Seeker (Última misión Margolia)

Sorprendentemente, el autor con más novelas nominadas al premio Nebula es Jack McDevitt, con doce de sus títulos (uno de cada dos) habiendo sido encontrados merecedores de dicha distinción. Solo Gene Wolfe (10) y Robert Silverberg (9) se le acercan siquiera. Pese a ello (al igual que con los otros dos), solo en una ocasión (por ahora, e incluyendo también las cuatro nominaciones en otras categorías) ha logrado conquistar el galardón. Fue en 2007, por “Última misión Margolia” (“Seeker”, 2005), la tercera novela de la serie del arqueólogo Alex Benedict, iniciada en 1989 con “Un talento para la guerra” (aunque no fue sino quince años después cuando apareció la segunda, “Polaris”).

Lo cierto es que me resulta difícil explicar tanto este premio en concreto como la inusitada querencia de los votantes del Nebula por McDevitt, que no deja de ser un autor de space opera clasicota y carente por completo de riesgo o innovación. Tal vez tenga que ver con que sus novelas son lo más parecido en ciencia ficción al bestseller procedimental, o quizás sea porque, en medio de ficciones que dan vértigo (con el singularitarismo cobrando cada vez más relevancia), las novelas de McDevitt parecen constituir una promesa de estabilidad, con sus futuros lejanos una versión apenas aderezada con tal o cual tecnología puntual de la vida de la clase media-alta estadounidense.

Eso mismo nos encontramos con “Seeker” (utilizaré el título original, que es más corto). Teóricamente se ambienta en una civilización diez mil años en el futuro de la nuestra, pero de no ser por la existencia de viajes ultralumínicos, inteligencias artificiales y hologramas, bien podría desarrollarse todo pasado mañana, y la excusa de que se llega allí a través de períodos de auge y caída no es muy válida, ya que eso no termina de explicar la absoluta identidad cultural. El futuro de McDevitt, básicamente, viene a tranquilizarnos con la promesa implícita de que, cuando todo termine de asentarse, los cambios habrán sido poco importantes o nulos. Tal vez eso baste para hacerlo destacar en medio de quienes se empeñan en restregarnos la vigente crisis de cambio por las narices.

La novela se inicia, como de costumbre, con un enigma histórico, al llegar para su tasación a las oficinas de la compañía de Benedict una copa de nueve mil años de antigüedad, que además, por las inscripciones que presenta, podría estar relacionada con uno de los mayores misterios de todos los tiempos: la desaparición de uno de los primeros grandes intentos de colonización interestelar, la expedición de los margolianos, huyendo del por entonces autoritario gobierno teocrático terrestre.

El principal atractivo de “Seeker” reside sin duda en su enfoque, al examinar nuestro futuro desde la óptica y con la herramientas de la historiografía. Así, nos lleva a ir desvelando un episodio que si bien para los contemporáneos de la novela (sobre todo la narradora, Chase Kolpath, un personaje en principio secundario que se erige en realidad en protagonista de la historia) es historia lejana, se encuentra todavía a mil años en el futuro para nosotros. Eso sí, sus métodos no son muy… laboriosos. Básicamente se trata de ir pidiéndole a una inteligencia artificial que analice tal o cual dato, con ocasionales viajes para recabar datos in situ (viajes que en ningún caso superan los cuatro días de duración, en virtud de los nuevos impulsores de salto, descubiertos por Benedict en “Un talento para la guerra”). Hacía falta aderezar la historia de algún modo, y por ello Benedict y Kolpath son objetivo de los atentados contra su vida de rigor en la serie, al tiempo que se despliega de fondo una minipolémica sobre si lo que hacen (ellos y otras empresas competidoras) es arqueología o expolio.

Lo cierto es que McDevitt logra presentar de un modo atractivo los grandes temas de la novela, e incluso apunta a una sublectura interesante, al equiparar la fascinación por la colonia perdida de Margolia con mitos de nuestro pasado como el de la Atlántida. También reviste interés la visita de Chase al territorio alienígena de los ashiyyur (aunque la insistencia por pintar la repulsión mutua como un instinto insuperable tiene cierto tufillo xenófobo), si bien a la postre todo se soluciona conectando un pendrive a un puerto USB… o los equivalentes exactamente iguales de la tecnología de dentro de 90 siglos. Ese es el gran problema, que la familiaridad acaba por matar cualquier atisbo de exotismo, y cuando todo resulta tan culturalmente monolítico y tan poco exótico, y por ende la “investigación” se ve reducida a ir de A a B para encajar determinada pieza de información de la que nada sabíamos hasta que Alex Benedict se la saca de la manga… Digamos que para ese viaje no hacían falta tantas alforjas (o, traducido, que si lo mismo se nos hubiera contado en una novela corta, hubiera resultado hasta atractivo, pero extendido por toda una novela resulta cansino y reiterativo).

Lo que más he acabado por lamentar es la absoluta ausencia de progreso social, cultural y casi tecnológico. McDevitt, al parecer, considera la sociedad de clase media-alta estadounidense el sumun de la perfección, de modo que por mucho que se sucedan las épocas oscuras, los totalitarismos despóticos o las guerras, todo acaba regresando de forma natural al redil (e incluso esboza una tesis a favor del capitalismo económico, contrapuesto de forma harto maniquea al control estatal de la investigación). Ese inmovilismo golpea a la novela directamente en su línea de flotación, haciendo que la perspectiva histórica pierda gran parte de su atractivo. No resulta creíble que una sociedad de la que nos separan tantos milenios como de la revolución neolítica se presente tan condenadamente familiar.

¿Por qué entonces resulta tan atractiva para, al menos, los votantes estadounidenses? Debe de ser por su cualidad confortadora. En cierto modo, minimiza el impacto de cualquier cambio futuro. ¿Singularidad tecnológica? ¿Inteligencia artificial? ¿Extremismos religiosos? No hay de qué preocuparse, el futuro se extiende como un interminable remanso de ineltarabilidad. Tendemos a considerar la ciencia ficción como una literatura progresista, que trata de analizar e incluso adelantarse al cambio. La ficción de Jack McDevitt, sin embargo, es tan conservadora y clásica como los temas mismos que trata. Inofensiva (y aburrida) como un estanque donde jugar con barquitos de plástico cuando podríamos estar lanzándonos a explorar el océano.

La serie de Alex Benedict se ha visto continuada por, hasta el momento, otros cinco libros (dos de los cuales, por cumplir con la media, han sido nominados al Nebula), ninguno de los cuales ha sido traducido al español. Aquel mismo año, el Hugo sí que reconoció dos novelas en las antípodas de esta aproximación inmovilista: “Al final del arco iris“, de Vernor Vinge (la ganadora), y “Visión ciega“, de Peter Watts (que los Nebula, por cierto, ignoraron por completo).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en diciembre 10, 2019.

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