Un talento para la guerra

Jack McDevitt irrumpió en el panorama de la ciencia ficción en 1980, dentro de la corriente que buscaba recuperar el viejo sentido de la maravilla de la Edad de Oro. Lo que lo diferenciaba, tanto de los nuevos valores (David Brin, Gregory Benford, Greg Bear, John Varley…) era la edad a la que se iniciaba en la literatura y en el género, cuarenta y cinco años. No es de extrañar que su estilo fuera extremadamente clásico, deudor de los veteranos de la Edad de Oro que, coincidentemente, volvían justo entonces por sus fueros (Isaac Asimov, Frederik Pohl…). Al mismo tiempo, al pertenecer a una generación posterior (y, sobre todo, al haberse desarrollado su formación literaria mucho después), es apreciable en su obra una dimensión adicional, que la hace bastante única como una muestra híbrida, a caballo entre ambas sensibilidades.

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Su primera novela, “El texto de Hércules”, se publicó en 1986, y ya trataba de su tema predilecto, el contacto con razas alienígenas (a veces extintas, otras muy activas). Poco después comenzó a publicar su primera gran serie, la del tratante de antigüedades Alex Benedict, con “Un talento para la guerra” (“A talent for war”, 1989).

La novela trata sobre una guerra, librada entre los mundos humanos y los de los Ashiyyur, una raza alienígena telepática, con un nivel tecnológico similar y similares también ansias expansionistas. Lo singular es que dicha guerra se libró (y ganó) doscientos años antes, y es la investigación de Alex con respecto a uno de sus episodios más míticos, los esfuerzos casi en solitario del gran héroe Christopher Sim y su fragata Corsario durante las primeras fases del conflicto, en pugna por contener al enemigo mientras los distintos sistemas forjan la gran coalición que finalmente les permitió alzarse con la victoria. El escenario es reminiscente de la Segunda Guerra Médica, con Christopher Sim encarnando a grandes rasgos el papel de Leónidas, devenido en un mito fundacional de la nueva unidad política humana.

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El disparador de los acontecimientos es la muerte accidental del tio de Alex, un acaudalado arqueólogo aficionado (en la línea de Schliemann). Así, de repente, nuestro protagonista se encuentra en posesión de una considerable fortuna y de un misterio, pues la última voluntad del fallecido es que su sobrino culmine el proyecto en que se haya inmerso… tarea que pronto se ve complicada por la muy (in)oportuna incursión de unos ladrones cuyo único objetivo parece ser hacerse con los datos encriptados que le habían sido prometidos a Alex.

En tales circunstancias, nuestro protagonista se ve obligado a recrear todo el proceso de recopilación de información, con la ayuda del la inteligencia artificial de su tío (a la que también han borrado la memoria), viajando de mundo en mundo a la búsqueda de pequeños y elusivos retazos de información, que han permanecido ocultos por más de dos siglos y que podrían cambiar la percepción que se tiene de aquellos personajes, cuya realidad histórica se encuentra difuminada entre los velos del mito.

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McDevitt aprovecha pues esta novela para tratar un tema que le es, por intereses personales, bastante cercano, el de la separación entre realidad histórica y ficciones interesadas creadas en torno a ella, la manipulación de los hechos para ajustarlos a una narración fundacional significativa (y aquí he de mencionar que los doscientos años se ajustan más bien al lapso que media entre la época revolucionaria americana, con sus héroes y traidores, y el período de escritura de la novela, que a los largos siglos que se extienden hasta la batalla de las Termópilas).

Como se puede comprobar, supone un planteamiento original, que obliga al lector a ir descubriendo poco a poco una historia que es ampliamente conocida por todos en el universo descrito, y cuyas ramificaciones aún moldean aquello en lo que ha devenido la humanidad. En el proceso, McDevitt realiza algunas concesiones a las corrientes más punteras del momento (en concreto, se percibe una pequeñísimo influencia del cyberpunk, con escenarios virtuales inmersivos y, por supuesto, Jacob, la inteligencia artificial asistente de Alex y antes de su tío), pero en general se atiene a las convenciones de la space opera más clásica… desde una perspectiva diferente.

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“Un talento para la guerra” constituye casi el análisis histórico de una aventura de space opera clásica, un análisis que se lleva a cabo intentando encajar piezas aisladas, conocimiento cuya veracidad debe ser puesta en entredicho antes de ser aceptado como cierto. Por la novela deambulan personajes obsesionados con el pasado, dispuestos a lo que sea con tal de satisfacer su ansia de conocimiento… o evitar que otros les pisen el hallazgo; y sobre todo ello gravita un misterio cuya relevancia podría abarcar más ámbitos que el meramente histórico.

No es habitual encontrar una novela de ciencia ficción que se fundamente hasta tal punto en disciplinas tan “exóticas” como la biblioteconomía, y sólo por ello ya valdría la pena la lectura de “Un talento para la guerra”. Por desgracia, da la impresión de que el camino es mucho más interesante que el destino. Cuando por fin fructifica toda la investigación, las revelaciones se antojan un tanto anticlimáticas, por no hablar de lo que desentonan unos capítulos finales en los que el autor parece traicionar su propio planteamiento, como si en verdad no hubiera confiado del todo en que la investigación histórica o el estudio de un mito fundacional se bastaran para hacer interesante su novela (eso por no hablar de cierto tufillo a deus ex machina, o cuando menos a as extraído de la manga, que desluce el gran final).

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Otro grave escollo para el disfrute de la novela reside en la traducción, una de las peores con las que he tenido la desgracia de toparme. Lo he leído en su edición en Nova, aunque dudo mucho que en la más moderna de La Factoría se hayan molestado en corregirla (lo que hubiera requerido es descartarla por completo).

Quizás por ese grave defecto, la serie de Alex Benedict no ha gozado de excesiva popularidad en español. Sólo la primera de las seis secuelas (bastante tardías, pues no empezó a publicarlas hasta 2004), “Polaris”, ha sido traducida, en contraposición de la casi completa serie de Priscilla Hutchins, que se inició en 1994 con “Las máquinas de dios”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en abril 7, 2016.

3 comentarios to “Un talento para la guerra”

  1. Gracias por enlazar mi reseña ;)

  2. […] Un talento para la guerra […]

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