Danza de huesos

Hacia finales de los años ochenta los límites claros entre subgéneros, sobre todo dentro del fantástico, pero también poniendo las miras fuera de él, comenzaron a difuminarse. Fruto de esa dinámica (que alcanzó su máxima expresión en los noventa), aparecieron nuevos géneros híbridos, que no dudaban en entremezclar, por ejemplo, ciencia ficción y fantasía (algo que ya había empezado a darse de forma puntual desde finales de los sesenta) o en trasladar elementos de su contexto tradicional a escenarios totalmente diferentes. Nació así, por ejemplo, la fantasía urbana moderna.

Entre los nuevos autores que abrazaron con entusiasmo esta revolución se contaba, por ejemplo, Emma Bull, quien tras participar en el proyecto Borderlands de Terri Windling, publicó una de las novelas pioneras en el naciente subgénero: “War of the oaks” (1987; ambientada en Minneapolis). Su siguiente proyecto fue una space opera titulada “Falcon” (1989), y en 1991 alcanzó su mayor éxito con “Danza de huesos” (“Bone dance”), novela de fantasía urbana con tintes postapocalípticos que fue finalista de los premios Hugo, Nebula y World Fantasy.

De nuevo nos encontramos con una ciudad que, aun permaneciendo innominada, puede identificarse como Minneapolis (la ciudad natal de Emma Bull). La fecha es quizás unos ochenta años en el futuro, tras una catastrófica guerra atómica que ha destruido la estructura industrial y social y ha alterado el clima (aunque en vez de invierno nuclear, lo que tenemos es un calentamiento global, que ha convertido Minnesota en una región semitropical (no, no tiene mucho sentido, pero tampoco es que la autora presente la ciudad como inequívocamente Minneapolis).

La única autoridad vigente es la local, la sociedad se suntenta sobre todo en la recuperación de los remanentes tecnológicos de una época más pudiente y la cultura se ha visto influenciada por un elevado grado de mestizaje, que ha llevado a la ciudad no sólo costumbres sureñas, sino también elementos religiosos como el vudú. En medio de todo ello tenemos a nuestra/o protagonista, Gorrión, que se dedica a las chapuzas electrónicas y a buscar cintas de vídeo para satisfacción de una exclusiva y pudiente lista de clientes.

Las cosas empiezan a complicársele, sin embargo, cuando cierto día despierta en medio de la calle, con una laguna de día y medio en su memoria y el convencimiento de que algo terrible está a punto de reventar la burbuja de aislamiento y privacidad que ha ido construyendo cuidadosamente a su alrededor a lo largo de los años. Los acontecimiento se aceleran y pronto se ve en medio de un conflicto que involucra ni más ni menos que a los responsables de poner en marcha el holocausto nuclear (apodado el “Big Bang”) y a un tipo especial de supersoldados de antaño, los jinetes, con la capacidad de ir migrando su mente de cuerpo en cuerpo.

Emma Bull recoge en “Danza de huesos” elementos de muy diversa procedencia. Por ejemplo, no sólo de la fantasía urbana bebe la mezcla, sino que también son muy evidentes las conexiones con el cyberpunk (la influencia parece ser especialmente directa con “Conde Cero“, de William Gibson), prescindiendo eso sí del elemento “cyber” para adoptar un marco referencial más mágico que tecnológico (por mucho que los jinetes sean producto de un proyecto de bioingeniería). De igual modo, su relación con las distopías postcatastrofistas (a la estela, cómo no, de Mad Max) es más estética que filosófica, sin preocuparse en ningún momento de explorar el futuro (o siquiera el pasado) de una sociedad que sólo le interesa como escenario fijado en el tiempo.

Este eclectismo se pone de manifiesto también en los elementos que estructuran la trama: la simbología del tarot, el vudú (y la magia hoodoo) e incluso el cine precataclísmico. El problema surge cuando nada de todo eso llega a engranar de forma fluida. En ningún momento da la impresión de que la autora tenga el control de la historia. Más bien parece como si los ingredientes introducidos en la coctelera se le hubieran rebelado y se hubieran negado a entremezclarse. Por un lado están los loas, por otro las cartas del tarot (cuya simbología preside cada capítulo) y por un tercero el mundo postindustrial, sin que en ningún momento la combinación dé la impresión de construir una trama cohesionada. Lo más parecido que existe a un elemento unificador es cierta crítica al capitalismo (simbolizado por la acaparación energética, tanto física como espiritual, por parte del antagonista), aunque incluso ahí el sustrato vudú se niega a integrarse.

Tampoco es que el estilo de la autora ayude a soslayar los problemas de cohesión. Sus descripciones son cuirosamente planas. Resultan más funcionales que efectivas. El escenario no llega nunca a adquirir personalidad propia, limitándose a referenciar los mucho más inmersivos mundos en los que se basa. En cuanto a los puntos clave de la trama, en particular los enfrentamientos con el antagonista, se encuentran sumidos en una confusión descriptiva de la que resulta difícil extraer nada en  claro (aunque quizás el problema ahí no sea tanto de estilo como de que, al ser los puntos de confluencia, es donde se pone más se pone de manifiesto que las partes constituyentes no encajan).

“Danza de huesos” hubiera podido ser una novela fascinante. Por desgracia, es incapaz de integrar todos los elementos que la componen, aunque evidentemente esa originalidad de la que hacía gala bastó en su momento para hacerla destacar, y más en un año que no fue particularmente memorable. El Hugo fue a parar de nuevo a Lois McMaster Bujold por “Barrayar” y el Nebula recayó en Michael Swanwick por “Las estaciones de la marea” (siendo las tres la únicas novelas que aparecieron en ambos listados). En cuanto al World Fantasy, que tendía más al terror, coincidió con el Bram Stoker en destacar una de las mejores novelas de Robert McCammon, “Muerte al alba”. “Danza de huesos” quedó además tercera en la votación de los Locus (en ciencia ficción).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 10, 2017.

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