Dark universe (Mundo tenebroso)

Daniel F. Galouye es un autor que desarrolló su carrera en los años cincuenta y sesenta, hasta que problemas de salud derivados de su servicio en las fuerzas aéreas de los EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial le forzaron a bajar el ritmo y, finalmente, provocaron su fallecimiento prematuro en 1976, a los cincuenta y seis años.

Su primera publicación fue la novela corta «Rebirth», aparecida en el número de marzo de 1952 de Imagination, revista que se convertiría básicamente en su casa hasta su cierre en 1958 (víctima de los cambios drásticos en el mercado pulp a partir de 1955 y de su propia falta de ambición). Tras esto, empezó a colaborar con otras muchas cabeceras, siendo especialmente prolífico en las páginas de Galaxy, una de las revistas punteras del momento. A partir de 1970, sin embargo, por las razones comentadas, ya solo publicó un fix-up de novelas cortas muy tempranas, bajo el título de «The infinite man».

Cuenta en su haber con otras cuatro novelas. La primera, «Mundo tenebroso» («Dark universe», 1961), es una reescritura ampliada de «Rebirth» y le valió su única nominación al Hugo (y a cualquier otro premio importante). Tras ella publicó «Después de la III Guerra Mundial» («Lords of the Psychon», 1963, reescritura muy ampliada de una novela corta aparecida en Galaxy en 1959) y «Muerte ululante» («A scourge of screamers», 1968), pero sobre todo su mejor obra, «Simulacron-3» (1963), una muy temprana reflexión sobre mundos simulados por ordenador, que fue adaptada en 1999 como la película «Nivel 13».

«Mundo tenebroso» toma un escenario típico de la guerra fría, el del refugio nuclear generacional, y añade un elemento adicional: la ausencia de luz. Hace además tanto tiempo que se apagó la última luz eléctrica que los refugiados han olvidado incluso que existía, sobreviviendo solo el concepto como extrañas palabras sin sentido («luz», «tinieblas», «ver») como parte de fórmulas y ceremonias rituales. Así, se ha formado una extraña civilización subterránea que utiliza pozos termales como fuente de energía y para sustentar huertos de hongos y emplea una suerte de ecolocación para construir una idea mental de su entorno (con un batidor en el centro de la aldea o golpeando piedrecitas entre sí cuando se encuentran de exploración).

El protagonista de la historia es Jared, un joven, hijo del Superviviente (el jefe de la aldea), cuya obsesión es desvelar los antiguos secretos, aunque para ello tenga que vulnerar los tabúes más arraigados en su sociedad, incluso relacionándose con los temidos zivvers, una subpoblación de mutantes que han desarrollado la capacidad de ver en el espectro infrarrojo. El momento, además, no puede ser más oportuno (o todo lo contrario), porque las antiguas fuentes termales están secándose y, por añadidura, por los ignotos recovecos de ese mundo subterráneo, junto con los antiguos peligros como los soubats (murciélagos gigantes), han empezado a aparecer monstruos acompañados por un extraño y desconcertante «ruido» y están despareciendo individuos de todas las tribus.

Las historias de refugios (o naves) generacionales en donde se ha perdido la noción del propósito original databan de años atrás, pudiendo rastrearse al menos hasta la novela corta «Universo», de Robert A. Heinlein (1941), tratándose también en títulos como «La nave estelar» de Brian Aldiss (1956), aunque es posible que la de Galouye sea la primera vez en que este tema clásico se combina con un refugio nuclear, un tipo de edificación que precisamente ese 1961 había entrado en la discusión pública, dando lugar a una pequeña fiebre constructora y a su empleo en la ficción (en títulos como «Los dominios de Farnham», del propio Heinlein, en 1964).

Otro elemento que data la historia es el miedo al cobalto como subproducto de una supuesta bomba salada, diseñada para esparcir por el terreno partículas radioactivas, algo que es parte integral de tres de las cinco finalistas al premio Hugo de aquel año (no he podido determinar qué desarrollo exacto de la carrera armamentística pudo inspirar esta coincidencia).

Junto con esta novedad, «Dark universe» se apoya en una narración que, al centrarse en Jared y sus percepciones en un entorno de negrura absoluta, ha de prescindir necesariamente de cualquier referencia visual (si bien hace un poco de trampa con sus excepcionales habilidades auditivas… que bien podrían explicarse en parte por selección natural, aun con un lapso temporal relativamente breve), lo que le confiere una identidad propia (si bien el recurso tal vez hubiera requerido de una pluma más hábil para hacerlo realmente memorable).

Donde no resulta tan exitosa la narración de Galouye es en la plasmación de la tradición oral desvirtuada que recuerda tiempos pasados, devenidos en míticos e incomprensibles. No mucho más tarde, en 1965, Samuel R. Delany demostraría cómo hacer bien algo así con su propia historia de naves generacionales de propósito olvidado: «La balada de Beta-2«.

Pese a las limitaciones estilísticas del autor, lo cierto es que las aventuras de Jared resultan lo bastante exóticas como para mantener el interés a lo largo de toda la novela, que siendo de aquella época se guarda muy bien de extenderse en demasía. Por añadidura, no resulta para nada difícil identificarse con su afán de descubrimiento. De hecho, lo que la califica como héroe de la historia es su curiosidad, un rasgo rupturista en una sociedad fosilizada por la tradición. Incluso diría que es más que probable que los muchos imitadores que ha tenido la novela desde su publicación la hayan privado retroactivamente de algo de su impacto (hoy por hoy no resulta difícil imaginar la identidad de los «monstruos»). El que siga manteniendo perfectamente el tipo da testimonio de lo bien urdida que está la historia.

Aquel año el premio Hugo recayó sin discusión posible en una de las novelas de ciencia ficción más económicamente exitosas de la historia, «Forastero en tierra extraña«, de Heinlein, aunque el cuarteto de finalistas, que no habían contado realmente con ninguna posibilidad, resulta pese a todo de lo más sólido. Aparte de «Universo tenebroso», tenemos «Planet of the damned«, de Harry Harrison, «El tiempo es lo más simple«, de Clifford D. Simak, y «Second ending«, de James White.

Otras opiniones:

~ por Sergio en noviembre 3, 2021.

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