En la Deriva

Uno de los autores de literatura fantástica más eclécticos de las últimas décadas (su carrera se inició en 1980) es Michael Swanwick, con una extensísima obra breve que le ha reportado numeroso premios y nominaciones. Con doce, es el segundo escritor que más nominaciones al Hugo de relato ha cosechado, habiéndose alzado con el triunfo en tres ocasiones (a las que añadir tres y dos en relato largo y dos sin premio en novela corta). En cuanto a los Nebula, totaliza quince finalistas en las tres categorías… sin haber conseguido un solo triunfo (con récord compartido a este respecto por sus seis candidaturas tanto en cuento como en cuento largo). A todo ello se le suman ocho novelas que van del cyberpunk de “Vacuum flowers” a la fantasía “industrial” del mundo de “La hija del dragón de hierro”.

Como era de esperar, su primera novela, “En la Deriva” (“In the Drift”, 1984), fue un fix-up, que utilizó como inicio y fin dos textos ya reconocidos previamente por la crítica con sendas nominaciones a los premios Nebula: “El beso del mimo” (1981, ampliada de relato largo a novela corta para la ocasión) y “La muerte de la médula” (1984, que perdió el galardón a novela corta ante la magnífica “Pulse Enter”, de John Varley). Entre ambos, se sitúa la novela corta “Buscahuesos” (escrita muy posiblemente en secuencia con las otras dos) y dos breves textos de enlace para terminar de cohesionarlo todo: “La noche del negro” y “La feria del mutágeno”.

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La trama de “En la Deriva” se fundamenta en un escenario hipotético que afectaba de cerca al autor. En 1979, por una concatenación de errores mecánicos y humanos, el reactor 2 de la planta nuclear de Three Mile Island sufrió una fusión parcial, liberando una cantidad indeterminada de vapores radioactivos a la atmósfera.  Por fortuna, el accidente pudo controlarse antes de que evolucionara hasta una situación como la que viviría siete años después Chernóbil, pero sigue siendo hasta la fecha el más grave de cuantos ha experimentado la industria nuclear civil en EE.UU. (un 5 en la escala INES, frente al máximo de 7 que alcanzaron tanto Chernóbil como Fukushima).

Filadelfia, la ciudad natal de Swanwick, se encuentra a 135 kilómetros de Three Mile Island, y aunque el incidente no llegó a amenazarla (ni, de hecho, se ha llegado a asociar ninguna muerte con él), el impacto fue lo bastante grave para que pocos meses después escribiera, como uno de sus primeros relatos, “El beso del mimo”, que parte del supuesto de que la fusión del núcleo del reactor se completó, dejando afectada una enorme extensión del noreste de EE.UU., con Filadelfia justo en el borde, conocida como la Deriva.

El planteamiento es magnífico. En medio del caos de los primeros días (con migraciones masivas de hasta dos millones de refugiados, falta de información, muertes por radiación y exposiciones muy por encima de los límites teratogénicos), el único grupo organizado que puede hacer algo en la ciudad de Filadelfia es el de los integrantes de la tradicional Mummer’s Parade (un festival carnavalesco de año nuevo). Con el paso del tiempo, esta estructura se consolida y los mummers (traducido en el libro como “mimos”) evolucionan hasta una pintoresca organización mafiosa, que mantienen bajo su control a toda la ciudad y sus alrededores (algo así como los falleros asumiendo el control de Valencia… o las chirigotas de Cádiz, las cofradías de Sevilla, las comparsas de Alcoy… Supongo que todo el mundo tiene a mano un ejemplo muy gráfico al que acogerse).

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Un joven en principio apolítico, Keith Piotrowicz, se ve involucrado en las intrigas de los mimos cuando rescata (tras haberla atropellado) a una mujer en la Deriva. Sin proponérselo, descubre un secreto por el que muchos están dispuestos a matar, convirtiéndose en el objetivo de una caza humana que aúna el esperpento de sus orígenes bufonescos con la frialdad brutal de cualquier sistema de poder autocrático.

“El beso del mimo” supone un inicio magnífico para la novela. Tanto la trama (con su gran planteamiento y un par de sorpresas en su desarrollo) como la ambientación resultan más que destacables, y si hubiera seguido por ahí, Swanwick hubiera podido obtener un resultado de lo más interesante. Por desgracia, la historia (sin contar probablemente con un control firme) evoluciona por sus propios derroteros.

“La noche del negro” sirve tan sólo para denotar la transición de Keith, de joven ingenuo a una figura importante dentro de la organización de los mimos, mientras que “Buscahuesos” introduce en la narración toda una plétora de nuevos temas. La Deriva, algunos años después, ha acabado convirtiéndose en una zona codiciada, bien sea como lugar de destierro de presos políticos (o mutantes) o por hallarse en su interior el mayor depósito de carbón que queda en Norteamérica (su importancia sería discutible, así que ahí empieza a fallar la coherencia interna, pero ya llegaremos a eso).

El protagonisme recae en Samantha, una joven vampira (supuestamente, porque su intestino delgado es tan corto que no puede procesar nada más que nutrientes ya predigeridos en la sangre) deportada a la Deriva, donde es encontrada por un Keith ya maduro (y líder de los mimos) y un doctor enano, Esterhaszy, que tienen para con ella planes importantes dentro de las intrigas políticas entre las diversas facciones que circundan la región.

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La cosa se complica cuando Samantha resulta poseer también ciertos poderes sobrenaturales (al principio Swanwick intenta justificarlos malamente con algo de jerga seudocientífica, pero no es un intento muy entusiasta) y empieza a organizarse en torno a ella un movimiento de carácter místico que aglutina a los habitantes desahuciados de la Deriva.

El tono oscila entre la ciencia ficción catastrofista (con ciertas similitudes lógicas con las historias de postapocalipsis nucleares, como “Cántico por Leibowitz“) y una ciencia ficción fantasiosa deudora de la New Wave (aunque sin alcanzar ni de lejos el grado de lirismo de títulos como “Alas nocturnas“). El problema es que no termina de definirse, y la historia va avanzando sin desarrollar demasiado los temas de “El beso del mimo” ni terminar de definir los nuevos.

Todo ello se agrava con el tercer segmento (tras el interludio que supone “La feria del mutágeno”, que acontece entre quince y veinte años después, con la hija de Samantha, Victoria como líder e icono de un movimiento de resistencia de la Deriva que se opone a las injerencias tanto de los poderes externos como del sistema opresivo y autoritario implantado por los mimos. Desde el punto de vista de un corresponsal de guerra, asistimos a una serie de peripecias que ahondan en la dicotomía entre ciencia y misticismo de “Buscahuesos” y que entre todas las opciones a su disposición acaba decantándose por replicar de un modo bastante burdo la historia de Juana de Arco.

A la postre, “En la Deriva” queda como un experimento no del todo exitoso, que se inicia con un grandísimo segmento, pero que no sabe construir sobre él una narración que esté a la altura (o, siquiera, que muestre algún tipo de coherencia o evolución lógica entre las tres partes principales).

Uno de los problemas más serios que presenta, por ejemplo, es la total y absoluta ceguera hacia todo cuanto acontece fuera de la Deriva y de los territorios aledaños. Por mucho que una fusión nuclear incontrolada pudiera haber afectado a un área extensa de EE.UU. (y a la economía y sociedad del país en su conjunto), ello no justifica la impresión que da el libro de que no existe nada más allá, de que ni la ciencia ni la técnica han evolucionado (de hecho, todo lo contrario, pese a que fuera hay, en teoría, todo un mundo intacto). Peca pues de un poco de ombliguismo, de una estrechez de miras que quizás pueda justificarse un poco en extensiones cortas, pero que debería haber sido corregida, al menos parcialmente, al evolucionar el proyecto.

En cualquier caso, sólo por “El beso del mimo” ya constituye un título interesante, y sorprendentemente no existen tantas novelas de ciencia ficción que aborden el tema de los accidentes (que no guerras) nucleares. Así, a bote pronto, tan sólo me viene a la memoria la muy desfasada “Nervios” de Lester del Rey.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 30, 2015.

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