Odisea

La carrera de Jack McDevitt tuvo un despegue tardío, con su primera novela publicada a los cincuenta y un años, pero desde entonces ha gozado de una popularidad inusitada y del respeto de sus colegas, hasta el punto de que la mitad de sus veinticuatro novelas han sido candidatas al premio Nebula (un récord de doce obras, auque con premio únicamente para “Última misión: Margolia”, de 2005).

La verdad es que se me antojan nos reconocimientos excesivos, dado el clasicismo sin riesgo ni innovación alguna de su trabajo, y sobre todo habiendo coincidido en el tiempo con una época dorada de la space opera (su género), con una ingente cantidad de propuestas provinientes del Reino Unido o Canadá. Como ejemplo de todo ello, baste con considerar “Odisea” (“Odyssey”, 2006), cómo no, candidata al premio Nebula en 2008.

“Odisea” pertenece a la segunda gran serie de McDevitt, tras la del arqueólogo Alex Benedict, que recibe diversos nombres, como la serie de la Academia, la de Priscilla “Hutch” Hutchins o, en honor al primer título (de 1994), el universo de las Máquinas de Dios. Es la novela número cinco de un total hasta el momento de ocho, y nos presenta un escenario del siglo XXIII en el que la exploración espacial, pese a haberse solucionado el problema de los viajes superlumínicos, se encuentra crónicamente al borde del abandono, ante los más acuciantes problemas domésticos. La Academia (una especie de NASA del futuro) es la encargada de gestionar los recursos y programar las exploraciones, pero cada vez lo tiene más difícil, y en este punto Hutch (Priscilla Hutchins) ha dejado atrás sus años de piloto y ocupa la subdirección de la organización.

La trama da inicio con el cada vez más habitual avistamiento de unas luces extrañas en el espacio profundo que asemejan naves en formación y que reciben el nombre de Jinetes Lunares (aunque son, en todo menos en nombre, típicos OVNIS). Este fenómeno inexplicable, máxime cuando en todos los años de exploración del espacio la humanidad no se ha encontrado nunca con otra raza tecnológica (aunque sí con misteriosos monumentos abandonados), es visto como una oportunidad por quienes desean reavivar el interés por el espacio, así que se organiza una misión con el objetivo de recabar pruebas irrefutables de la existencia de los jinetes lunares, en la que participan una de las pilotos de la Adademia, un responsable de comunicación de la misma, el famoso y polémico periodista Gregory MacCallister y una joven de catorce años, hija de un senador.

Como subtramas paralelas, tenemos el juicio a un hombre acusado de atacar a un sacerdote en represalia por inculcarle de pequeño el temor por el infierno y la construcción a diecinueve años luz de la Tierra de un hipercolisionador de partículas (cuya activación podría conllevar una posibilidad minúscula pero no nula de desgarrar el propio tejido del espacio-tiempo). Con todo ello, McDevitt crea una historia en la que resuenan en exceso polémicas de su propio tiempo, con una ambientación futurista tan, tan tenue que de no existir las naves espaciales y las inteligencias artificiales, casi podría estar teniendo lugar en nuestra época.

Esa es la gran debilidad de “Omega”. Se supone que nos presenta hechos de dentro de doscientos y pico años, pero todo, absolutamente todo, se percibe como una no muy hábil traslación de conflictos contemporáneos (la infrafinanciación de la Academia no tiene sentido en un universo como el de la serie en el que existen las terribles nubes Omega, amenazando con destruir cualquier vida con la que tropiecen, de modo que solo puede entenderse como un reflejo torpe de la situación actual de la NASA). Si a ello le añadimos cierta torpeza narrativa, con personajes terriblemente estereotipados (Gregory MacCallister merece espacio aparte, pues es un intento no muy acertado de replicar un personaje estilo Jack Barron, aunque más que incisivo, se percibe cínico y creidillo a partes iguales y superlativas) y una trama cuyos giros se ven venir a años luz de distancia… En fin, que queda muy poco para justificar un honor tan destacado como es una nominación al Nebula.

Sí, es cierto que el objetivo de la ciencia ficción no es predecir el futuro, sino explorar los problemas del presente a través de su proyección hacia un futuro más o menos verosímil pero aun así ficticio, pero esto debe lograrse a través de la metáfora, un subtexto que reconocemos bajo ropajes nuevos (y, a ser posible, atractivos). Si tomamos un problema actual y lo situamos sin más en un contexto tecnológico diferente, lo más normal es que se perciba como una intrusión anacrónica, que rompe la necesaria suspensión de la incredulidad. No basta con llamar “jinetes lunares” a los “ovnis”, ni con unir los EE.UU. y Canadá en una única nación, pero sin cambiar en modo alguno la política. Simplemente, el mundo de “Odisea” se desmenuza a poco que se haga el intento de comprobar su solidez.

Añadiéndole a esto la escasa cohesión entre las distintas subtramas de la obra (la del juicio, sinceramente, no pinta nada en todo el proceso), y que todo se sustenta en una coincidencia poco creíble y en una escena absurdamente manipulada para crear tensión en donde hubiera podido no existir nada, tenemos una obra que difícilmente justifica su distinción, incluso en un año no demasiado productivo en cuanto a obras de ciencia ficció (en el que, sin embargo, vieron la luz títulos como “El sueño del androide” o “Las brigadas fantasma” de John Scalzi, “Sol de soles” de Karl Schroeder o, sobre todo, “Visión ciega” de Peter Watts, por mencionar solo aquellos temáticamente cercanos a “Odisea”; ignorados todos ellos por la SFWA).

No quiero, sin embargo, cargar demasiado las tintas sobre la cuestión de la nominación. Incluso prescindiendo de ella, “Odisea” seguiría siendo una obra de ciencia ficción ramplona, con la simplicidad temática de las obras clásicas aunque con una longitud moderna que pone todavía más de manifiesto su carencia de ideas y la sutileza de un martillo en la presentación de su subtexto. Absolutamente prescindible.

El año en que se nominó “Odisea” (el segundo y último en que era elegible de acuerdo con las normas del galardón), el premio Nebula acabó obteniéndolo Michael Chabon por “El sindicato de policia yiddish“, mientras que el John W. Campbell Memorial, para el que también cosechó nominación (esta vez en su año), fue para la marginalmente menos carca “Titán“, de Ben Bova.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en enero 7, 2019.

2 comentarios to “Odisea”

  1. Sí, es cierto que el objetivo de la ciencia ficción no es predecir el futuro, sino explorar los problemas del presente a través de su proyección hacia un futuro más o menos verosímil pero aun así ficticio.

    No; esa opinión es dogmática y reduccionista.

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