Fluyan mis lágrimas, dijo el policía

Tan sólo dos de las cuarenta y pico (una docena larga publicadas póstumamente) novelas de Philip K. Dick han sido reconocidas con algún premio. “El hombre en el castillo” cosechó el Hugo de 1963 y doce años después “Fluyan mis lágrimas, dijo el policía” (“Flow my tears, the policeman said”) se alzó con el John W. Campbell Memorial. Entre medias se despliega su etapa más prolífica y de mayor calidad, encorchetada entre sus inmaduras novelas de juventud y los delirios paranoicos (geniales aún, pero delirios de todos modos) de sus últimos años.

 Flow My Tears, The Policeman Said

La novela, escrita en 1970, fue publicada en 1974, semanas antes de que el autor sufriera la experiencia mística/brote psicótico que condicionaría el resto de su vida. A partir de entonces encontraría paralelismos entre ella y el Libro de los Hechos de los Apóstoles, e incluso con su propia vida. A lo que esto le condujo puede anticiparse en su ensayo de 1975 “Cómo construir un universo que no se desmorone a los dos días” (que da cuenta precisamente de esos supuestos paralelismos) y se puede intentar desentrañar a través de la lectura de “Valis”. Resulta casi apropiado que entre los temas que toca se cuenten la subjetividad de la realidad, las relaciones humanas y el hambre de reconocimiento.

El protagonista casi absoluto es Jason Taverner, un famoso cantante y presentador de trivisión (con una audiencia semanal de treinta millones de espectadores) que cierto día se despierta en la cama de un hotelucho de mala muerte, vestido con un traje elegante y con un fajo de billetes de los gordos en el bolsillo pero sin una triste tarjeta de identificación. El asunto es grave. El mundo en que vive (1988) se ha transformado en un estado policial, con los Estados Unidos sufriendo las consecuencias de una segunda guerra civil, que ha acabado con todos los estudiantes viviendo una situación de alegalidad, atrapados por el ejército en sus universidades sin posibilidad de salir más que para ir derechitos a los campos de trabajos forzados; el mismo destino que le espera a cualquier indocumentado (aunque peor lo tienen los negros, obligados por ley a un único descendiente por pareja).

fluyan-mis-lagrimas

Pronto descubre, sin embargo, que la carencia de acreditaciones no es el mayor de sus problemas, pues nadie parece conocerle ni recordar su programa, o siquiera alguno de los diez discos que ha lanzado en diecinueve años de profesión (el último siendo de hecho el disco de moda del momento). Jason Taverner se ha transformado en un hombre que no existe, salvo quizás en sus propios recuerdos. Ahora bien, ¿Qué son más importantes, sus recuerdos o las vivencias actuales y la opinión de todos cuantos le rodean? O en otras palabras: ¿Qué es real?

En cuanto al policía del título, ése es Felix Buckman, que ostenta el cargo de mariscal, justo por debajo de cinco generales (entre cuyas filas se contaba hasta que su modo de encarar el asunto de las universidades le supuso la degradación). Desde el momento en que el caso de un nombre del que no se tiene registro alguno llega a sus manos, se propone llegar hasta el final y descubrir qué oscuro complot se oculta detrás del inexistente Taverner. Jason, por su parte, no hace sino rebotar de aquí a allá (mayoritariamente de mujer en mujer), vacío de casi todo propósito, pues ni siquiera la autopreservación consigue empujarle más que con cierta desgana.

flow-my-tears,-the-policeman-said-cover

Ahí encontramos otro de los temas de la novela, en la absoluta carestía de lazos emocionales de Taverner, quien incluso tras haber estado con muchas mujeres a lo largo de su vida no ha conseguido establecer una relación significativa con ninguna de ellas. En el mismo libro, el desfile de mujeres es incesante: su actual pareja profesional y sentimental, una joven falsificadora y soplona de la policía, una antigua amante (que, por supuesto, no lo recuerda), la melliza bastante más que un poco inestable del mariscal de policía (el propio Dick tuvo una hermana melliza, que murió a las seis semanas de nacer), una humilde ceramista… Todas ellas hacen tambalear de algún modo sus esquemas mentales. A la postre resulta evidente que, pese a todo su éxito, Jason Taverner es un hombre solitario que nunca ha llegado a experimentar el amor (un tema recurrente en sus conversaciones, incluso con el policía, que le plantea que en su forma más pura es el afecto de un padre hacia su hijo).

Es muy posible que ello refleje la situación del propio Dick, cuyas relaciones con sus cinco mujeres (iba por la cuarta cuando escribió la novela… aunque ya vivía con la quinta cuando se publicó) siempre fueron problemáticas. De igual modo que el anhelo por el éxito desvanecido de Taverner podría compararse con las ambiciones frustradas del escritor, conocido y apreciado por aquel entonces sólo entre los aficionados a la ciencia ficción, a pesar de sus más o menos diecinueve años de profesión.

fluyan_lagrimas

Sea como fuere, el tema central, que termina por recuperar el control de la novela (que por momentos divaga en exceso, todo hay que decirlo), es el de la realidad, entendida como un ente subjetivo, no necesariamente privativa de cada individuo, ni mucho menos inmutable. En su análisis de la misma, Dick vuelve a juguetear con la idea de la percepción alterada por el uso de drogas (ojo, si la realidad subjetiva es percepción, alterar la percepción supone alterar la realidad), e incluso juguetea con conceptos de la física cuántica (examina, aunque no nombra, el Principio de Exclusión de Pauli, así como la interpretación de Copenhague sobre el colapso de la función de onda ante un observador… o lo que es lo mismo, un perceptor).

Curiosamente, para tratarse de una novela de Dick, lo cierto es que cierra sin demasiadas ambigüedades. Ofrece una explicación más o menos cerrada para los acontecimientos, e incluso se permite un epílogo en el que describe sucintamente el destino de los diversos personajes. Es un apéndice significativo. A través de él el autor defiende que, después de todo, tal vez sí que exista una realidad única, un destino (o quizás únicamente un consenso perceptual).

flow-my-tears-the-policeman-said

A un nivel emocional, sin embargo, la conclusión no es tan limpia. La angustia existencial (del policía, no de Taverner, que sigue siendo un personaje hueco en ese aspecto hasta al final) busca redimirse a través de un acto aleatorio de amabilidad (que funciona también en cierto modo como desagravio, idea potenciada por cierta revelación que contradice uno de los detalles del universo alterado). Buckman reflexiona además en torno a que los hombres no lloran por pena, sino para exteriorizar un sentimiento de pérdida. Quizás sea también revelador que en ningún momento Jason Taverner deja caer una lágrima por su popularidad desvanecida, mientras que las únicas vertidas lo sean por un amor, por muy inapropiado que pudiera haber sido, truncado.

“Fluyan mis lágrimas, dijo el policía”, además de alzarse con el John W. Campbell, fue finalista del premio Nebula, en una edición ganada por “Los desposeídos” de Ursula K. Le Guin.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en abril 23, 2013.

2 comentarios to “Fluyan mis lágrimas, dijo el policía”

  1. buena reseña. que buen blog. muy loco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: