El sindicato de policía yiddish

No he abandonado la Hugolatría. Aún me quedan muchos libros por comentar, y algunos de ellos hasta los tengo ya leídos, pero bueno… ya había avisado de que en el 2010 me lo iba a tomar con mucha mayor tranquilidad.

Se trata en este caso de uno de los más recientes galardonados, siendo también una de las novelas más reconocidas del género, pues entre 2007 y 2008 se hizo con los premios Hugo, Nebula, Locus y Sidewise de historia alternativa. Independientemente de los méritos intrínsecos de las obras, ya he comentado en diversas ocasiones que los premios constituyen en parte un reconocimiento de tendencias (casi siempre con uno o dos años de retraso), y “El sindicato de policía yiddish”, de Michael Chabon, ejemplifica a la perfección varias de las características de la literatura fantástica de esta última década.

Tras el relativo fracaso de las dos grandes tendencias surgidas del seno de la ciencia ficción para conectar con el público del siglo XXI (futuro cercano y post-singularismo), muchos encuentran la mejor vía de crecimiento en la hibridación con géneros y enfoques propios del mainstream. No sólo esto, sino que se trata de una vía de doble sentido, con autores tradicionalmente vinculados al fantástico que desarrollan sus ideas en este neblinoso territorio fronterizo y otros ajenos a esta corriente, reconocidos o no previamente, que hacen uso de elementos desarrollados dentro del gueto para ofrecer su propia interpretación de las mismas (alcanzando en no pocas ocasiones una repercusión con la que un autor etiquetado como “friqui” no podría ni soñar; aunque son varios, como Phillip K. Dick, los que están cosechando un reconocimiento tardío).

No quiero entrar en berenjenales (al menos, no ahora), pero tengo la duda de cuánta responsabilidad en este fenómeno la tiene la percepción del público en general, capaz de disfrutar de una obra de ciencia ficicón siempre y cuando no se le avise de que es de ciencia ficicón (o no sea demasiado evidente).

Sea como sea, Michael Chabon, con “El sindicato de policía yiddish”, era la opción perfecta para reconocer esta tendencia, galardonando a un autor que, pese a provenir del mainstream, hace gala de cercanía y sincera admiración por la literatura de género (credenciales que Cormac McCarthy,  ganador del Pulitzer en 2007 con “La carretera”, premio que también obtuvo Chabon en 2001, no presenta). En un contexto más amplio, la decisión viene a refrendar la crisis del concepto tradicional de ciencia ficicón o su fracaso (por ahora) en encontrar un registro acorde con los tiempos que corren (no hay que desesperar; muchos siguen/seguimos en la brecha).

En cuanto a la obra en sí, se trata ante todo y principalmente de novela negra, con la peculiaridad de que el escenario existe en nuestro mundo, sino que pertenece a un universo alternativo en el que el gobierno de los EE.UU. realizó una concesión temporal de territorio, el distrito de Sikta en Alaska, a los judios centroeuropeos al principio de la Segunda Guerra Mundial, lo cual reduce en cierta medida la magnitud del Holocausto. Entre esto y el fracaso en 1948 del asentamiento en Israel, nos encontramos con que la más importante comunidad judía presenta importantes diferencias entre ambas realidades alternativas, que empiezan, por ejemplo, en el idioma predominante, que es el yiddish en vez del hebreo moderno (impulsado desde las corrientes sionistas).

En realidad, las diferencias son mucho más acusadas. Al parecer, la Unión Soviética nunca llegó a existir, la bomba atómica se utilizó sobre Berlín y en vez de Vietnam los ejércitos de EE.UU. vivieron una derrota similar en Cuba. Sin embargo, todo este escenario (que se me antoja poco coherente) apenas se filtra como trasfondo lejano de la acción, que transcurre en su totalidad en el archipiélago Alexander, en las islas Baranof y Chichagof. La auténtica natureleza ucrónica de la obra se muestra en la vida de la comunidad judía, adaptada a un clima subpolar y con una cultura en cuya combinación han entrado los ingredientes en distintas proporciones que en la formación del Estado Israelí. Hay cosas, sin embargo, que no cambian, y como no se cansan de indicar los personajes, “corren tiempos extraños para ser judío”. La concesión temporal, fijada en 60 años, está a punto de vencer, y el durante el proceso de reclamación de la soberanía nacional (la temida Revocación) un alto e indefinido porcentaje de los judíos de Sitka serán forzados a una nueva diáspora de destino incierto.

En éstas, Meyer Landsman es un policía de homicidios, que a apenas unos mese de la Revocación se enfrenta a la ejecución de un yonqui en el mismo hotelucho donde vive desde su divorcio tres años antes. Como suele pasar en estos casos, el crimen no es sino la punta de un iceberg de corrupción y juegos de poder, teñido para la ocasión con tintes político-religiosos, pues antes de su caída en desgracia habían sido depositadas sobre las espaldas del muerto las esperanzas de que fuera el Mesías por tantos milenios anhelado.

La adopción por parte de Chabon de los tics de la novela negra es absoluta. Meyer es un gran detective que ha descendido por una espiral de autocompasión hasta convertirse en un semialcohólico depresivo, al más puro estilo John McClane. El que su ex-mujer regrese por sorpresa para hacerse cargo de la sección de homicidios (como jefa directa), tampoco ayuda demasiado… o quizás le ofrezca una posibilidad de redención. A decir verdad, llega un momento en que la cosa se pasa de homenaje y bordea la parodia impremeditada, a lo cual no ayudan demasiado los excesos descriptivos.

Chabon encadena metáforas como quien prepara longanizas. Cada descripción supone un bombardeo de imágenes, casi todas ellas deslumbrantes, sí, pero formando en conjunto toda una escollera para el ritmo, en particular para plasmar el humor irónico de Chandler, que funciona mejor a balazos secos que con fuego de ametralladora. Tampoco me convence el desarrollo de la trama. La investigación avanza casi por inercia, con las pistas apareciendo de la nada para conducir a Meyer y a su compañero (Berko, un mestizo indio/judío de casi dos metros que es, además, su primo) hasta la siguiente escena (rescate in extremis incluido, por parte de un personaje del que no se sabía nada hasta ese momento). Además, cuando todo se resuelve, la Gran Conspiración se me antoja un tanto simplona. Quizás es que estoy acostumbrado a las complejidades de James Ellroy o a la amplitud de escala de Tom Clancy (del de hace 15 años al menos).

La novela negra es un género que refleja la sociedad en que se desarrolla, destapando sus hipocresías y su pecados más oscuros. ¿Qué puede aportar entonces un escenario ucrónico a la mezcla? Supongo que al crear una sociedad ficticia, Chabon apunta más profundo que el simple análisis sociológico, quizás espere desvelar algo sobre la esencia del judaísmo. Por desgracia, el experimento no termina de funcionar para mí. Tal vez por puro desconocimiento de la cultura judía actual, que me impide establecer paralelismos y descubrir diferencias. Otras críticas apuntan a una postura entre irónica y cariñosa, con una exposición de las contradicciones y la carga histórica que comporta ser judío (el propio autor es de ascendencia judía). Destaca, por ejemplo, la incluisón de una mafia integrada por ultraortodoxos jasídicos, la inmersión en la subcultura ajedrecística o la descripción del concepto de eruv.

Lo que sí podría juzgar en parte es el intento de establecer paralelismos entre nuestro mundo actual y el imaginado por Chabon, sobre todo en lo referente al problema árabe-israelí-occidental y su semi-inversión en las páginas finales del libro. Sinceramente, me parece que todo se queda en una superficialidad banal. No existen consecuencias, sino sólo acciones, e incluso algunos de los personajes, como Berko, se quedan sin resolución alguna.

Vamos, que no ha terminado de gustarme. La encuentro insuficiente como novela negra (demasiado larga para lo que cuenta y ensamblada de forma un tanto descuidada) y no puedo apreciar a fondo, por falta de sustrato, su carácter ucrónico (que involucra principalmente la contraposición yidismo/sionismo). Me resulta entretenida durante un rato, y puedo llegar a apreciar sus méritos literarios (algunas descripciones realmente notables, el uso del presente para conferir inmediatez, alternando con el pasado para introducir flashbacks sin otra indicación), pero no se me antoja una obra que vaya a marcar una época. No sé, tal vez espere otra cosa de un premio Hugo (con los Nebula me cuadra más). Quizás no necesite tanto que pueda presentar unas credenciales literarias impecables (tampoco me lo parecen por los aspectos que he criticado, pero es posible que aquí esté en la minoría) como la sensación de que se trate de una obra relevante dentro de la evolución del género fantástico. Con “El sindicato de policía yiddish” me ocurre lo mismo que con “American gods“; no estoy en contra del aperturismo a otras tendencias literarias, pero en estos casos han perdido parte del sabor que me atrae de la literatura fantástica.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en abril 21, 2010.

Una respuesta to “El sindicato de policía yiddish”

  1. Todavía tengo por la estantería un libro de Chabon que me compré hace tiempo, pero siempre encuentro alguna otra cosa que leer… Tendré que ponerme con él en cuanto acabe las lecturas que tengo a medias.

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