Las brigadas fantasma

Gracias al éxito de “La vieja guardia” John Scalzi logró que su carrera como escritor de ciencia ficción despegara, y con ella toda una serie que explora el universo creado en aquélla, siendo la siguiente entrega “Las brigadas fantasma” (“The ghost brigades”, 2006).

El autor se centra en esta ocasión en las fuerzas especiales (unidades creadas a partir del ADN de ancianos muertos antes de su incorporación a filas, dotadas de una conciencia forzada gracias a la conexión con el cerebroamigo, una especie de ordenador neuronal), siendo la teniente Jane Sagan el único personaje que repite protagonismo. La trama arranca con el descubrimiento por parte de las Fuerzas de Defensa Coloniales de una alianza a tres bandas para atacar a la humanidad. Para agravar la situación, Charles Boutin, un científico especializado en la programación del cerebroamigo, ha tracionado a la Unión y se ha aliado con los alienígenas, abriendo insospechadas amenazas para el siempre precario bienestar de las colonias.

Por un descuido, sin embargo, Boutin deja atrás una copia de su conciencia (algo que se consideraba imposible) que los servicios de inteligencia humanos deciden implantar en un soldado creado a partir de su ADN. El experimento no sale del todo bien y el nuevo integrante de las brigadas fantasma (como se conocen extraoficialmente a las fuerzas especiales), debe empezar de cero como Jared Dirac… con la posibilidad de que la conciencia latente en su cerebro, la conciencia de un traidor, llegue a manifestarse e incluso a tomar el control de su personalidad.

“Las brigadas fantasma” podría considerarse tanto una continuación de “La vieja guardia” como una “corrección” de la misma. Mientras que la primera novela era un homenaje entusiasmado (a “Tropas del espacio” de Heinlein) y muy poco autocrítico, con este título Scalzi empieza a cuestionarse mucho de lo que en su primera aproximación dio por sentado. Por un lado, aprovecha para tratar de subsanar algún que otro error del entramado lógico de su universo, construido en primera instancia un poco a la ligera (aquí, por deformación profesional, tengo que introducir una cuñita resaltando su absoluto fracaso cuando intenta abordar la genética de los soldados… hay detalles que si careces de los conocimientos necesarios es mejor no remover demasiado), por otro, y mucho más importante, se plantea el análisis de los claroscuros éticos de una organización militar como la descrita y de sus métodos.

Jared Dirac se alza como el personaje pivotal. Creado con un propósito cuestionable cuanto menos, su mera existencia constituye un quebradero de  cabeza para sus superiores. Él mismo se enfrenta a la inseguridad sobre si el yo que está construyendo es totalmente suyo, por no hablar del nebuloso limbo ético en que se mueven las fuerzas especiales, condicionadas desde su mismo nacimiento a no cuestionar las órdenes, pero impulsadas al mismo tiempo por su espíritu humano a confrontar los axiomas.

Scalzi reconoce abiertamente la influencia de Frankenstein (por no hablar de toda la literatura creada al respecto en el terreno de la ciencia ficción), mientras examina (sin demasiada profundidad, todo sea dicho) la humanidad de Dirac. Al mismo tiempo, su particular naturaleza le hace cuestionar la labor de las Fuerzas de Defensa Coloniales y los impulsos inculcados en su naturaleza por el cerebroamigo desde casi el mismo momento de su “nacimiento”.

A este respecto no puedo dejar de apreciar cómo la principal motivación de los obin, la principal raza alienígena que amenaza a los humanos (con los misteriosos consu siempre presentes en segundo o tercer  plano), es precisamente desarrollar una conciencia de la que carecen. Esto podría interpretarse superficialmente como un sentimiento de individualidad, unido quizás a un ansia de trascendencia, pero reinterpretado en el contexto de la serie nos sugiere que es el propio Scalzi el que está buscando dotar a su universo de un sustrato ético (que matiza el militarismo inconsciente de “La vieja guardia”).

Todo ello, por supuesto, sin renunciar a la aventura, con una space opera que ya no es tan militarista como de intriga interplanetaria. La especulación sigue siendo poco original (ahí aún se nota una postura más de fan que de autor con una voz propia) y, lamentablemente, el humor está mucho más contenido que en la novela precedente (el abordar temas más serios parece condicionar el tono). El ritmo, sin embargo, no decae en ningún momento, e incluso ayuda a soslayar alguna que otra incoherencia en la trama. Las situaciones, además, son mucho más novedosas, superando los esquemas más clásicos (se ventila el adiestramiento en unos pocos capítulos) y enlazando con la space opera de los noventa (como las sagas de Miles Vorkosigan o Honor Harrington).

Su principal virtud, empero, cabe encontrarla en su buena disposición a explorar cuestiones de mayor enjundia que la simple aventura. Cierto, jamás podrá confundirse con alguna de las grandes obras del género (y el estilo tampoco es nada del otro mundo), pero su exploración de la libertad de decisión le confiere propósito y una solidez de la que se beneficia enormemente en comparación con su predecesora (que a su vez la supera en puro entusiamo).

De las cuatro novelas que integran la serie (más algún que otro texto de menor extensión), “Las brigadas fantasma” es la única que no cosechó una nominación a los premios Hugo. A falta de leer las dos últimas, sin embargo, me atrevería a especular con que el pequeño giro que imprime al conjunto (y la maduración como escritor que ello implica) fue crucial para mantener su relevancia. Después de todo, sólo a base de nostalgia no puede llegarse muy lejos.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 14, 2012.

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