Los clanes de la luna alfana

Dick en estado puro.

En principio, no haría falta más para reseñar “Los clanes de la luna alfana” (“Clans of the alphane moon”, Phillip K. Dick, 1964). Sin embargo, supongo que algo más tendré que escribir, por eso de no cargarme la media de palabras por entrada.

Entre las obsesiones de PKD, es la locura la que toma el papel protagonista, aunque ni mucho menos excluyente, en esta novela (la primera de un muy prolífico, literariamente, año 1964, durante el cual concluyó media docena). La acción se va alternando entre la Tierra (Terra) y la susodicha luna, un enclave humano en el sistema de Alfa Centauro (hogar de un imperio alienígena que ha no mucho ha protagonizado, y posiblemente perdido, un conflicto armado con la humanidad). Lo peculiar de esta colonia es que sus habitantes son los antiguos pacientes (y sus descendientes) de un hospital psiquiátrico, que se han distribuido en clanes según patología (maníacos, depresivos, paranoicos, esquizofrénicos, obsesivos-compulsivos…) y han erigido una especie de inestable sociedad caracterizada por la separación de funciones (los paranoicos, por ejemplo, son los planificadores, mientras que los mans, o maníaticos, son creativos y guerreros y los esquizofrénicos místicos).

El protagonista principal, sin embargo, es terrano: Chuck Rittersdorf, empleado de la CIA como programador de simulacros, una especie de androides indistinguibles de hombres de carne y hueso, propagandísticos (los EE.UU. están rodeados por estados comunistas, incluyendo Canada), en proceso de divorcio de una reputada psicóloga matrimonial, una arpía cuya insatisfacción ante la baja consideración económica y social del trabajo de Chuck le ha llevado a convertir la relación en un infierno. Añadamos a la trama a Bunny Hentman, un cómico televisivo, con sospechosas relaciones con los alfanos, que a instancias de su mujer ofrece un lucrativo trabajo como guionista a Chuck; y a Lord Running Clam, un hongo ganimedano metomentodo y telepático, vecino de Chuck en su nuevo y ruinoso apartamento junto con Joan Trieste, una colaborada psi de la policía, capaz de hacer retroceder a alguien cinco minutos atrás en el tiempo; por no mencionar a los líderes alfanos, como el santo hebefrénico Ignatz Ledebur o el político paranoico Gabriel Baines. Un sinfín de personajes, de cuya salud mental cabe dudar siempre, sobre todo si no están reconocidos como locos.

La novela se articula como un juego de espejos. Chuck odia a su ex-mujer y planea matarla empleando un simulacro de la CIA que la acompañará en su visita oficial a la luna alfana (para reclamarla en nombre de Terra y, con suerte, convencer a todos sus habitantes para que acepten someterse a terapia). Al mismo tiempo, Hentman, en su segundo trabajo (que le obliga a administrarse psicofármacos ilegales para poder rendir veinticuatro horas sin descanso) le propone una comedia en la que un incompetente agente de la CIA se propone matar con un simulacro a la arpía de su esposa para poder estar con su amante. Las cosas se lían, Patty, la actriz elegida para interpretar a la amante, y Joan, la hipotética amante, lo mantienen en un lío constante. Sus jefes de la CIA recelan de las verdaderas intenciones de Hentman, y Chuck acaba como protagonista de planes y contraplanes urdidos con una lógica circular tan insustancial como irrebatible.

Al final, claro, todos acaban en la luna alfana, tratando de encontrar una salida, cualquier salida, al monumental embrollo.

“Los clanes de la luna alfana” suele considerarse un Dick menor, y tal vez sea cierto (no he leído lo suficiente de su obra para poder refrendarlo o rebatirlo), pero no por ello deja de ser una lectura interesante y muy entretenida. El juego de espejos no se limita a la ficción. En 1964 Phillip K. Dick estaba en proceso de divorcio de su tercera mujer (con la que al parecer mantenía una relación tan tensa como la de los Rittersdorf, y a la que, de hecho, consiguió que ingresaran en un psiquiátrico previniendo que le enviaran a él a otro), trabajando a destajo, a menudo bajo el efecto de estimulantes, pues el reconocimiento crítico (dentro del mundillo de la ciencia ficción) que acababa de conquistar gracias al Hugo de “El hombre en el castillo” no se traducía en mejores condiciones de edición. Por otra parte, se encontraba a diez años del presunto brote psicótico que convertiría su vida en una sucesión de alucinaciones y le sumergiría en el misticismo y la paranoia, por lo que su interés en las alteraciones mentales quizás fuera señal de que empezaba a detectar que algo andaba mal.

Dick utilizó esta novela para mofarse de todo y de todos. Los montajes paranoicos de la CIA ficticia son indistinguibles de los de su contrapartida real (recordemos que se escribió en plena guerra fría, aunque no es que hayamos avanzado mucho desde entonces), y ambos se ven fielmente reflejados en las elucubraciones de los esquizofrénicos paranoides de la luna alfana. Además, según este interesante artículo en la página PKD de Kepler, es posible que Dick, representado claramente por Chuck, estuviera confesándole crípticamente a su mujer infidelidades, al tiempo que tildaba a sus editores de payasos.

A la postre, todos los personajes de “Los clanes de la luna alfana” son unos lunáticos. Juega, por ejemplo, con el concepto de los viajes literales a satélites, ya sean efectivos, deseados o por nacimiento (pongamos, por ejemplo, el caso de Lord Running Clam, que de todos los lugares del universo posibles tenía que ser originario de una luna de Júpiter). Algunos están diagnosticados y otros no, pero nadie se salva… o casi nadie, pero mejor me reservo esta información, que supone la broma final de Dick.

Literariamente, existen otros detalles curiosos, como el típico tratamiento temporal de Dick, que, ante una sucesión aparentemente cronológica de acontecimientos, juega con ir fraccionando sutilmente esta presunta línea entre los distintos capítulos para adelantar hechos, volver atrás para explicar detalles o simultanear acciones y puntos de vista. Además, en una novela en la que buena parte de los personajes alucinan, resulta difícil discernir si lo que se nos cuenta cuando asumimos su punto de vista es físicamente real o producto exclusivo de una mente enferma.

No, enferma no, distinta, o más distinta de lo habitual. La tesis final (un poco emborronada por culpa de todas las neuras autobiográficas que cuela) es que todos tenemos nuestras alteraciones, y que la morbidez viene determinada por encontrarnos a un lado u otro de una arbitraria frontera trazada sobre una distribución continua.

La clasificación de las alteraciones mentales se ha visto profundamente redefinida desde su escritura (los que califica como maniáticos parecen más bien sociópatas, y faltan trastornos como el bipolar), pero la esencia del mensaje sigue vigente, y más allá de la aplicabilidad a la vida personal de Dick, invita a la reflexión sobre nuestra propia sociedad y sobre la salubridad de algunos de los valores sobre los que se asienta y de los supuestos que asumimos como inevitables.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 29, 2010.

3 comentarios to “Los clanes de la luna alfana”

  1. Me gusta un montón este tio.
    Por cierto Sergio, ¿has cambiado de correo?

  2. Recuerde la máxima: no hay un Dick menor.

  3. No sé, no sé. Si no lo hay, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” anda muy, muy cerca.

    Claro que, todo es relativo, un Dick menor supera a veces a las mejores obras de otros autores.

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