Lo que el tiempo se llevó

Ward Moore es un autor de ciencia ficción atípico. Tan sólo publicó cuatro novelas, dos de ellas en colaboración con otros escritores, y sin embargo se las apañó para dejar una huella profunda en el género. Su época más prolífica fueron los años cincuenta, ese extraño interregno entre la Edad de Oro y la New Wave, durante el que aparecieron numerosos autores magníficos que, salvo honrosas excepciones, jamás consiguieron asentarse. E incluso entre este curioso grupo (Theodore Sturgeon, Algis Budrys, Kurt Vonnegut, Walter M. Miller, Philip K. Dick…), Ward Moore destaca por ser el más alejado de los temas y tópicos de la ciencia ficción, hasta el punto de que sus novelas no se veían necesariamente clasificadas de partida dentro del gueto. Pese a este distanciamiento, es irónicamente por su mediación que hoy en día consideramos la ucronía como un subgénero de la ciencia ficción. Todo gracias a su segunda novela, “Lo que el tiempo se llevó” (“Bring the jubilee”, 1953).

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La historia está narrada por un joven, Hodge Backmaker, nacido en unos empobrecidos Estados Unidos de 1921, que sólo comprenden algunos de los antiguos estados de la Unión, el bando perdedor de la Guerra Civil Americana (conocida como Guerra de Independencia Sureña). Los estados confederados, por su parte, se han expandido hacia el sur y dominan ahora toda centro y sudamérica (salvo Haiti, que es un estado independiente y Cuba, parte todavía del Imperio Español). El atraso cultural, económico y tecnológico está profundamente arraigado en un espíritu derrotista, que atenaza a la mayor parte de la población, con apenas unas pocas bandas organizadas de resistencia (mafiosas más que paramilitares).

Hodge nos narra su vida desde más o menos los diecisiete años, cuando decide marchar de una casa sin amor a buscarse la vida en Nueva York, con vagos sueños de emprender una improbable carrera universitaria. Al final, acaba de dependiente durante seis años en una librería regentada por un cínico colaboracionista con esa resistencia. A lo largo de estos episodios, Moore nos presenta la realidad cotidiana de los Estados Unidos, con sus trabajadores, atados en su mayor parte de por vida a una suerte de esclavitud económica (los contratos), un bipartidismo (whigs contra populistas) que poco o nada hace por la gente y un arraigado racismo, que ha provocado la expulsión de la mayor parte de los negros de lo Estados Unidos (mientras que en los estados confederados, aunque no tardó en abolirse la esclavituda  instancias del presidente Lee, todos los no blancos, incluyendo los amerindios, siguen siendo ciudadanos de segunda). En el panorama internacional, el mundo está mayoritariamente repartido entre una serie de grandes imperios, con una guerra asomando en el horizonte (en la que, presuntamente, los Estados Unidos y los Estados Confederados se encontrarán en bandos opuestos).

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La suerte de Hodge parece cambiar cuando recibe la invitación a unírseles de un grupo atípico de estudiosos, que conforman una especie de comuna llamada Haggershaven, donde podrá llevar a efecto su ambición de convertirse en historiador, especializándose en todo lo referente a la Guerra de Independencia Sureña.

Las cosas se complican cuando una de las residentes, Barbara Haggerwells, con una complicada relación sentimental con Hodge (que involucra también a una joven española, salvada por éste de un asalto), aplica sus adelantos en física teórica a la creación de una máquina del tiempo. La tentanción de contemplar con sus propios ojos la decisiva victoria del general Lee en Gettysburg es demasiado grande… aunque es vagamente consciente de que el viaje en el tiempo puede entrañar peligros demasiado graves como para arriegarse a cambiar, aunque sea mínimamente, la historia.

A lo largo de la novela, Moore se centra sobre todo en narrar la vida de Hodge, dejando en segundo plano, aunque siempre presente, la realidad alternativa en que vive. De hecho, varios de los episodios tienen su reflejo en las propias experiencias del autor (que también regentó una librería), aunque claro, es un reflejo ligeramente distorsionado (lo cual no impide que podamos ver representados en sus críticas a whigs y populistas a republicanos y demócratas, por ejemplo).

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La trama se sustenta en parte en reflexiones (superficiales pero insistentes) sobre la naturaleza del tiempo, el determinismo o la moralidad de una acción (o una inacción). Hodge, en parte, escoge su especialidad porque prefiere observar a actuar, y queda implícito que esa postura es insostenible, y que tarde o temprano el observador se ve involucrado en lo que contempla, y que incluso el no hacer nada tiene consecuencias.

Eso sí, Ward Moore no permite en ningún momento que los grandes temas le arrebaten el control de la narración. En ese sentido, pone mucho cuidado en que sus personajes asuman siempre el protagonismo narrativo. “Lo que el tiempo se llevó” no pierde de vista que es una obra literaria antes que una historia de ciencia ficción, lo que la hace mucho más actual que buena parte de la producción de género de su época. Desde luego, su forma de abordar lo que hoy en día conocemos como ucronía se mostró tremendamente influyente. Dos años después, sin ir más lejos, Poul Anderson comenzó a publicar sus historias de la Patrulla del Tiempo (encargada de evitar cambios temporales como el ocasionado inadvertidamente por Hodge) o “El fin de la eternidad“, de Isaac Asimov.

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En cuanto a la inspiración para Moore, cabría mencionar un puñado de obras menores precedentes, como el cuento “Sidewise in time” de Murray Leinster (1935), que menciona de pasada una Norteamérica alternativa en la que el sur ganó la Guerra Civil, o el ensayo del mismísimo Wiston Churchill “If Lee had not won de battle of Gettysburg”, publicado en una antología de 1931 (“If it had happened otherwise”), en la que un historiador de un mundo en el que ganó el sur especula sobre cómo podría ser una realidad alternativa en la que el norte hubiera sido el triunfador.

Con el correr de los años, ese escenario se convertiría en el segundo más popular entre los cultivadores de la ucronía (con especial mención a Harry Turtledove, especializado en ucronías, autor de la serie de once novelas Southern Victory), sólo por detrás de qué hubiera sucedido si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial (con títulos como “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick o “Patria” de Thomas Harris).

“Lo que el tiempo se llevó” resulta una novela bastante más literaria de lo que quizás cabría esperar. No se justifica en su premisa novedosa para descuidar el estilo, sino que busca ante todo contar una historia coherente (intentando no meterse en demasiados berenjenales temporales, que lo de las paradojas apenas había empezado a tratarse, con cuentos como “El ruido de un trueno” de Ray Bradbury el año anterior). Tal vez retrase demasiado la resolución (que ya no resulta tan chocante como en su día), dejando un tramo central un poco lento, pero es un pequeño precio a pagar por la elegancia con que presenta sus tesis.

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Lo que sí podría echársele quizás en cara es la excesiva importancia que otorga en el plano internacional al resultado de la Guerra Civil Americana (sobre todo en los años previos a la irrupción como superpotencia global de los Estados Unidos). Que tanto (o tan poco, según se mire, pues Moore se limita a extender el colonialismo hasta al menos 1952) dependa del resultado de una batalla en un país joven, o especular con que los Estados Confederados, que carecían de industria, hubieran podido por sí solos conquistar toda Sudamérica, resulta un tanto inverosímil, pero bueno, tampoco es algo que influya en exceso en la trama.

“Lo que el tiempo se llevó” es una obra que se mantiene sorprendentemente actual y, más allá de la peculiaridad de constituir un modelo para la mayor parte de ucronías que siguieron, sigue siendo capaz de proporcionar muy buenos momentos por sus méritos intrínsecos. Es posible que Ward Moore no fuera un escritor prolífico, pero se las arregló para que sus contribuciones al género fueran en verdad significativas.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 15, 2017.

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