Titán (Ben Bova)

Ben Bova es uno de los grandes nombres de la ciencia ficción estadounidense, sobre todo por su labor como editor al frente de Analog, puesto que ocupó con la nada envidiable tarea de meterse en los zapatos del recién fallecido John W. Campbell y que en los años setenta le reportó seis premios Hugo casi consecutivos.

Aparte de esta labor, que es quizás la más conocida en España, es también autor de más de un centenar de novelas, que podrían encuadrarse en la corriente más clásica de la ciencia ficción, y buena parte de su labor literaria de las tres últimas décadas se ha visto dedicada a un megaproyecto que recibe el título genérico de “El gran tour”, veinticuatro novelas hasta la fecha, que describen una historia futura del Sistema Solar, dentro de unos ochenta años (eran cien cuando empezó), en que en medio de profundos cambios sociales y políticos el ser humano se ha expandido por entre los planetas y satélites de nuestro sistema estelar (descubriendo, de paso, vida por doquier).

Aunque son novelas relativamente independientes, el escenario sirve como una especie de elemento aglutinador y hay referencias cruzadas y personajes recurrentes. También existen miniciclos, y a uno de ellos corresponde “Titán” (“Titan”, 2006), como secuela más o menos directa de “Saturn” (2003), narrando las experiencias de diez mil colonos en la estación espacial más lejana del sistema, el Hábitat Goddard, en órbita en torno a Saturno. Los habitantes de la colonia son, en su mayor parte, inadaptados exiliados por los gobiernos totalitarios y teocráticos de la Tierra, a los que acompañan unos pocos centenares de científicos, cuya misión consiste en incrementar el acerbo de conocimientos de la raza humana.

Mientras que “Saturn” narra (al parecer) una crisis política, con un grupo de fanáticos religiosos que intentan hacerse con el control de la colonia, “Titán” da inicio con la situación un tanto más estabilizada y tres grandes líneas argumentales. Por un lado tenemos unas elecciones presidenciales, a las que se presenta el actual ocupante del cargo, un político de pura cepa que sólo vive para ostentar el poder (y más que el poder, el prestigio), obsesionado con que alguien le pueda hacer sombra, y por otro dos misterios científicos (y medio).

Para empezar, tenemos un vehículo automatizado de exploración sobre la superficie de Titán que se niega a remitir datos (tan importantes como la presencia de unos organismos primordiales) al control de misión, poniendo en peligro la carrera científica del director de dicho departamento en Goddard; pero también la postura de una investigadora que afirma que los anillos de Saturno albergan algún tipo de vida… lo cual entra en conflicto tanto con las autoridades científicas, que no están dispuestas a desviar recursos de su problema principal en el satélite, como con la políticas (pues el actual presidente tiene como principal baza electoral la explotación de los anillos como fuente de agua para el sistema interior). A todo esto se añade, casi de refilón una serie de misteriosos cortes periódicos de energía.

Mimbres, pues, para una buena aventura científica a la antigua usanza… quizás demasiado antigua para haber sido publicada en 2006 y, sobre todo, hipertrofiada; muy, muy hipertrofiada.

Poco de lo que se cuenta en “Titán” se percibe fresco, y de hecho casi se podría montar la trama escogiendo cuentos y novelas cortas de Isaac Asimov y Arthur C. Clarke de la Edad de Oro (que no mencionaré, por no reventar las pocas sorpresas que podría deparar la trama), la novedad podría llegar por un enfoque más social y una narración más detallista, que son características más modernas, pero por desgracia las capacidad literaria de Ben Bova no da más que para convertir lo que debería haber sido un típico ejemplo de hard ingenieril en un mamotreto farragoso, que cuenta en cuatrocientas páginas lo que podría haber ventilado en doscientas si no se hubiera empeñado en forzar una suerte de pseudocomplejidad en los personajes, a base de que todos y cada uno de ellos nos vayan desgranando su monomanía personal (no les da para más de un rasgo distintivo) por medio de repetitivos monólogos internos que explicitan lo que ya queda suficientemente claro por su acciones.

Si a esto añadimos que en el hábitat parece haber nueve mil novecientas setenta personas de puro relleno, que no muestran su supuesto inconformismo en modo alguno, que algunos de los personajes parecen, no ya intelectualmente inadecuados para desempeñar su función, sino incluso para atarse solos los cordones de los zapatos (no es fácil escribir personajes supuestamente inteligentes enfrentados a problemas que los superan… y aun así seguir manteniendo su apariencia de inteligencia) y que el autor parece confundir toda nanotecnología con los replicadores Von Neuman… En fin, que cuesta ir avanzando a rastras hacia un final casi telegrafiado desde el principio y que, por la necesidad de dejar cabos sueltos para futuras entregas, debe ser necesariamente inconclusito (lo cual no disculpa la escasa sofisticación, o incluso verosimilitud, de las respuestas que sí proporciona).

“Titán” hubiera podido ser un título menor pero simpático en los años sesenta o setenta, apto sobre todo para nostálgicos de la Edad de Oro, con una longitud adaptada a lo que propone, pero las exigencias formales actuales lo condenan a ser un mamotreto inaguantable, que por añadidura sufre enormemente en la comparación con su homónima de John Varley (“Titán”, 1979).

Pese a ello, el jurado correspondiente decidió concederle el premio John W. Campbell Memorial de 2007, por delante de obras como “Visión ciega” de Peter Watts, “Al final del arco iris” de Vernor Vinge o “Sol de soles” de Karl Schroeder (por mencionar sólo algunas de las finalistas con puntos de contacto temáticos con “Titán”), lo cual da claramente idea de que se trató de un reconocimiento honorífico más que otra cosa, que se unió a otros muchos concedidos por esas fechas al por entonces setentón veterano.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 6, 2018.

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