El tiempo es lo más simple

Durante los veinte primeros años de su carrera Clifford D. Simak fue conocido sobre todo por su producción breve (aunque pudiera luego montar un fix-up de la calidad de «Ciudad«). De hecho, tras publicar en 1953 la muy irregular «Un anillo alrededor del Sol«, hubieron de pasar ocho años para que volviera a adentrarse en los formatos más largos, al serializar en las páginas de Analog entre abril y julio de 1961 «The fisherman», que ese mismo año compilaría Doubleday bajo el título de «El tiempo es lo más simple» («Time is the simplest thing»).

Ello le supuso a Simak su segunda nominación al Hugo (tras su victoria en 1959 por la magnífica novela corta «El gran patio delantero») y dio inicio a una amplia producción que se tradujo básicamente en una nueva novela cada año durante los veintiuno siguientes (logrando su mayor éxito en 1964 al cosechar el premio Hugo de novela por «Estación de tránsito«, con otras tres nominaciones en la categoría).

«El tiempo es lo más simple» parte de una premisa ciertamente osada. En un momento en que la carrera espacial estaba lanzada, con los vuelos suborbitales de Yuri Gagarin y Alan Shephard a meras semanas de realizarse, Simak propuso que no había futuro en ese empeño y que los cinturones de radiación que envuelven la Tierra (y que acababan de descubrirse) eran demasiado intensos como para permitir la supervivencia de cualquier astronauta que intentara atravesarlos. Eso dejaba tan tolo una posibilidad, el viaje no físico, sino mental, que además no estaba al alcance de todos, sino de unos pocos individuos especiales, poseedores de poderes extrasensoriales y auxiliados por una maquinaria especial, propiedad exclusiva de una empresa llamada el Anzuelo.

El protagonista de la historia es Shep Blaine, uno de los sensitivos que trabajan para el Anzuelo (es eso o verse obligado a vivir encerrado en una institución diseñada para proteger a los humanos «normales» de los parakinos, que es como llaman a los mutantes). Durante su última misión, Shep entra sorpresivamente en contacto con un alienígena, caracterizado simplemente como la Cosa Color de Rosa (the Pinkness, en el original) que le propone un intercambio de mentes. Lo peor es que al ser retornado a la Tierra siente al fondo de su cerebro que se ha traído consigo una porción de ese ser… y comprende entonces que debe huir, porque sus patronos del Anzuelo nunca van a jugársela respecto a las intenciones de ese ente desconocido.

Hasta aquí, la verdad es que la novela resulta poco prometedora. Todo ocurre demasiado rápido y es demasiado superficial. Por si fuera poco, la premisa quedó anticuada casi al mismo tiempo en que era formulada, con más y más astronautas de ambos bloques alcanzando la órbita y realizando incluso los primeros experimentos espaciales. Durante la huida de Blaine, sin embargo, se traslada el foco de atención, centrando la trama en el fuerte sentimiento antiparakino que se respira en la población general. En parte, esto se debe al resentimiento por la injusta competencia que despliega el Anzuelo contra los negocios terrestres, incapaces de mantener el ritmo de innovación que logra con sus «pescadores»; en parte es pura xenofobia, odio al diferente.

Ahí es donde la novela encuentra por fin su centro de gravedad, mostrando una sociedad intransigente y tremendamente hostil hacia el diferente, hasta el punto que en el primer pueblo al que llega Blaine está a punto de ser víctima de un linchamiento (como los que aún padecían por entonces algunos negros en el sur de los EE.UU.). Por suerte, sus poderes (o más bien los nuevos poderes a los que ha accedido por su simbiosis con la Cosa de Color Rosa) le permiten escapar mediante un salto en el tiempo (que plasma una concepción del tiempo tan poética como interesante), iniciándose así un periplo por los EE.UU., en medio de tensiones crecientes provocadas por el populista Lambert Finn (en realidad, otro fugado del Anzuelo, al que sus experiencias extracorpóreas han imbuido de un sentimiento de odio y repulsión hacia sí mismo y hacia los que son como él).

La narración de Simak se encuentra muy evidentemente inspirada en el movimiento por los derechos civiles, posicionándose claramente del lado de la integración, pero el tal el humanismo que transmite, que a la postre trasciende por completo ese contexto histórico y sirve como metáfora de cualquier persecución en contra de cualquier minoría a lo largo de la historia. Episodios como el encontronazo de Blaine y un transportista intransigente y supersticioso con un grupo de jóvenes parakinos voladores podría reflejar sin cambiar una coma problemas como la xenofobia, la homofobia o la transfobia, en cualquier época y lugar. En el fondo, no se trata sino de una repulsa por de lo diferente.

Resulta particularmente significativo el que Finn sea también uno de los perseguidos, que responde a la violencia con violencia, de tal modo que hay dos «villanos» en la historia. Por un lado el Anzuelo, que aparte de sus prácticas comerciales abusivas potencia la discriminación como un sistema de control de sus recursos humanos; por otro, Finn y su propuesta de lucha, que se opone frontalmente al pacifismo de Blaine (mostrando así quizás la misma división que pondría por ejemplo a Malcom X y Martin Luther King en campos opuestos durante la lucha por los derechos de los afroamericanos).

A la postre, la solución de Simak, que devalúa un poco el conjunto, no deja de ser típica en su producción (ya había empleado algo parecido tanto en «Ciudad» como en «Un anillo alrededor del Sol», y volvería sobre ello en títulos como «Los hijos de nuestros hijos«) y denota cierto pesimismo, pues realmente no soluciona nada, sino que escenifica una huida que empobrece a todos los implicados. Tal vez unos años más tarde hubiera tenido cabida una visión más esperanzadora. Supongo que en 1961 había conquistas consideradas inalcanzables.

«El tiempo es lo más simple» es una magnífica novela y una gran candidata al premio Hugo, que en ese 1962 fua a parar a manos de Robert A. Heinlein por «La Luna es una cruel amante» (una historia más típicamente de ciencia ficción). Ambas estuvieron muy bien acompañadas por «Mundo tenebroso» de Daniel F. Galouye, «Second ending» de James White y «Planet of the damned» de Harry Harrison.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en noviembre 8, 2021.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: