Spin

La primera década del siglo XXI en los Hugo estuvo ampliamente dominada por la fantasía (entre los ganadores al menos). Coincidió este hecho con la pesimista y extendida opinión de que la ciencia ficción ya no tenía mucho más que decir. Quizás por ello la novela triunfadora en 2006, “Spin” de Robert Charles Wilson, alcanzó un prestigio inusitado entre los aficionados.

La historia arranca en el futuro inmediato (de 2006), una noche en que las estrellas desaparecen del cielo, al ser cubierta la tierra por una especie de membrana opaca que la aisla del resto del universo. Sus propiedades no acaban ahí. Un segundo en el interior de la membrana se corresponde con 3,17 años más allá de esta barrera (a la que se le concede de forma bastante arbitraria el apelativo de “spin”).

Spin

Este hecho cambiará para siempre las vidas de tres niños. Por un lado los brillantes (y adinerados) mellizos Diane y Jason Lawton, por otro su amigo Tyler Dupree (el hijo de la asistenta, viuda además del antiguo socio del señor Lawton). Toda su generación vive con la seguridad de que existe una vasta e incomprensible inteligencia en el cosmos, y bajo la amenaza de un Sistema Solar invisible que corre a toda velocidad hacia su final miles de millones de años en el futuro… y a tan sólo unas décadas vista en su planeta escamoteado a las mareas del tiempo.

Así, mientras Jason convierte al spin en el contrincante a batir en su vida, su hermana Diane se enfrenta a la incertidumbre arrojándose en brazos de una religiosidad apocalíptica.  Tyler, por su parte, aun médico graduado, no puede evitar acabar orbitando en torno a los Lawton, como observador casi pasivo y cronista de los que quizás vayan a ser los últimos años de la humanidad… a no ser que alguno de los alocados planes de Jason se vean coronados con el éxito.

El autor emplea una estructura narrativa bastante simple, alternando breves interludios cronológicamente situados al final de la historia con extensos flashbacks que la hacen avanzar de hito en hito desde misma noche en que se amortajaron las estrellas. Esto entraña ciertos peligros que no sabe esquivar del todo (por ejemplo, es difícil crear tensión ante un peligro mortal que se cierna sobre un personaje del que sabemos con total seguridad que años después seguirá vivito y coleando), pero en general sabe equilibrar la información para ir tentando al lector a continuar sin asustarlo demasiado. Le confiere además a la narración cierto aire al típico bestseller noventero, cuyas características más relevantes “Spin” imita sin rubor.

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Como apuntaba al principio, esta estrategia le ha valido todo tipo de elogios, llegando a ser aclamada como un título fundamental del género. Sinceramente, no tengo ni idea de los porqués de tanta adoración, pues personalmente la novela me ha parecido bastante ramplona y, sobre todo, rácana como pocas a la hora de ir desgranando sus ideas (que tampoco son para lanzar cohetes).

Ante todo, debo oponerme frontalmente a la aseveración de que “Spin” de ciencia ficción hard. Nada más lejos de la realidad. La ciencia brilla por su ausencia, e incluso en ocasiones es cruelmente vapuleada. Ya para empezar el autor confunde a los mellizos, bivitelinos, con gemelos univitelinos… Comprensible quizás porque para los ingleses ambos son “twins”, pero es que a partir de ahí no apunta una al blanco, limitándose a inventarse una membrana mágica cuyas mismas propiedades van ajustándose sobre la marcha para acomodarse a las necesidades del momento (lo cual no evita errores lógicos gravísimos como el que los satélites lanzados a su través vuelvan a caer casi al instante en tiempo terrestre, al declinar su órbita en tiempo universal, ¡justo por el mismo punto en que atravesaron la membrana inicialmente!).

Lo siento, pero utilizar terminología que suene a científica no implica que detrás haya ciencia de verdad, ni siquiera pensamiento científico (la pertinencia de lo primero podría discutirse para aplicar o no la etiqueta de “hard”, lo segundo es impepinable).

Vale, esto no debería restar valor a “Spin” como obra de ficción, aunque el leer cosas como que es una novela hard con calidad literaria sí afecta a mi corazoncito cienciaficcionero (que siempre ha escorado bastante hacia dicho subgénero). Ya no sólo por lo comentado, sino porque también se me hace cuesta arriba encontrarle la presunta calidad.

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Si no basta con utilizar términos científicos para que la especulación sea relevante, de igual modo no es suficiente con seguir obsesivamente a un personaje para conferirle profundidad. Los tres protagonistas carecen de matices y, de hecho, su evolución es nula a lo largo de cuatrocientas cincuenta de las cuatrocientas ochenta páginas, y cuando por fin cambian (algo que ya adelantan los interludios), no viene motivado por una evolución interna, sino por un proceso artificial (y mágico, por supuesto). Por añadidura estamos anclados en el punto de vista del más soso de todos ellos (en realidad, el único que quizás podría llegar a ser interesante es Jason). En cuanto al estilo, lo definiría como resultón, sin más, evitando cualquier escollo que pudiera indigestársele al público menos lector. Robert Charles Wilson es uno más de los muchos que han intentado imitar el estilo de Stephen King, privándolo durante el proceso de toda su garra y dejándolo reducido al equivalente literario del fast food.

Para acabar con los despropósitos, la historia no concluye en modo alguno, sino que se nos emplaza para seguir la trilogía, que se prolonga por “Axis” (2007) y “Vortex” (2011), en dode se supone que se responderán todas las preguntas que quedan pendientes después de las revelaciones de la página cuatrocientos cincuenta (nada de ir construyendo poco a poco una estructura deductiva, las pocas respuestas que proporciona “Spin” asumen la forma de revelación directa y compacta).

No quiero dar a entender que la novela carezca por completo de virtudes. Algunas de las ideas que maneja, si bien no son totalmente novedosas, sí que resultan bastante sagaces (lo que hace luego con ellas ya no se me antoja tan acertado, y como otros antes que él, por ejemplo Sheffield en “La odisea del mañana“, no parece comprender cabalmente la magnitud de las escalas temporales que está manejando), pero de ahí a marcar un hito en la ciencia ficción va un trecho, y me temo que las críticas que pueden encontrarse por internet son a veces tan elogiosas que tal vez me hayan influido un poco (sobre todo creándome fuertes y defraudadas expectativas).

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También estoy un poco cansado de la noción de que es buena ciencia ficción por el mero hecho de ser asequible. De un tiempo a esta parte parecería que la máxima virtud reside en llegar a un público cuanto más amplio mejor. Y yo me pregunto: ¿Cuándo se ha equiparado comercialidad con calidad literaria? Muy desesperados debemos de estar para ir mendigando algo de atención.

Entre los nominados al premio Hugo aquel año se contaban también “Festín de cuervos”, de George R.R. Martin; “Accelerando”, de Charles Stross; “La vieja guardia“, de John Scalzi; y “Learning the world”, de Ken MacLeod.

Otras (y discrepantes) opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 14, 2013.

2 comentarios to “Spin”

  1. Me he dado cuenta de que los Hugo de 2006 son de los pocos de los que he leído todas las novelas finalistas y la ganadora, y mi opinión interesada es que _Accelerando_ de Stross es la mejor con cierta diferencia.

    • Todavía no he leído “Accelerando”, así que carezco de base suficiente para emitir una opinión bien fundamentada, aunque tengo la impresión de que podría ser la más significativa (los Hugo, aun con un poquito de retraso, suelen ser un buen termómetro de por dónde tira el género en un momento dado) por cuanto a su relevancia dentro de la más reciente corriente singularista.

      En cualquier caso, parece que Stross tiene tanta facilidad para conseguir nominaciones en los Hugo como insuficiente popularidad para cristalizarlas en premios.

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