La máquina diferencial

Para 1990 el cyberpunk había surgido, explotado y casi muerto de éxito, todo ello en el plazo de unos siete años. Es decir, estaba más que maduro para mutar, iniciar la infección secundaria e insertarse en el ADN de la ciencia ficción con una tenacidad que mal podía anticiparse por entonces. Parece justo que una de las corrientes herederas más exitosas surgiera, casi por accidente, de la colaboración entre dos de los máximos exponentes y padres fundadores del subgénero: William Gibson y Bruce Sterling.

“La máquina diferencial” (“The difference engine”) es una ucronía que parte de un supuesto de lo más intrigante (que, pese a todo, no es su punto jonbar; habría que remontarse unas décadas para encontrarlo, y nunca llega a exponerse en detalle): la posibilidad de que Charles Babbage hubiera logrado construir un modelo funcional de su teórica máquina diferencial, una primitiva calculadora mecánica cuyo diseño evolucionaría hacia la máquina analítica (que es la auténtica protagonista de la historia… supongo que “La máquina analítica” no sonaba tan bien), capaz de ser programada y funcionar, tal y como conjeturó Ada Lovelace, como una computadora de propósito general. Esto propiciaría, según la especulación de Gibson y Sterling, el adelanto de la Revolución de la Información, que se solaparía de hecho con la Revolución Industrial en curso, posibilitando una narración con regusto cyberpunk, pero ambientada en pleno siglo XIX (1855 para ser exactos).

Parece inevitable que este desarrollo acabara secuestrando la etiqueta steampunk, que habían creado medio en broma medio en serio Tim Powers, K. W. Jeter y James P. Blaylock para referirse a sus novelas de fantasía decimonónicas, reposicionándola en el campo del retrofuturismo que hoy nos es familiar; y aunque es innegable el parentesco de “La máquina diferencial” con todo el steampunk posterior, no deja de resultar una relación desafortunada, porque desde una perspectiva tanto filosófica como especulativa, es una obra que se encuentra a años luz de lo que actualmente entendemos como tal (cimentado sobre todo en unos parámetros estéticos, más fantasiosos que científicos).

Tal vez sea esta la razón del porqué “La máquina diferencial” no es hoy en día un título más conocido y valorado. Para los amantes del steampunk puede resultar demasiado farragosa e insuficientemente atrevida, mientras que el resto de aficionados pueden sentirse tentados de tacharla apriorísticamente de aventura intrascendente. Nada más lejos de la realidad. Esta novela colaborativa se erige en una de las mejores y más inteligentes ucronías que he tenido ocasión de leer, trascendiendo la simple curiosidad por un pasado alternativo para atreverse a indagar, por mediación de los cambios sociopolíticos y tecnológicos, en temas de enorme calado, tales como el impacto sobre la libertad individual de la revolución informativa o la interdependencia de la ciencia con el clima político imperante.

A grandes rasgos, y por complicar la aceptación de la obra, se puede afirmar que “La máquina diferencial” son dos novelas, una de ellas anidada dentro de la otra. La novela “externa” presenta el escenario (no solo por lo que se refiere a los adelantos científicos como el kinotropo o los claqueadores, una suerte de hackers victorianos), sino también político, y va desarrollando una tesis en torno a la génesis y rápida (rapidísima) especialización de los servicios de inteligencia (y con ellos, la configuración del peligro de la vigilancia omnipresente). La novela “interna” cambia de personajes y se embarca en una fascinante proyección del avance científico bajo un gobierno meritocrático, recuperando la vieja aspiración de Platón y su República de los Sabios (aunque sin caer en el utopismo acrítico, sino explorando tanto las ventajas como los inconvenientes, y teniendo presente el descontento social y los posibles desafíos reaccionarios neoluditas).

Personalmente, la primera de estas “novelas” me ha resultado la menos interesante, pues se centra más en las consecuencias que en los medios, mientras nos presenta un asesinato cometido en medio de un complejo juego político (que implica al depuesto presidente de la República de Texas, así como a una joven londinense caída en desgracia por culpa de los manejos de un hombre poderoso), así como las derivaciones que tiene, capaces de afectar las más altas esferas del protoespionaje británico. La segunda abandona casi todos estos personajes y se centra en el imponente Leviatán Mallory, un paleontólogo de armas tomar, que nos conduce por los no siempre limpios entresijos de la política científica de este Londres alternativo, donde doctas polémicas como el enfrentamiento entre catastrofismo y uniformismo adquieren categoría de conflictos capaces de elevar o hundir carreras políticas.

Aunque ambas historias (hábilmente entrelazadas a través del relativo MacGuffin que supone un programa, el Modus, de Ada Lovelace, la hija del primer ministro Lord Byron) se nos presentan con la acostumbrada seriedad de Gibson y Sterling (nada que ver con la locura despreocupada postcyberpunk de Neal Stephenson… cuya obra posterior, empezando por “Criptonomicón” y culminando en “Anatema“, sí tiene mucho que ver filosóficamente con “La máquina diferencial”), es en los capítulos de Mallory donde la imaginación vuela más libre, ofreciéndonos un mayor número de cameos de personajes ilustres (con vidas más o menos trastocadas por el escenario ucrónico), así como una trama con más acción (por obra y escasa virtud del neoludita Capitán Swing). La segunda trama, sustentada en las pesquisas del agente del servicio especial Oliphant, es más reposada y reflexiva, más pesimista también, aunque culmine con un giro esperanzador.

“La máquina diferencial” es una novela exigente. Para empezar, nos sumerge sin contexto (se nos provee de él casi al final, por medio de breves viñetas que anteceden y suceden a la trama principal) en un escenario complejo, en el que la familiaridad nos puede jugar una mala pasada (por lo alejada que está de la típica obra steampunk). Pero quizás más importante, presupone en el lector una serie de conocimientos relativamente extensos sobre temas como la literatura y política del período (con un Benjamin Disraeli, por ejemplo, que se troca de primer ministro conservador en autor popular y gacetillero) o, sobre todo, la historia de la ciencia.

Personalmente, el mayor placer que me ha procurado la novela ha sido precisamente constatar los cambios entre nuestro hilo temporal y el de la máquina de Cabbage en esta última faceta. No son siempre verosímiles (por cuanto exigen de cambios de esquemas mentales y desarrollo técnico por encima de las capacidades de la época), pero sí invariablemente sugerentes. En cuanto a su mayor pecado, quizás consista en la relativa disarmonía tonal entre los dos grandes bloques de la novela, que puede resultar un poco desconcertante en los cambios de uno a otro, por no hablar de cómo deace la intensidad precisamente en la trama que abre y cierra el libro.

“La máquina diferencial” no pasó (del todo) desapercibida en su época, resultando finalista del premio Nebula (que ganó “Las estaciones de la marea“, de Michael Swanwick, una fusión entre Cyberpunk y New Wave cuya fama y relevancia ha sido todavía más efímera que la de la colaboración entre Gibson y Sterling; acompañadas ambas por la cyberpunk “Synners” de Pat Cadigan, la fantasía urbana con tintes cyberpunk de Emma Bull en “Danza de huesos” y la space opera de “Orbital resonance” de John Barnes y en cierta forma de “Barrayar” de Lois McMaster Bujold). De igual modo, perdió incomprensiblemente el BSFA frente a la space opera intrascendente de “Reconquistar Plenty”, de Colin Greenland (que batió también a “Hyperion” de Simmons y “El uso de las armas” de Banks, ahí es nada), y el John W. Campbell Memorial ante la también cómica (e intrascendente) “Buddy Holly is alive and well in Ganymede”, de Bradley Denton.

Otras opiniones:

Otras obras William Gibson reseñadas en Rescepto:

Otras obras de Bruce Sterling reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en octubre 19, 2019.

3 comentarios to “La máquina diferencial”

  1. La disfruté a medias. Me costó entrar en el universo que planteaban aunque luego fue gratifiante identificar ese posible virus que les habían colado a los franceses, imaginar el kinotipo, etc. El capítulo con la prostituta se me hizo insoportable.

  2. Hace años empecé a leer este libro y no pude terminarlo. Debo de tener un problema con Gibson porque con Neuromante también tuve problemas. La primera vez que lo leí me perdí a la mitad. Volví a leerlo y tampoco entendí nada.

    • Diría que en cuanto a estilo tiene más de Bruce Sterling. De Neuromante se critica mucho la traducción. No sé, tendría que leerlo un día de estos en inglés, para comprobar hasta qué punto influye (aunque casi prefiero darle una nueva oportunidad a la trilogía del Puente).

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