iniciación”, aunque superficialmente en ambos casos nos encontremos con el mismo proceso de maduración moral.

Quizás lo más revelador sea que lo que desarrolla Mia es una opinión personal, no una verdad universal, aunque sea una opinión que podría considerarse revolucionaria (en el sentido de que se opone a la tradición, aunque, y eso es otra diferencia con respecto a Heinlein, sin intentar imponerla, sino confiando en el trabajo a largo plazo para convencer a suficientes sideronautas de su punto de vista).

Personalmente, comparto muchas de las opiniones de Panshin sobre la obra de Heinlein (como podéis comprobar consultando mis críticas a este autor en Rescepto) y encuentro un eco de mis propias conclusiones en “Heinlein in Dimension” (que podéis leer gratuitamente en la página web del autor), lo cual no quiere decir que mi opinión sobre “Rito de iniciación” sea completamente positiva.

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Para empezar, la edad a la que los protagonistas se somenten a la Prueba me parece excesivamente temprana, y sus propios pensamientos y actitudes no concuerdan con ella (Panshin sobreestima enormemente la madurez de un joven de catorce años). En otro orden de cosas, para estar centrada la novela en ella, la propia Prueba se ventila con excesiva premura, lo cual afecta no sólo al ritmo, sino sobre todo a la evolución psicológica de Mia, que resulta un tanto forzada (lo cual es aún más grave dado que ése es el tema central de la novela).

En conjunto, “Rito de iniciación” se me antoja una novela con muchos puntos de interés y una buena adición tanto al subgénero de las naves generacionales como, evidentemente, al de la maduración de un joven, pero le falta algo para terminar de ser redonda. A casi cincuenta años de distancia, la polémica que la enfrentó a la filosofía heinleniana ha perdido relevancia (aunque no así su vigencia desde una perspectiva ética) y ello le priva de un poco del impacto que se le presupone a la triunfadora en un galardón del peso del Nebula, haciéndola uno de los títulos de su palmarés más desconocidos (a lo que tampoco ayuda el que Panshin publicara tan sólo cuatro novelas más, aunque volvió a ser reconocido con el Hugo en 1989 por su libro de ensayo “The world beyond the hill”, cofirmado con su esposa Cory).

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Aparte del Nebula que conquistó, “Rito de iniación” cosechó también una nominación al premio Hugo, que como ya he avanzado perdió antes “Todos sobre Zanzíbar”. Otros títulos significativos en las papeletas de aquel año fueron, por ejemplo, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick, “Las máscaras del tiempo” de Robert Silverberg o “Nova” de Samuel R. Delany; casi nada…

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 19, 2015.

Una respuesta to “Rito de iniciación (Rito de paso)”

  1. […] de La estación del crepúsculo, Bóvedas de acero, Marcianos Go Home!, Tú, el Inmortal, Rito de paso, La ciudad y las estrellas o Un caso de conciencia son dignas de alabar. Sin embargo, más allá de […]

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