Los nueve príncipes de Ámbar

Los setenta fueron años difíciles para la fantasía. Tras el éxito masivo de la edición americana de “El Señor de los Anillos” en 1965, que propició que se empezara a recuperar buena parte de la fantasía clásica a través de distintos sellos (como Ballantine o Lancer), las ventas no acompañaron generalmente a las propuestas nuevas, situación que se mantuvo hasta 1977 (con la edición del descarado plagio de Tolkien “La espada de Shannara”, de Terry Brooks, y el inicio de las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo, de Stephen R. Donaldson).

Pese a ello, fue un período interesante, que no sólo fue testigo del desarrollo del multiverso de Michael Moorcok (“Elric de Melniboné) a partir del molde de la espada y brujería y de la maduración de la fantasía juvenil de la mano de Ursula K. Le Guin (“Un mago de Terramar“), sino que también propició la introducción en el género de muchas ideas nuevas provenientes del campo de la ciencia ficción, con numerosos autores entregados a explorar la frontera entre ambos géneros, tales como Marion Zimmer Bradley (la serie de Darkover), Anne McCaffrey (los dragones de Pern) o Roger Zelazny.

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Zelazny, uno de los principales nombres de la New Wave, ya había mostrado cierta querencia por la fantasía en sus dos novelas premiadas con el Hugo, “Tú, el inmortal” (1966) y “El Señor de la Luz” (1967), ambas con una premisa propia de la ciencia ficción y una ambientación más deudora de la fantasía (y la mitología), algo que compartieron con su propuesta de 1969: “Criaturas de luz y oscuridad”. Pasar de ahí a una historia de fantasía con elementos propios de la ciencia ficción requería tan solo un paso, que dio cuando publicó en 1970 “Los nueve príncipes de Ámbar” (“Nine princes in Amber”), la primera entrega las Crónicas de Ámbar.

La narración arranca de forma bastante tópica y anodina, con el protagonista despertando amnésico en una cama de hospital. A base de pura chulería, de la aplicación de una lógica cuanto menos debatible y de seguir la guía de un instinto infalible, escapa de allí y, atando cabos, llega hasta la mansión de la que supuestamente es su hermana, donde, sin revelar su memoria deficiente, va jugando a ciegas una partida que, aparentemente, lleva en siglos en liza.

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A la postre se entera (y nos enteramos) de que es Corwin, uno de los príncipes herederos de Ámbar, la única tierra verdadera, de la que todas las demás (incluido la nuestra) no es sino una sombra, un universo paralelo entre una miríada, que quizás no tenga siquiera entidad propia salvo cuando nos visita algún miembro de la nobleza de Ámbar (los únicos capacitados para viajar entre las Sombras). También descubre que los nueve príncipes que sobreviven (junto con cuatro princesas), no se llevan precisamente bien, y que su hermano Eric, quien es con toda probabilibad el responsable último de su actual condición, está a punto de coronarse como rey de Ámbar ante la ausencia prolongada e injustificada del padre de todos ellos, Oberón.

Corwin quizás no tenga muchos recuerdos, pero hay algo grabado a fuego en el corazón de todos los príncipes de Ámbar: el anhelo por el poder. Así que da inicio, casi sin darse cuenta a una rebelión en toda regla contra su hermano, con el trono de la única tierra verdadera como premio para el ganador. Eso sí, su estancia en la Tierra (durante al menos seis siglos) lo ha cambiado un poco. Ya no es el noble insensible de antes, sino que ha adquirido cierto sentido de la responsabilidad por los demás, aunque sean meros habitantes de una Sombra.

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La novela detalla a continuación la intentona de Corwin (aliado con otros hermanos), por destronar a Eric, en una contienda que se libra a través de invinitos universos, aunque su punto focal sea fijo e inmutable. A lo largo de las diversas peripecias, Zelazny se preocupa tanto por mantener un tensión in crescendo, como por ir desvelando detalle a detalle las peculiarides del multiverso que ha creado como escenario para sus aventuras; y si decía un poco antes que el inicio no es muy prometedor (dejémonos de rodeos: es rematadamente malo, y no empieza a mejorar hasta haber dejado atrás un cuarto bien cumplido del libro, que por fortuna no es muy extenso), una vez se libera de la “tiranía” de la realidad y hace que Corwin y sus aliados se internen por los caminos de las Sombras, empieza a configurar una aventura en mayúsculas, tan fascinante en su concepción como amena cuando toca entrar en faena y hacer uso de las espadas (porque en Ámbar y sus universos limítrofes la pólvora no funciona).

De nuevo presenta el autor unos personajes semidivinos, con características físicas excepcionales y que, de hecho, son adorados como dioses en determinados universos Sombra (dado que hay un número infinito, siempre es posible encontrar en alguno lo que se está buscando), y si bien no se puede afirmar que su desarrollo sea muy cuidadoso, es bien cierto que Corwin al menos se debate entre su naturaleza principesca (los príncipes de Ámbar no son precisamente unos tipos cordiales y amables con los demás… y especialmente si esos demás pertenecen a su propia familia) y lo aprendido en su exilio involuntario.

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En cuanto a los elementos que comentaba como propios de la ciencia ficción, es de destacar la concepción del multiverso de Ámbar y los medios de los que se valen los personajes para navegar entre las Sombras (por medio de pequeños pasos incrementales, a través de los arcanos de unas barajas de tarot muy peculiares o resolviendo el Patrón). De hecho, la inspiración directa de todo esto proviene de una serie de Philip José Farmer, la del Mundo de los Niveles (que por entonces contaba con cuatro entregas), a lo que quizás podría añadírsele el conflicto entre el orden y el caos de Moorcock y, según propia confesión, la novela de 1946 “El mundo sombrío”, de Henry Kuttner (y su esposa C. L. Moore).

Más allá de la aventura específica de este primer volumen, se aprecia además que hay detrás un plan maestro, con continuas insinuaciones hacia elementos que sólo adquirirán importancia en volúmenes ulteriores, dejando bien a las claras que la pentalogía original (1970-1978) había sido concebida (o cuanto menos planificada) como un arco cerrado, del que a día de hoy no podría indicar sino generalidades a falta de seguir explorando la serie (algo que, sin dudarlo, tengo previsto hacer a poco que se me presente la ocasión).

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En 1985, Zelazny decidió recuperar el universo de Ámbar, centrando la acción en el hijo de Corwin, Merlín (e introduciendo elementos propios del momento, como hacer que su disfraz en la Tierra sea como informático e intentar explicar el multiverso en términos cuánticos). Esta segunda pentalogía, que se cerró en 1991, suele presentar una consideración mucho menor entre los lectores (y ya no digamos nada respecto la precuela “oficial”, licenciada tras su muerte por los herederos de Zelazny, en contra de su deseo explícito de no abrir a otros autores el universo de Ámbar).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 22, 2014.

4 comentarios to “Los nueve príncipes de Ámbar”

  1. La tengo en mi pila de pendientes desde hace años. Trás la reseña creo que va a caer dentro de poco.

  2. Me haces dudar, Segio, y me tientas a probar de nuevo esta serie. Leí el primer tomo hace mucho, en la traducción de Miraguano (Elías Sarhan), y no me entusiasmó, certificándome una vez más que las versiones de Futurópolis son horribles y que a Zelazny se le dan mucho mejor los cuentos que las novelas (excepción hecha de “Tú, el inmortal”; “Señor de la luz” no cuenta porque es un fix-up, y bastante desparejo). A punto tal que tengo en mi biblioteca “Las armas de Avalon” (Ámbar II) y “Las cortes del caos” (Ámbar V) y luego de aquel desencanto jamás intenté su lectura. Alguna vez amagué con probar la versión de Factoría de Ideas, pero la experiencia me ha demostrado que sus traducciones son generalmente rutinarias y deslavadas al punto de tornar soso hasta al mismísimo Richard Matheson. Lo dicho, intentaré de nuevo sólo por el respeto que me merecen tus comentarios.

    Y una última cosa, si te gusta ese cruce Zelazny meets Farmer te recomiendo, si es que no la leíste, “Señales en el camino” (“Roadmarks”), creo recordar que allí el efecto está logrado, pero, de nuevo, con una calidad literaria infinitamente inferior a la de “…el respirar demoro”, “El hombre que amó a la faioli” o “Una rosa para el Eclesiastés”, por citar algunas notas altas.

    Un saludo y gracias, como siempre, por matener vivo Rescepto.

    • Bueno, lo de la traducción es algo que rara vez menciono, pero sí, la traducción vieja (que es la que he leído) es horrible (en honor a la verdad, era originalmente de Delirio, y fue cooptada ocho años después por Miraguano… lo cual no disculpa el empleo de una traducción tan mala). El caso es que intento hablar más de la obra que de la edición (y cada vez me gusta más leer cuando puedo en versión original).

      En mi caso, ni “Tú, el inmortal” ni “El Señor de la Luz” me resultaron unas lecturas satisfactorias (la de “El Señor de la Luz” es muy temprana, así que es posible que no estuviera preparado para ella), y sólo me puse con Ámbar por su relevancia dentro de la historia de la fantasía, y me ha sorprendido gratamente (en especial, después de un comienzo tan poco prometedor).

      Y tampoco es que Farmer me apasione. Buenos conceptos, pero la ejecución no suele estar a la altura (y era capaz de mucho más, como demostró con “Jinetes del salario púrpura”). Eso sí, aún tengo pendiente abordar alguno de sus títulos de la Wold Newton Family o alguna otra de sus metaficciones (en la estantería de pendientes coge polvo desde hace años “Lord Tyger”).

      Gracias.

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