Doctor Rat

En 1977 William Kotzwinkle ganó el World Fantasy Award con “Doctor Rat”, una fábula satírica contra el maltrato animal, que presenta a grandes rasgos dos líneas narrativas separadas. Por un lado, la que da título a la obra, se centra en un laboratorio de investigación, donde el personaje epónimo es un espécimen experimental, al que las pruebas a las que se ha visto sometido han vuelto loco, hasta el punto de convertirlo, al menos en su mente, en colaboracionista con los científicos humanos que torturan a los animales por mor de la ciencia (o de las subvenciones). Por otro, tenemos una gran rebelión mundial de los animales, que sometidos a todo tipo de infamias escuchan una llamada mística hacia una unión espiritual a la que, en principio, también está invitado el hombre.

No es mala premisa. El problema es el enfoque, porque durante buena parte del libro “Doctor Rat” no es sino una sucesión de viñetas en las que el autor se entrega de forma apasionada a la denuncia, a través de fragmentos descriptivos breves de tortura animal (ya sea en el laboratorio, en granjas o en zoos), y a la postre hasta los delirios del Doctor Rat, un personaje a partes odioso (por sus acciones) a partes trágico (por el sufrimiento que, adivinamos, transformó su psique) se vuelven repetitivos e inconexos.

Se trata de una sensación a la que no ayuda precisamente un fervor animalista (humaníaco, según la terminología más usual en los EE.UU.) desatado, que no duda en utilizar la hipérbole, la mentira (los supuestos experimentos científicos que describe no tienen ni pies ni cabeza; constituyen más bien un ejemplo de que no hay imaginación más sádica que la de alguien con un mensaje que transmitir; y, por supuesto, los sentimientos de los animales se presentan del modo más antropomorfizado y sensiblero posible) y unos paralelismos evidentes con el Holocausto que revisten una dudosa moralidad (hay horrores que no son susceptibles de ser utilizados como un mero símil, sin importar la causa). Lo siento, pero hay un límite incluso para la alegoría, y cuando la libertad del lector queda tan limitada que hay una única interpretación posible, estamos entrando en el terreno del panfleto.

A partir de la mitad del libro más o menos, la cosa mejora un poco, porque empieza a centrarse en la revolución dentro del laboratorio (filtrada a través de la perspectiva lunática del Doctor Rat) y en la gran reunión de todas las especies, y he de admitir que alguna de las microhistorias resultan intrigantes (como la del concierto compuesto e interpretado con la intención de conectar con las ballenas o la historia casi mítica del Perezoso Supremo), pero en su conjunto sigue careciendo de argumentos para convencer a cualquiera que no esté ya entregado a su ideología.

¿Por qué, entonces, pudo hacerse con un premio como el World Fantasy? (que, eso sí, era todavía relativamente bisoño, pues se encontraba en su tercera edición). Sospecho que tuvo que ver con la especial vigencia de las ideas que defendía. El movimiento animalista (o, con mayor propiedad, pro derechos de los animales), había arrancado en su encarnación moderna a principios de los setenta gracias a la labor del Grupo de Oxford, y la discusión en torno a los planteamientos éticos y legales del maltrato animal se había extendido con rapidez, alcanzado quizás su madurez con la publicación en 1975 de “Animal liberation”, de Peter Singer.

“Doctor Rat” llega a la estela no solo de todo esto, sino también del desencanto y el sentimiento antigubernamental auspiciado por la Guerra del Vitenam (explícitamente referenciada en la novela, sobre todo en su último tercio, cuando le rebelión animal adquiere tintes claramente anticapitalistas y se menciona el desarrollo de armas químicas y bacteriológicas en ese laboratorio de los horrores que imagina Kotzwinkle). Tal vez por ello obtuvo suficiente apoyo para hacerse con un premio que, al menos aquel año, contaba con un plantel de candidatos de altura.

Aparte de la novela debut de Ramsey Campbell, “El muñeco que se comió a su madre” (el terror nunca alcanzó excesivos éxitos en el World Fantasy, así que no es de extrañar que en 1987 se crearan los Bram Stoker), había candidatos tan fuertes como “Dark Crusade“, una novela de Kane, el espadachín místico, de Karl Edward Wagner; el segundo (por orden de edición) de los libros de Elric de Melniboné, de Michael Moorcock (“Marinero de los mares del destino“); o sobre todo el original arranque de la serie de Gordon R. Dickson de Hombres y Dragones, “La torre abominable“.

Pero aun prescindiendo de todo ello (porque es bien cierto que a lo largo de su historia el premio tampoco se caracterizó por distinguir ese tipo de fantasía), quedaba todavía un peso pesado en el quinteto de candidatos: “Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros”, la reescritura modernizada de “Le mort d’Arthru” de Thomas Malory  por parte del premio Nobel John Steinbeck (aunque se trata de la edición póstuma de una obra parcial, pues el autor, que la había comenzado en los cincuenta, nunca llegó a completarla).

El caso es que la ganadora fue “Doctor Rat”… pero es un producto tan inusual y tan apartada de las corrientes habituales del género que han tenido que pasar más de cuarenta años para verla finalmente traducida (y en una colección ajena al fantástico, que ya recuperó previamente su mayor éxito, la novela corta “El nadador en el mar secreto”, sobre el modo en que una pareja se enfrenta al dolor por la pérdida de su hijo nonato).

En cuanto a Kotzwinkle, veinte años después cosechó otra nominación al World Fantasy por “The bear went over de mountain”, pero es conocido sobre todo por escribir (entre otras) la novelización de la película “E.T.” (1982; junto con una secuela en 1985), así como por sus libros infantiles.

Otras opiniones:

~ por Sergio en mayo 23, 2020.

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