Los tres estigmas de Palmer Eldritch

Philip K. Dick, según cómo se coja, puede ser el escritor de ciencia ficción más fascinante que haya existido… o el más frustrante; o ambas valoraciones al unísono. Otros utilizan el género para dar forma a sus ideas. Él lo empleaba para modelar y exteriorizar sus dudas, así que resulta complicado, si no imposible, extraer ningún tipo de conclusión de sus obras. Ahora bien, ideas en bruto a capazos.

Tampoco es que su modus operandi fuera de gran ayuda. Dick pasó toda su vida al borde mismo de la bancarrota, enganchado a todo tipo de alucinógenos durante buena parte de ella, saltando de divorcio en divorcio y bajo la sombra del transtorno mental hacia su ocaso. Se ha comentado a menudo cómo producía sus novelas en furiosas ráfagas creativas, atrapado entre la depresión y las deudas, sin que ninguna de ellas lograra sacarlo del guetto (aunque siempre contó con un reducido aunque entusiasta núcleo de admiradores).

“Los tres estigmas de Palmer Eldritch” (“The three stigmata of Palmer Eldritch”), novela publicada en 1965, es paradigmática de su producción en muchos sentidos. Es también la primera en que aborda cuestiones religiosas en profundidad (aunque casi una década antes ya había jugueteado con nociones gnósticas en una de las realidades alternativas de “Ojo en el cielo”). También resulta, por desgracia, típica en cuanto a la carencia de argumentos cerrados. Es tarea del lector procesar la ingente cantidad de conceptos esbozados (en poco más de 200 páginas), así como buscar una interpretación coherente a los acontecimientos narrados (para lo cual no ayuda la imposibilidad práctica de discernir entre realidad e ilusión; siempre y cuando, para empezar, tenga sentido realizar tal distinción).

La acción arranca hacia mediados del siglo XXI (algo así como un siglo en el futuro respecto al año de publicación). La Tierra se ha recalentado hasta el extremo de imposibilitar la vida al aire libre (salvo en los polos) y el hombre, bajo la dirección de una institución conocida como las Naciones Unidas, mantiene colonias apenas productivas en diversos planetas y satélites del Sistema Solar. La vida en estos enclaves es ardua y falta de estímulos, así que los colonos precisan evadirse, lo que logran mediante una droga (Can-D) y un equipo Perky Pat (ya entraré en detalles sobre él).

El monopolio ejercido por P.P., la empresa que comercializa ambos productos (aunque sólo los equipos de forma legal), se ve amenazado con el retorno de Palmer Eldritch de una expedición de diez años al sistema de Próxima, en donde al parecer ha obtenido una nueva droga (Chew-Z) de propiedades superiores. Por supuesto, el presidente de P.P., Leo Bulero, no está dispuesto a renunciar sin lucha, así que involucra a su principal precognigtor, Barney Mayerson, en una serie de maquinaciones que tienen como fin la derrota de Palmer Eldritch.

El problema surge cuando éste promete la vida eterna a quienes consuman Chew-Z… y parece capacitado para cumplir su promesa, al menos en cierta forma.

Por supuesto, con lo expuesto no empiezo siquiera a plantear la compleja estructura de conflictos, planos de realidad y referencias de la novela. Sólo con la descripción de ese abrasador mundo futuro y de las complejidades de una guerra comercial apoyada por precognigtores cualquier otro escritor hubiera tenido suficiente para toda una saga. No así Dick, que empieza a acumular especulaciones y explorar conceptos a un ritmo frenético, encadenando escenas con una lógica interna a menudo contraintuitiva.

Una de las ideas perfiladas, por ejemplo, tiene que ver con los equipos Perky Pat:

La susodicha es una muñeca tipo Barbie, con su novio perfecto (Walt), su casita provista de mil complementos, su guardarropa para toda ocasión, su coche deportivo… A través del consumo de Can-D, los colonos acceden al mundo ilusorio de Perky Pat (situado en un impreciso 1950), se encarnan en ella (las mujeres; los hombres se revisten de Walt) y disfrutan de esa realidad ilusoria. Para mejorar la experiencia, por supuesto, industrias P.P. les anima a adquirir nuevos complementos, con los que diseñar una ficción a medida.

La obvia metáfora/denuncia de la felicidad consumista salta a la vista, pero por debajo hay mucho más. La experiencia inducida por Can-D tiene connotaciones religiosas, por lo que la sumisión infantil de los colonos adquiere nuevas resonancias filosóficas, que no hacen sino ramificarse a medida que entran en escena paralelismos teológicos. Así tendríamos el retorno al paraíso perdido (la antigua vida en la Tierra) a través de un ritual que tiene mucho de eucarístico. O la recreación del misterio de la santa trinidad (como sólo hay una Pat y un Walt, mujeres y hombres, en número de tres cada género en la colonía que se nos muestra, comparten un mismo cuerpo) o la transubstanciación (con diversas corrientes teológicas entre los colonos sobre la realidad física del mundo al que son trasladados por efecto de la droga).

Dick se muestra particularmente fascinado por diversos misterios de la iglesia católica, que trata de abordar a su manera (sin llegar a establecer explícitamente los paralelismos, como tratando de examinar la esencia primigenia de dichos conceptos). Así pues, en el arco dramático de Mayerson cobra especial importancia la expiación, quedando también espacio para echar un vistazo al espíritu (aunque en la traducción se pierda algo, pues Dick utiliza el término más arcaico de “ghost”, que queda transcrito como “fantasma”).

A la postre, se filtran en la historia interpretaciones gnósticas, que identifican a Palmer Eldritch (o al ente que ha tomado posesión de él) con el Demiurgo, la deidad creadora, material y por tanto de naturaleza maligna, que a través del Chew-Z pretende perpetuarse (es decir, convertir a toda la humanidad en hijos suyos). El consumo de esta droga derriba las fronteras entre realidad e ilusión y contamina a quien la prueba con parte de la esencia de Eldritch (lo cual se pone de manifiesto a través de la materialización de los estigmas: su brazo artificial, sus dientes metálicos y sus ojos biónicos).  Una vez más, tampoco resulta difícil equiparar esta mácula con el concepto del pecado original.

Todo esto y más (no ha habido ocasión de tratar la terapia evolucionadora, por ejemplo) convierte “Los tres estigmas de Palmer Eldritch” en una obra densa y alambicada. Por añadidura, como apuntaba al principio, la ausencia de conclusiones satisfactorias de cualquier tipo (incluso la resolución queda abierta a diversos futuros posibles, algunos de ellos contradictorios, esbozados a lo largo de la historia) supone un serio obstáculo que no todos los lectores estarán dispuestos a salvar (con la sospecha añadida de que detrás tan sólo aguarda un precipio sin fondo).

La novela es como un castillo de fuegos artificiales. Cada idea estalla en el cielo y deslumbra la noche con colores chispeantes. Al terminar el espectáculo, sin embargo, no queda salvo una nube de humo que la brisa dispersa con parsimonia. Por supuesto, no seré yo quien afirme que sólo por eso la experiencia no haya valido la pena.

Esta obra fue finalista en la primera edición de los premios Nebula, en 1965 (junto con otros once títulos, incluyendo “Dr. Bloodmoney”, del mismo autor, y “Dune“, la ganadora final).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 27, 2011.

10 comentarios to “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”

  1. Dick es fascinante. Esta novela es de las buenas, pero hasta las más flojas merecen ser leídas. Toda su obra es apabullante.

  2. Hay que leerlo… ¡Pero poquito a poco, que hay que vigilar las sobredosis!

  3. […] reseñas publicadas en Rescepto Indablog: La balada de Beta-2, En la ciudad oscura y Los tres estigmas de Palmer Eldritch. […]

  4. Por ahora solo he leido un libro de Dick, Aqui yace el wub, su primer recopilatorio de relatos, y me gusto bastante, pero por lo que tengo entendido sus novelas y puede que tambien algunos relatos posteriores son bastante mas experimentales y lisergicos, que novela puede ser mas asequible para empezar a leerle? o me aconsejas que siga con los relatos?

  5. Los relatos de Dick suelen ser buenos (sacaron un recopilatorio a raíz de “Minority Report” muy bueno, con relatos como “La hormiga eléctrica”, “Segunda variedad” o “Podemos recordarlo todo por usted”, además del titular), pero donde realmente se aprecia su talento es en las novelas. Las últimas son un poco desquiciadas, pero cualquier otra supone una aproximación igual de apropiada (o inapropiada). Yo me limitaría a desaconsejar empezar con “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, que pese a la fama conseguida con “Blade Runner” es de las más flojas, o con “Ubik”, que es bastante durilla.

    Entre lo que he leído (no lo suficiente), propondría “El hombre en el castillo” (quizás su obra más asequible) u “Ojo en el cielo” (una paranoia sobre la subjetividad de la realidad). De todas formas, cualquier título puede dar una idea bastante aproximada sobre su ficción.

  6. Muy buena tu reseña sobre este libro. Lo acabé ayer y lo he disfrutado mucho. Reconozco que en mi manera de leer a Dick hay un antes y un después de leer su biografía de Carrere. Ya no me desconcierta tanto como cuando lo leí por primera vez.

    • Gracias. Como comento en algún lugar, lo de Dick tiene que ser un gusto adquirido. De buenas a primeras desconcierta, pero una vez le tienes medio tomada la medida (del todo sospecho que es imposible) resulta fascinante.

  7. Yo lo descubrí en el instituto con Ubik, y fue amor a primera vista. Sí que la recomiendaría como primera lectura. Los relatos, cuanto más cortos, más convencionales y menos dickianos, a mi entender.

    • Tengo que releer “Ubik”. Estoy convencido de que cuando lo hice por primera vez no estaba preparado para Dick y su “lógica”.

      Es cierto que la esencia de Dick está en las novelas, en las que puede trabajar a varios niveles, pero también hay cuentos cortos muy representativos de sus ideas, como por ejemplo “La hormiga eléctrica”. Para introducirse en el autor, tal vez vaya bien una primera toma de contacto con la relativa simplicidad de sus cuentos.

  8. […] Dick empleaba este recurso también en numerosas ocasiones. El caso más obvio es el de “Su cita será ayer”, un relato claramente superior a su prolongación, El mundo contra reloj, que quizá sea su peor novela (al menos de las publicadas). Un caso opuesto bien conocido lo encontramos en “Los días de Perky Pat”, afortunada génesis de Los tres estigmas de Palmer Eldritch. […]

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