Redshirts

En 2008 John Scalzi ganó el premio Hugo a mejor escritor aficionado (por su blog). Lo cual tiene sentido, porque Scalzi es, ante todo, un aficionado que escribe ciencia ficción. Buena parte de su obra, de hecho, puede asimilarse a fan fiction (un fan fiction notablemente bien escrito), ya sea del militarismo heinleiniano (“La vieja guardia“), ya de los pequeños peludos de H. Beam Piper (“El visitante inesperado”). Resulta, por tanto, lógico que su primer Hugo de novela le llegara por lo que en esencia es fan fiction trekkie con un pequeño giro metaficticio: “Redshirts” (2012).

La novela se centra en todos esos personajes secundarios de las series de space opera televisiva que están ahí para hacer lo que a los protagonistas les está vedado, básicamente morir. Pura carne de cañón, de la que apenas llegamos a conocer, si eso, sus nombres, antes de convertirse en diana para prácticas de tiro alienígenas, pienso para monstruos mutantes o bajas colaterales de atentados mal ejecutados. Claro que la tripulación prescindible de la nave insignia de la Unión Universal, el Intrépido, no es tonta, y algo ha empezado a olerse, de modo que las misiones en descubierta que incluyen a uno o más de los oficiales del puente son temidas (y evitadas en la medida de lo posible) como la peste.

Ésa es la realidad con la que tropieza de bruces una nueva remesa de alféreces, incluyendo a Andrew Dahl, reciente su salida un tanto forzada de un seminario extraterrestre. Pronto descubre que el departamento de xenobiología de la Intrépido trabaja de un modo un tanto peculiar (con una caja negra que se encarga de resolver misteriosamente los encargos imposibles), e incluso llega a sobrevivir a un par de misiones (que se cobran, sin embargo, su buena cuota sacrificial de “camisas rojas”). El grupo de amigos llega pronto a la conclusión de que si quieren sobrevivir a su enrolamiento en la nave maldita deberán descubrir a qué se debe toda esa fenomenología estadísticamente improbable, y la mejor teoría para explicarla la tiene el ermitaño Jenkins.

Según su desquiciada hipótesis, las tribulaciones de los astronautas del Intrépido se deben a que sus aventuras, al menos cuando los oficiales de puente están presentes, vienen dictadas por una narrativa externa, la de un progama de televisión de principios del siglo XXI, cuyos guiones, además, no son particularmente buenos. Se impone pues una misión extraoficial, al más puro estilo “Star Trek IV”, para intentar advertir a los responsables de la serie de que su frivolidad está costando vidas.

Eso es en esencia “Redshirts”. Algo así como la rebelión de los prescindibles, con un mirada irónica hacia la mala ciencia ficción (y más que mala, perezosa, renuente a realizar el esfuerzo de aplicar buena ciencia y no recurrir a trucos facilones para crear tensión). Por supuesto, cierta familiaridad con el material satirizado es recomendable, aunque no imprescindible (de hecho, el humor funciona mejor cuando no se apoya en la identificación directa, sino más bien en los arquetipos comunes a lo que no deja de ser entretenimiento pulp sin pretensiones).

Scalzi es ingenioso, y puede llegar a ser muy divertido cuando se lo propone, así que hay varios momentos en “Redshirts” que invitan ya no sólo a la sonrisa, sino incluso a la carcajada (contenida, tampoco es cosa de desencajar la mandíbula). Más problemas tiene cuando trata de dotar de un poco de sustancia a su ficción, y la novela que nos ocupa no es ninguna excepción al respecto. Una vez planteado el escenario, no hay mucho donde rascar, y lo cierto es que el juego metaficticio que plantea ya ha sido jugado por otros creadores con mucha más agudeza.

Su incapacidad para integrar cuestiones de mayor calado en la historia viene ejemplificada en la necesidad de adjuntar tres “codas” a la (breve) novela, que expanden la exploración de la interacción entre relidad y ficción y otorgan a tres personajes secundarios (cuando menos) la posibilidad de ascender de categoría a protagonista central (con lo que, de algún modo, muestra que basta con centrar el foco de atención sobre el personaje más insignificante para dotar de historia y profundidad a quien en la periferia no pasa de ser mero atrezzo glorificado.

“Redshirts” no es en modo alguno una mala novela. Se lee en un suspiro, y casi siempre con una sonrisa en los labios. La prosa de Scalzi es sencilla pero muy ágil, ideal para narrar aventuras sin pretensiones. Eso sí, a la postre el conjunto resulta un ejercicio metaficticio un tanto hueco, resuelto del modo más directo posible (con alguna que otra trampa literalmente narrativa). Predica, además, a los conversos, porque en general hace tiempo que la ciencia ficción que parodia dejó paso a tramas y enfoques más elaborados, con lo que la sátira pierde bastante mordiente, y queda reducida más bien a la categoría de broma nostálgica bientencionada.

¿Basta eso para justificar un premio Hugo? Supongo que dependerá del año (y 2012 no estuvo plagado precisamente de obras maestras). El resto de candidatos al Hugo incluyen la divisiva “2312” de Kim Stanley Robinson (ganadora del Nebula), la tercera parte de una serie postapocalíptica zombi (“Blackout”, de Mira Grant), una de las entregas menos aclamadas de las serie de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold (“Captain Vorpatril’s alliance”) y el debut de Saladin Ahmed con una novela de fantasía orientalista, “El trono de la luna creciente”.

¿No había ciencia ficción de mayor calado? Pues sí (el regreso de David Brin a la ficción con “Existence”, por ejemplo, o el último libro de la Cultura de Banks, “The hydrogen sonata”). Incluso me atrevería a apostar por Jemisin en “The killing moon” como ejemplo de la nueva fantasía rica en sublecturas que se alcanzó por fin reconocimiento el año pasado con el Hugo para “La quinta estación”.

¿Qué ocurrió entonces? Mi teoría es que “Redshirts” ofreció justo lo que el público estaba pidiendo. Nada de complicaciones o ramificaciones filosóficas. Pura y simple evasión. El futuro asusta y el presente disgusta, pero mirar hacia el pasado, y más si es con un filtro humorístico, es cómodo y seguro (y la nostalgia ayuda a disimular la vacuidad). Si, de paso, se puede premiar a un autor al que algo se le debía por la desastrosa elección de 2006 (que premió a la fallida “Spin” por delante de la que posiblemente sea la novela de ciencia ficción más popular de su década, “La vieja guardia”), pues mejor que mejor, y lo mismo debieron pensar los votantes del Locus, que también le concedieron el de ciencia ficción (la pena es que Scalzi lleva años publicando novelas mucho mejores a ese respecto, sólo que no se encontraron en la conyuntura apropiada).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 20, 2017.

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