Second ending

James White fue uno de los más destacados aficionados a la ciencia ficción norirlandeses. Cocreador del fanzine Slant (por el que le fue concedido el retroHugo de 2004), a partir de 1953 compaginó su trabajo en la industria textil con una longeva y productiva carrera literaria, casi siempre en un segundo plano (sobre todo por su incapacidad para acceder a las revistas más lucrativas del mercado americano; su principal expositor fue la revista New Worlds, incluso cuando esta dio un giro hacia la New Wave). De entre su obra, destaca la serie del Sector General, un hospital intergaláctico y multiespecífico que reflejaba sus ideas pacifistas, en donde el conflicto surgía no de la interacción hostil entre humanos y alienígenas, sino de las dificultades surgidas al intentar tratar con conocimientos limitados fisiologías y psicologías alienígenas. En total, fueron doce libros, publicados entre 1962 y 1999.

Aparte de esto, publicó otras doce novelas entre 1957 y 1999, dos de ellas candidatas a grandes premios. En 1962, «Second ending», la historia del último hombre vivo sobre la Tierra, servido por un ejército de robots, fue finalista del premio Hugo. Dos años después, en 1964, «The escape orbit», sobre un grupo de prisioneros de guerra abandonados en un planeta sin recursos, fue candidata al Nebula. A lo largo de su vida fue candidato en otras dos ocasiones al Hugo en la categoría de relato (1977 y 1997), aunque sin suerte. James White falleció en 1999, tras haber sido toda su vida un fan destacado y contando con el respeto y el cariño de sus compañeros.

«Second ending» fue publicada originalmente entre junio y julio de 1961 en la revista americana Fantastic Stories of Imagination, dirigida durante esa etapa por Cele Goldsmith (quien había abierto la revista no solo a la ciencia ficción, sino también a autores británicos, como Ballard) y al año siguiente en un volumen de ACE Double, junto con la primera novela de Samuel R. Delany, «Las joyas de Aptor».

La novela cuenta cómo en un futuro indeterminado el casi doctor Ross despierta en un hospital subterráneo de una preservación criogénica (el sueño profundo) a la que había sido sometido mientras se investigaba la curación de una extraña forma de cáncer que había desarrollado para encontrarse solo, atendido por misteriosas enfermeras que entran en su habitación para atenderle a oscuras. Cuando por fin logra reunir las fuerzas necesarias para levantarse, empieza a sospechar que puede haber pasado más tiempo del que creía, porque hasta la ropa dispuesta para él se deshace apenas tocarla. Lo peor, sin embargo, está por llegar, porque a la postre descubre que él es el único ser humano que queda vivo en todo el hospital, siendo sus cuidadores un ejército de robots, anhelantes de dotar de propósito su mecánica existencia.

En muchos sentidos, «Second ending» es producto del pánico nuclear de los años cincuenta y sesenta (y eso que todavía faltaba un año para la Crisis de los Misiles Cubanos). Lo que hace, es llevar la idea de los últimos supervivientes, protegidos en algún tipo de instalación subterránea, hasta su última y aterradora consecuencia: el momento en que solo queda un superviviente, el último representante de la humanidad. Es una carga muy pesada que sobrellevar. Toda la historia del hombre, desde que salió de las cavernas hasta que se autodestruyó con armas terribles (de nuevo, como ocurría en «Mundo tenebroso», se mencionan específicamente las bombas de cobalto), desembocando en un individuo insignificante, heredero forzoso de siglos de historia, de ciencia, de arte… que carecen de todo sentido ante la certeza inexorable del cercano fin.

James White nos transmite ese horror, ese sentimiento insoportable de soledad y esa necesidad de compañía, contrabalanceada por el anhelo no menos poderoso de los robots por servir, por recibir órdenes que llenen el vacío existencial de una programación de la que no pueden escapar. En ese delicado equilibrio entre la desesperación (humana) y las ansías de vivir (robóticas) discurre la historia de Ross, mientras planifica y espera el resultado de planes cada vez más locos y con plazos de ejecución cada vez mayores, entrando y saliendo de hibernación mientras los robots intentan satisfacer su último deseo: volver a reunirse con los suyos.

Resulta curioso cómo en un espacio tan breve (100 páginas peladas) James White logra llevarnos por todo un viaje emocional, que conjuga imágenes poderosas con la censura implícita hacia esa locura humana que es la guerra. También es notable cómo logra, pese a todo, arrancar de uno de los planteamientos más negros y pesimistas que he tenido ocasión de leer un mensaje esperanzador. Todo ello es coherente con el humanismo que respira toda la obra de White. Su ficción, en las antípodas del militarismo y xenofobia que dominó la era Campbell, constituye una visión alternativa que merecería quizás ser más conocida. «Second ending», cuando menos, constituye un pequeña gran novela a descubrir (no solo en español, idioma en el que sigue inédita, sino incluso inglés, pues hace décadas de su última edición, en un volumen recopilatorio titulado «Monsters and medics»).

Aquel año el premio Hugo fue para la completamente diferente «Forastero en tierra extraña«, de Robert A. Heinlein, que en realidad constituye la nota discordante en medio de un cuarteto de finalistas que forman un conjunto muy coherente, tanto por lo que respecta a conexiones argumentales como por el mensaje subyacente a todos ellos de cooperación, integración del diferente y pacifismo. Estos finalistas incluyen, aparte de «Second ending», «Planet of the damned» de Harry Harrison, «Universo tenebroso» de Daniel F. Galouye y «El tiempo es lo más simple» de Clifford D. Simak.

~ por Sergio en noviembre 12, 2021.

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