La telaraña entre los mundos

Entre los escritores de ciencia ficción hard, provenientes a menudo del campo de la astrofísica y la ingeniería aeroespacial, son relativamente comunes los inicios tardíos en sus carreras literarias. Tal es el caso de Charles Sheffield, que debutó en el campo con cuarenta y cuatro años con la novela “La telaraña entre los mundos” (“The web between worlds”) en 1979. El detonante de este giro hacia la literatura (que compaginó con su trabajo como asesor científico para diversas compañías e instituciones llegando a ser, por ejemplo, presidente de la American Astronautic Society así como de la SFWA [Science Fiction and Fantasy Writers of America]) fue la muerte en 1977 de su primera esposa.

Este debut, para bien o para mal, estuvo marcado por una coincidencia. Ese mismo año otro autor publicó una novela sobre el mismo tema, el ascensor espacial, lo cual no hubiera tenido tanta importancia de no ser porque era la primera vez que la idea se filtraba más allá de los círculos científicos especializados… y porque ese otro autor era ni más ni menos que Arthur C. Clarke, ya por entonces leyenda viva del género. Como resultado, Clarke cosechó los premios Hugo y Nebula por “Las fuentes del paraíso” (quizás más un reconocimiento a la carrera previa antes que a la novela) y Sheffield tuvo que lidiar con sospechas de plagio (porque su libro, aun habiendo sido concluido mucho antes, acabó siendo publicado unos meses después).

Sea como fuere, Sheffield pronto se afianzó como una de las voces más importantes de la vertiente dura de la ciencia ficción, publicando hasta su muerte en 2002 alrededor de cuarenta libros, entre novelas, antologías y un puñado de obras de divulgación.

“La telaraña entre los mundos” se inscribe en la tradición del hard ingenieril, al articularse en torno a la construcción del primer ascensor espacial hacia el año 2065, momento en que, de acuerdo con el optimismo astronáutico de la época, la tecnología espacial permite la explotación comercial de los recursos mineros del cinturón de asteroides. Regulo, el hombre más rico del Sistema Solar, contrata a un brillante ingeniero, Rob Merlin, para hacer realidad su sueño de convertir los cohetes en una tecnología obsoleta. El proyecto (noción común hoy en día, pero increíblemente novedosa, hasta el punto de la incredulidad, por entonces) cosiste en tender entre la tierra y el espacio un cable de cien mil kilómetros, con un contrapeso en el extremo, que se mantiene enhiesto por efecto de la rotación terrestre.

A los problemas de ingeniería inherentes a una obra de tal magnitud y complejidad, Sheffield añade una subtrama que implica la resolución del asesinato de los padres de Merlin cuando éste aún se encontraba en el útero (la novela se inicia con los dramáticos acontecimientos anteriores a su prematuro y traumático nacimiento), con todos los indicios apuntando hacia Regulo y su médico personal, el brillante y asocial Joseph Morel (quizás una referencia a el doctor Moreau) como agentes implicados, de un modo u otro, en la antigua tragedia.

La novela, como no podía ser de otra forma, presenta carencias de autor novato (cierta desarticulación entre escenas sobre todo, y también, en mi opinión, una tendencia a sobreentender demasiados detalles en sus explicaciones físicas) y, por supuesto, los personajes son del tipo cerebral, poco dados a la emotividad (y, por consiguiente, a promover en el lector una respuesta emocional). El panorama que dibuja, sin embargo, es fascinante, plasmando el Sistema Solar Exterior como una frontera abierta a la exploración. Es imposible no contagiarse del entusiasmo con que Sheffield anticipa la aventura espacial (aunque hoy en día, cuarenta años más tarde, no podamos sino sentir cierta nostalgia por unos sueños que parecen aparcados sine die). “La telaraña entre los mundos” transmite el optimismo del ingeniero que piensa que no hay tareas imposibles, sólo diseños complicados.

De igual modo, demostrando una formación científica amplia, Sheffield se atreve con desarrollos biotecnológicos que enriquecen su futuro (con la virtud, compartida con otros ingenieros-escritores como Heinlein o Clarke, de fijarse más en la función que en el funcionamiento preciso, lo cual constituye hasta cierto punto una protección contra la obsolescencia de los conocimientos científicos de base). La lista de desarrollos anticipativos es tan extensa como ecléctica: desde topos gigantes creados mediante biotecnología hasta sistemas de extracción de mineral por fusión y rotación en los asteriodes.

Dos son, sin embargo, las joyas de la novela. Por un lado el Tallo de Habichuelas (nombre que recibe el diseño de ascensor espacial), cuya construcción acapara menos páginas de las que me gustaría, aunque los capítulos que se le dedican son espectaculares (en especial, el que refiere su traslado desde el punto de Lagrange 4 y su anclaje en posición, cerca de Quito). Por otro Atlantis, el planetoide semiartificial de Regulo (una obra “modesta”, de apenas 2 kilómetros de diámetro, pues prima la verosimilitud). Este habitáculo de maravillas (entre las que se cuenta, por ejemplo, un calamar gigante modificado mendiante ingeniería genética para la computación de datos siguiendo una lógica no humana), supone un escenario de excepción para acontecimientos deudores de “La tempestad”, de William Shakespeare (al igual que unos años antes lo fue Altair IV en la película “Planeta Prohibido”).

Siendo la comparación casi obligatoria, “La telaraña entre los mundos” constituye a mi entender una obra superior a “Las fuentes del paraíso” (aunque la novela de Clarke, como obra divulgativa, sabe traducir mejor los conceptos científicos a lenguaje asequible). Su importancia histórica es, así mismo, incuestionable. No sólo cointrodujo en el acerbo conceptual de la ciencia ficción el ascensor espacial, sino que avanzó en punta de lanza en el proceso de rehabilitación del hard, posibilitado precisamente por la irrupción en el panorama de la ciencia ficción de científicos (David Brin, Robert L. Forward, el propio Sheffield…) provenientes del campo aeroespacial, bien armados de estimulantes ideas nuevas (propiciadas en gran medida por el desarrollo en la ciencia de los materiales).

La nueva edición de AJEC se complementa con la inclusión del artículo de Cristóbal Pérez-Castejón “Ponga un ascensor en su planeta” (publicado originalmente en 1999), que detalla tanto aspectos técnicos del ingenio como su empleo en la ciencia ficción. Todo ello convenientemente actualizado para la ocasión (aunque me gustaría añadir al listado de aportaciones españolas al concepto una referencia obligada a “El triángulo D“, publicado por Manuel Buil hace un par de años en la misma editorial).

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “La telaraña entre los mundos” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 29, 2012.

7 comentarios to “La telaraña entre los mundos”

  1. Leí “la telaraña…” en su versión de Nova , en los noventa, y recuerdo que me gustó mucho. Clarke bromeaba con que algunas de las ideas de Sheffield sobre cómo tender su “telaraña” eran demasiado bestias para ser aplicables en la realidad… pero bueno, serían grandes escenas para una hipotética película :)

    • La verdad es que el procedimiento de anclaje jamás sería aprobado por nadie en su sano juicio… en tiempo de paz, al menos. Ahí le pudo a Sheffield la visión de ingeniero. ¡Pero qué imágenes conjura!

  2. En comparación, la novela de Clarke sobre el mismo tema era más pausada, más reflexiva, más objetiva, más científica… vamos, más aburrida :)

    • Uf, no puedo compartir la identificación científica/aburrida. De hecho, creo que Sheffield es más científico, en el sentido de que sus especulaciones no están tan atadas a especificaciones técnicas concretas (un problema de ingeniería antes que de ciencia teórica). Clarke optó por la plausibilidad, mientras que Sheffield se permitió soñar a lo grande.

      Además, el mayor problema de “Las fuentes del paraíso” reside en las digresiones (acerca de la historia de Ceilán, el conflicto ciencia/religión…), que en teoría deberían servir de armazón estructural para el tema central pero que acaban resultando bastante anodinas (un lastre, vamos).

  3. Yo tampoco identifico por norma general el término “científico” con aburrimiento, porque hay muchas novelas hard que me encantan. Pero en el caso de “las fuentes del paraíso”, sí que es cierto que es una novela de charlas y conversaciones y mítines, más que de imágenes potentes. Ojo, con esto no quiero decir que sea mala, pero la otra es más entretenida porque además de la charla pseudo-científica del hard también le mete escenas de tensión.

  4. Hola, me acabo de encontrar de casualidad (como suele pasar en estas cosas) con este blog. He leído con gusto varias entradas y quería dar mi enhorabuena al autor. Seguiré leyendo mas entradas.
    Sobre el tema en cuestión, charles Sheffield es uno de mis autores preferidos. A mi entender une su formación técnica a una forma de escribir mas que aceptable. Le recomiendo sin dudas otras novelas del mismo autor que bajo mi punto de vista son muy superiores a las dos que están relacionadas en este blog.
    Un saludo

    • Gracias, encantado de tener un nuevo lector.

      Respecto a Sheffield, el problema es que la mayor parte de su obra está descatalogada (o inédita) y hay que bucear en librerías de ocasión (u optar por la versión original) para catarlo. Tengo por la Pila “Entre los latidos de la noche”, para cuando encuentre tiempo. ¿Alguna recomendación en particular?

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