Los simulacros (Simulacra)

Entre 1963 y 1964 Philip K. Dick escribió once novelas (que en su mayor parte se publicarían entre 1963 y 1967). Fue, de lejos, su etapa más creativa (o cuando menos, productiva). También fue una época turbulenta en lo personal, en medio de una difícil relación con su tercera mujer, agobiado por la paternidad reciente, con sus sueños de romper la barrera del gueto rotos (en enero de 1963 su agente le devolvió, sin haber conseguido colocarlas, todas sus novelas mainstream, algunas de las cuales fueron publicadas póstumamente, aunque otras tres se perdieron para siempre) y puntuado por su mayor éxito dentro del género: el Hugo concedido a “El hombre en el castillo” en 1963.

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A la postre, aquél sería el único Hugo que conseguiría (más que Nebulas, pese a sus cinco nominaciones), y lo que es peor, se tropezó con otra barrera infranqueable, la de las bajas ventas y las ediciones baratas (en paperback), lo que posiblemente puso punto final a aquel bienio de actividad febril. El caso es que de toda aquella producción, tan sólo suelen destacarse dos novelas: “Dr. Bloodmoney” y “Los tres estigmas de Palmer Eldritch“, siendo el resto considerados “Dicks menores”. Claro que un Dick menor es a menudo más satisfactorio que muchas obras cumbres de otros autores.

“Los simulacros” (“The simulacra”, 1964) posee una estructura muy dickiana, con  varios personajes principales y tramas que se entrecruzan (no siempre desde una perspectiva espacio-temporal literal). También, como la inmensa mayoría de sus novelas, podría considerarse una distopía en toda regla (de carácter fuertemente político, lo cual, hasta donde le he leído, es bastante novedoso en su bibliografía). Por lo demás, encontramos en la novela un batiburrillo de elementos que nos recuerdan poderosamente a otras obras del autor, desde la necesidad de emigrar (a Marte), los dobles robóticos, la presión social, la influencia alemana en EE.UU., las psicosis (como conflictos psicológicos), la enfermedad mental y las relaciones de pareja tóxicas.

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El eje central de la historia se apoya en la instauración de un matriarcado perpetuo, sostenido en la popularidad de una Primera Dama (basada evidentemente en Jackie Kennedy) apoyada por el monopolístico Partido Demócrata-Republicano. Cada cuatro años se celebran unos comicios para “elegir” al presidente (cuya función es poco más que simbólica), e incluso eso está amañado, porque sin que lo sepa la amplia masa de norteamericanos, los Ges (es un secreto compartido por unos pocos elegidos, los Bes), “der Alte”, como se le conoce (en referencia a Konrad Adenauer, primer canciller de la República Federal de Alemania), es en realidad un simulacro robótico.

Los Estados Unidos de Europa y América (por la ampliación de la Unión a Alemania en algún momento del pasado) son a efectos prácticos una dictadura, sustentada a medias en un proceso seudodemocrático (que incluso obvia el fingimiento de un bipartidismo) y a medias en el culto a la personalidad de la Primera Dama, Nicole (cuya principal función consiste en proporcionar entretenimientos ligeros a la población… y pasar por propias las directrices de un consejo gobernante secreto).

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Sobre este armazón central se van solapando subtramas, como la de Chic Strikerock, empeñado en llegar a tocar su versión en jarras musicales de composiciones clásicas enfrente de Nicole, en compañía de Loony Luke, gerente de un concesionario ilegal de naves espaciales para colonizar Marte (y huir así del control de los EUEA). Para complicar las cosas, Chic se lía con la ex-mujer de su hermano Vince, que vive en su mismo edificio (la base de la sociedad futura); ambos además trabajan en el ramo de la construcción de simulacros, aunque en empresas de muy diverso tamaño.

O la del pianista telequinético (porque, para empezar, no tiene manos), Richard Kongrosian, en plena crisis psicótica, que busca bien la ayuda de Egon Superb, el último psicoanalista al que se permite ejercer, bien de A. G. Chemie, la mayor productora de psicofármacos de la nación (mientras el sufre su episodio, un equipo de grabación acude a su casa y acaba registrando los cantos de un grupo de “especiales”, una involución provocada por la radición hacia formas neandertales).

O la de Bertold Goltz, un alborotador neofascista, y aun así menos extremista que los miembros del gobierno que pretenden alterar el pasado, ofreciéndole ayuda militar del futuro a Hermann Goering para que salve el Tercer Reich (aunque arrebatándole la dirección a Hitler). Todo ello con el objetivo supuesto de limitar la influencia que una Alemania derrotada ha llegado a ejercer sobre los EE.UU. Claro que ello no es del agrado de todos, y hay un agente, Bertold Goltz, que emplea el sistema de control temporal von Lessinger (que permite el viaje al pasado y predecir el futuro en un abanico de probabilidad) para boicotearlo todo.

Sí, todo eso (y más) en menos de 190 páginas.

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Así son las novelas de Philip K. Dick: un alud de ideas, que no se molesta en exponer sistemáticamente para deleite del lector. En vez de ello, nos lanza de pleno en un mundo con spam persistente de verdad, antiguas criaturas marcianas telempáticas (ya extintas), reuniones de vecinos obligatorias para conservar el derecho de residencia y sistemas de grabación bioelectrónicos (con un moho de Ganímedes).

El caso es que “Lo simulacros” hubiera podido convertirse en una de las grandes novelas de Dick. Hay en su interior ideas muy poderosas, y su especulación política es casi presciente, con su visión irónica de un futuro postdemocrático que señala con precisión quirúrgica las debilidades de nuestro presente. Su problema es que cuando llega la hora de ir cerrando tramas (tampoco en exceso, que parte del atractivo de sus novelas reside precisamente en las explicaciones abiertas)… simplemente acaba, dejando con una intensa sensación de lectura interruptus.

Quizás las circunstancias actuaron en su contra. Su crítica, apenas disimulada, a la superficialidad de la machacona influencia popular de Jackie Kennedy debió de verse como de mal gusto tras el asesinato de JFK a finales de 1963. E incluso para cuando se publicó el libro en 1964, el auténtico “der Alte” (“el Viejo”) se había jubilado, convirtiendo un referente contemporáneo en algo del pasado (lo cual es casi lo peor que le puede pasar a una novela de ciencia ficción).

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El que Philip K. Dick reciclara (y ampliara) sin pudor algunas de estas ideas en libros posteriores (desde “Los clanes de la luna alfana” a “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?“), tampoco ha debido ser muy beneficioso para su legado.

Pese a todo, “Los simulacros” es un viaje fascinante. Mucho más directo que la típica paranoia dickiana y con reflexiones muy perspicaces sobre las sucias bambalinas del mundo de la política (en donde el auténtico simulacro reside en la supuesta representatividad de los cargos electos).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 21, 2015.

3 comentarios to “Los simulacros (Simulacra)”

  1. Como curiosidad que tengo bien fresca, ‘Una actuación novedosa’, uno de los relatos cortos incluídos en el volumen 4 de los cuentos completos de Dick, se incluye directamente y con ligeras modificaciones en esta novela (bueno, siendo justos esta última afirmación es un poco arriesgada considerando los años que hace que leí ‘Simulacra’). Se trata de la subtrama de Chic Strikerock tocando las jarras musicales acompañado de su hermano delante de la primera dama. Los grandes bloques de apartamentos, el concesionario ilegal de naves espaciales, esa especie de muñeco de peluche telepático imitación de una especie marciana extinta que se usa para convencer a los clientes, todo todo todo tal cual.

    • En realidad fue al revés. “Novelty act” se escribió primero, y fue la semilla de “Los simulacros” (“First Lady of Earth” originalmente). Es algo que Dick hacía a veces (una práctica habitual, por otro lado). Otro ejemplo de aquella época sería “Los días de Perky Pat”, cuyas ideas acabaron integradas en “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”.

      • Doy por hecho que si ‘Una actuación novedosa’ se incluye casi palabra por palabra en ‘Simulacra’ es porque en su formato de relato, se había escrito antes que la novela. Siento si no me he sabido explicar con claridad.

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