El hombre en el castillo

Retomo a la Hugolatría por todo lo alto, con una de las novelas más complejas que jamás hayan ganado un Hugo y con la única obra premiada de uno de los más importantes escritores de género (y de los más respetados fuera del ghetto), Philip K. Dick.

Obtuvo el galardón en 1963, durante una década de transición entre el modo de trabajo de la Edad de Oro (con predominio absoluto de la publicación en forma serializada) y la ciencia ficción orientada ya desde el principio al formato de novela, eso sin contar, por supuesto, con que a finales de los sesenta irrumpiría en el panorama la New Wave. Sin embargo, intentar encajar a Dick en corrientes y modas es un ejercicio inútil. Él era su propia corriente literaria, y sus novelas, no importa en qué década fueran escritas, poseen su inconfundible sello.

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El tema recurrente de su obra (se podría hablar con total propiedad de la “filosofía subyacente”) es la percepción (e incluso la existencia misma) de la realidad, lo que lleva a libros complejos, donde la subjetividad del narrador cobra una importancia trascendental. Curiosamente, este enfoque ha propiciado que se trate de uno de los autores de ciencia ficción más (y mejor) adaptados (desde “Bladerunner”, basada en una de sus novelas menores, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, que no llegó a ver concluida por unas pocas semanas). En general, las mejores aproximaciones son infieles a la letra y próximas al espíritu, consiguiendo destilar la esencia dickiana, al menos a un nivel superficial, apto para el medio audiovisual.

Porque los libros de Dick son tremendamente densos, repletos de simbolismo y reflexiones tan profundas como fugaces, y su interpretación no es fácil; en algún caso hasta se podría poner en entredicho de la existencia de una exégesis única. Al fin y al cabo, eso es lo que mejor hace el autor: dudar, y hacernos dudar, de todo.  Oh, sí, y además como escritor, con independencia de géneros y temáticas, era un auténtico maestro.

“El hombre en el castillo” es una ucronía (o novela de historia alternativa, como la llaman en Estados Unidos), que aborda un tema que desde su publicación se ha hecho muy popular: ¿Qué hubiera sucedido si las fuerzas del Eje hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? Lo cierto es que el subgénero parece haber sido concebido para ofrecer posibilidades de lucirse a Dick (no es que lo necesitara, ya en 1957 había publicado un libro, “Ojo en el cielo”,  sobre realidades alternativas). Según propia confesión, la idea le vino tras leer “Bring the jubilee”, de Ward Moore (publicado en España treinta años más tarde por Martínez Roca bajo el título “Lo que el tiempo se llevó”), una novela que especulaba con la posibilidad de que el Sur hubiera ganado la Guerra Civil Americana.

En la novela de Dick, el asesinato de Roosevelt en 1933 lleva a que Estados Unidos no esté económicamente preparado para afrontar los costes de la guerra (y propicia el éxito estratégico del ataque a Pearl Harbor), de modo que en 1948, la victoria cae del lado de Alemania y sus aliados, que se reparten el mundo. En este reparto, Estados Unidos queda desmembrado. El Sur se organiza como entidad independiente, con un gobierno títere de los nazis, el noreste es ocupado por Alemania y toda la costa oeste se convierte en un protectorado japonés. El territorio restante, sigue como unidad política independiente, aunque empobrecido y atrasado tecnológicamente.

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En el resto del mundo, los nazis han aplicado la Solución Final al problema africano, exterminando a todos los habitantes de raza negra, ocupan toda Europa (Italia y otros países aliados mantiene su independencia nominal) y posee colonias en sudamérica y Canadá), Japón por su parte se ha extendido por todo el sudeste asiático y mantiene Oceanía, el resto de asia, parte de sudamérica y Alaska como un protectorado. Las relaciones entre las superpotencias son tensas y los nazis, por el momento, queman sus ansias expansionistas colonizando el espacio (para entonces ya han llegado a Marte y Venus).

La trama se desarrolla en torno a cinco personajes: Robert Childan, propietario de una tienda de antigüedades en San Francisco; Frank Frink, artesano de origen judio que trabaja produciendo falsificaciones para el mercado de las antigüedades; Julianna Frink, ex-esposa de Frank, que sobrevive en el medio oeste como instructora de judo; Nobusuke Tagomi, un alto cargo comercial de Japón en San Francisco; y el señor Baynes, comercial de la independiente Suecia que pretende entrevistarse con Tagomi. A estos se les unen otros importantes como Wyndham-Matson, el jefe de Frank, Joe, un camionero que se une a Julianna, Hugo Reiss, el cónsul del Reich en San Francisco o, sobre todo, Hawthorne Abendsen, autor del libro “La langosta se ha posado”, una ucronía que explora la posibilidad de que los aliados ganaran la guerra, cuya presencia es constante en toda la novela a través de su ¿ficción?

La dualidad verdadero/falso es un tema recurrente en la novela. Childan vende como auténticas piezas modernas falsificadas por Frank, y cuando éste le ofrece genuino arte moderno americano, la salida comercial más inmediata resulta ser degradarlo a la categoría de amuletos de pega. Varios personajes asumen o se ocultan bajo identidades falsas, como el señor Baynes, Joe y Frank (además su verdadero apellido, judio, es Fink). Por no hablar del juego de espejos invertidos que se establece con la ucronía dentro de la ucronía que supone “La langosta se ha posado” (el mundo descrito en esta novela no es como el nuestro). Hay una escena clave, en la que Wyndham-Matson divaga sobre qué hace histórico a un objeto, si una cualidad intrínseca a él o algo externo, como un certificado de autenticidad, extrapolando de ahí que la veracidad (o la falsedad) puede ser una propiedad extrínseca.

Sin embargo, la profundidad temática no acaba aquí. El examinar la simbología y la ideología fascista proporciona multitud de oportunidades para establecer paralelismos poco halagüeños. Como entre el genocidio africano nazi y el exterminio de los indios americanos, o con la aventura espacial, cuyo pistoletazo de salida había dado Kennedy en 1961, descrita en el mundo de “El hombre en el castillo” como una maniobra para desviar la atención pública de problemas más acuciantes. En cuanto a Childan, muestra una relacción de atracción/repulsión/servilismo hacia los dirigentes japoneses, y éstos a su vez se muestran fascinados por la cultura tradicional americana, que el propio Childan desprecia. Eso por no hablar de las diferencias políticas. EE.UU. en “La langosta se ha posado” se convierte en una especie de ONG mundial (en vez de caer bajo el dominio de magnates comerciales que impusieron un capitalismo feroz), siendo la diferencia fundamental que Roosevelt renuncie a volver a presentarse tras su segundo mandato (en vez de continuar por dos legislaturas más, aunque la última quedara truncada pronto por su muerte). Por contra, en Gran Bretaña Churchill aprovecha su prestigio para convertirse en Primer Ministro vitalicio, volviéndose más autocrático con cada legislatura. Es apreciable, a grandes rasgos, un rechazo frontal al autoritarismo, que lleva invariablemente cuanto menos a una merma en la calidad de vida.

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Resulta curioso que, tratando temas tan oscuros (y siendo Dick, para qué vamos a engañarnos), casi todas las subtramas (menos quizás la más importante) se cierran con una nota de esperanza (en ocasiones incierta, pero tampoco se le puede pedir mayor concreción).

Para concluir, sólo cabe mencionar el I Ching, el Libro de los Cambios, un tratado filosófico chino que tiene vital importancia en el desarrollo de la trama. Casi todos los personajes (menos los alemanes) recurren a su sabiduría milenaria para entender mejor el momento y vislumbrar hacia dónde se dirige el futuro (incluso la revelación final tiene mucho que ver con el I Ching). Según propia confesión, el mismo Dick utilizaba durante esa época el libro a menudo (mediante tallos de mielenrama, se obtienen por un proceso azaroso hexagramas que, en número de 64, representan todos los estados posibles), haciéndolo responsable de algunos de los giros más inauditos de la trama (en particular, del final semi-abierto).

No todo son parabienes. Existen dos problemas. El primero tiene que ver con la plasmación de los japoneses como un pueblo moderado (al menos frente al régimen nazi), cuando en la realidad a salvajes no les ganaba nadie, e incluso fue el gobierno alemán el que tuvo que solicitar a sus aliados que se tomaran con más calma el exterminio de chinos (de 13 a 18 millones de fallecidos, casi todos civiles, según se incluyan o no las muertes por hambre).

El otro punto oscuro es ajeno a la obra original, pues se encuentra en la traducción de Minoaturo, que recurre en multitud de ocasiones a palabras poco apropiadas y mantiene términos regionales como valija (por maleta) o baúl (por maletero), lo cual hace dudar de su idoneidad en pasajes de difícil comprensión.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 4, 2009.

Una respuesta to “El hombre en el castillo”

  1. […] Una idea sobre la que ya he escrito en varias ocasiones, realimentada por mi reciente relectura de El hombre en el castillo en la traducción de Manuel Figueroa para […]

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