Pícnic junto al camino

Haciendo repaso de las críticas a libros de ciencia ficción en Rescepto (o en cualquier otro sitio) podría dar la impresión de que no existe cifi más allá del mundo anglosajón (por estos lares prestamos atención a nuestra producción local, pero ésta no tiene apenas repercusión fuera de nuestras fronteras).

En fin, parte de razón hay en todo esto. El anglófono es uno de los pocos mercados que permiten la profesionalización y el único con proyección internacional, y así ha sido durante toda la historia del género, con desequilibrio más acusado incluso. Son contados los autores que, sin ser el inglés su lengua de trabajo, han logrado alcanzar distribución internacional (independientemente de que en sus propios países puedan tener más o menos éxito, que el exacerbado ninguneo intelectual español a todo lo que huela a fantástico es un lastre que otras culturas no arrastran).

Entre las excepciones nos encontramos a tres escritores del antiguo bloque comunista, cuya popularidad en occidente podría achacarse en parte al cine (un camino similar al recientemente emprendido por Sergei Lukyanenko), y más especificamente a Andréi Tarkovski, quien adaptó a la gran pantalla “Solaris”, de Stanislaw Lem (en 1972) y “Pícnic junto al camino”, de los hermanos Strugatski (en 1979, como “Stalker”).

Arkadi y Borís Strugatski son dos de los escritores de ciencia ficción más famosos de Rusia y quizás los más importantes de la etapa soviética. Arkadi, el mayor, fue lingüista (especializado en idiomas orientales), mientras que Borís se hizo astrónomo. En torno a 1958 comenzaron una fructífera carrera literaria, que se prolongó por una veintena de novelas, varias novelas cortas y seis antologías, firmadas casi todas ellas a duo, por lo que lo habitual es mencionarlos como “los hermanos Strugatski” y considerarlos a todos los efectos un autor único.

Su obra más famosa y traducida es precisamente “Pícnic junto al camino” (Piknik na obochine, 1972) (también editada en Argentina como “Pícnic extraterrestre”).

La novela trata sobre una de seis Zonas o enclaves en los que, en algún momento de los años 70, unos extraterrestres llegaron, llevaron a cabo alguna actividad ignota y partieron menos de veinticuatro horas después sin haber sido detectados. Los escenarios (y habitantes cercanos, si los había) de estos acontecimientos quedaron inexplicablemente alterados, en formas que desafían cualquier explicación científica, y multitud de objetos alienígenas, de propósito ignoto, quedaron desperdigados (supuestamente abandonados) por doquier en estas limitadas ubicaciones. Aunque estos restos de presunta tecnología ultraavanzada pudieran resultar golosos, lo cierto es que las Zonas son extremadamente peligrosas, pues en su interior las trampas (¿inintencionadas?) abundan y las mismas leyes físicas pueden llegar a quedar en suspenso. En los seis enclaves, las fuerzas policiales se despliegan para impedir el acceso incontrolado y se crean institutos científicos para tratar de desentrañar sus misterios (y obtener así un provecho militar o político, claro).

El problema es que no todo el mundo puede aventurarse en una Zona. Se requieren unas personas muy especiales, altamente intuitivas, capaces de sortear sus innumerables peligros: los stalkers (entre los cuales, por cierto, el ratio de supervivencia tampoco es muy alentador). Como suele ocurrir en estos casos, en las poblaciones limítrofes pronto se desarrolla un mercado negro de artilugios alienígenas, con los stalkers arriesgando sus vidas para entrar de noche en las Zonas y lograr extraer, con suerte, algún elemento valioso que vender al mejor postor (incluso a las propias instituciones científicas, que a menudo miran para otro lado cuando les conviene).

La novela, dividida en cuatro partes, tiene como protagonista principal a Redrick “Red” Schuhart, un stalker de la Zona de Canadá. Junto a él vamos descubriendo los peligros y maravillas dejados atrás por los misteriosos alienígenas. Red es un personaje ambiguo, un tipo de frontera, un canalla oportunista, marido y padre abnegado, buen amigo y traidor. La misma desesperación que le obligó a hacerse stalker mueve sus pasos por un sendero de grises éticos que ni él mismo es capaz de discernir. Todas estas contradicciones alcanzan masa crítica en el último segmento, en el que, acompañado de otro stalker (hijo de un antiguo colega), se adentra hasta lo más recóndito de la zona a la búsqueda de la Esfera Dorada, un artilugio mítico que, según se dice, concede cualquier deseo a quien se planta frente a su reflectante superficie.

Por encima de cualquier otra consideración, destacaría que “Pícnic junto al camino” es una lectura diferente. Se nota que el contexto cultural que la alumbró es diametralmente opuesto a lo que estamos acostumbrados a leer en la cifi anglosajona. Un ambiente como el descrito podría haber dado para grandes escenas de acción. Sin embargo, los Strugatski prefieren un enfoque más resposado (aunque no por ello menos fascinante). Otra diferencia es que se cuidan mucho de mostrar abiertamente todas sus cartas.

Escribir bajo una rígida censura no es nada fácil, así que, salvo por la metáfora que da pie al título (compara a los seres humanos con insectos que se reúnen en torno a los restos de un pícnic dejado por seres absolutamente incomprensibles), el resto de interpretaciones quedan mucho más insinuadas. Así pues, es posible detectar críticas a la burocratización y politización de la ciencia, e incluso no ha faltado quien ha comparado la labor de los stalkers con la de aquellos ciudadanos que introducían en el bloque soviético de contrabando las maravillas de occidente. Por supuesto, una interpretación más cercana al ideario comunista podría ser la denuncia de los extremos a los que puede llevar el afán por comerciar con unos bienes tan peligrosos.

El caso es que todo esto, aun pudiendo ser cierto, me da que es más bien reflejo de algo mucho más primario. “Pícnic junto al camino” examina al ser humano, y lo hace reescalándolo, apeándolo de su posición predominante, transformándolo en hormiga frente a los por siempre incognoscibles extraterrestres. Ahí se nos revela un ser contradictorio, capaz de lo peor y de lo mejor, que anhela albergar en su interior una bondad que compense las decisiones inmorales que se ve “obligado” a tomar (o, al menos, que busca justificar de tal modo su inmoralidad). Un hombre, concretizado en Red, que busca solucionar sus problemas reincidiendo testarudamente en las mismas acciones y actitudes que para empezar los provocaron.

Quizás en ese sentido la Esfera Dorada sea un objetivo de cualidad casi mística, un grial capaz de conceder no sólo los deseos, sino, más importante todavía, la absolución. Quizás también sea apropiado que para alcanzarla Red se vea obligado a caer más bajo que nunca, y que nosotros, como lectores, quedemos a la postre en la ignorancia sobre cuál es el veredicto final.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 4, 2011.

6 comentarios to “Pícnic junto al camino”

  1. Qué bueno que hayas recordado a los Strugartsky. Es cierto, “Picnic al costado del camino” es una de sus obras más conocidas, pero no tienes que olvidar “Qué difícil es ser dioses”, que también tuvo bastante difusión en español (recuerdo por lo menos dos traducciones) y una adaptación al cine de Jean-Claude Carrière, producida por los alemanes y bastante pesada, por cierto.
    Respecto de “Picnic…”, aparte de lo que tú tan bien señalas, cabe destacar además el sutil humor más o menos soterrado, cosa que se pierde totalmente en la solemne, metafísica, trascendente y personal apropiación (que no adaptación) de Tarkovsky.

    Es curioso ¿no? cómo cuando existía el bloque soviético estábamos más al tanto que ahora de su producción de s-f. Bien por las ediciones de Mir, o la recordada antología que salió por Brughera, o algún cuento retraducido de “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”. Nombres como Efemov, Dnieprov, Dundistev, Tolstoy o Zulareva no nos eran desconocidos. Hoy, en cambio, ¿qué sabemos?

    Aprovecho para desearte un muy buen 2011, agradecerte el blog y pedirte que retomes tus reseñas de la obra del gran Samuel Dalaney, que tanto placer me han dado, por su calidad y porque me permitieron recordar lecturas que ya tenía un poco desdibujadas.
    Eso, gracias.

  2. Gracias, Vivaldo.

    Cierto, “Qué difícil es ser dios” también es relativamente accesible (aunque ya hace bastante de la última edición). Quizás sea más fácil encontrar los títulos que publicó Gigamesh (y que no se vendieron bien): “Ciudad maldita” y “Destinos truncados”.

    Respecto a la producción rusa actual, lo cierto es que nos sigue llegando a impulsos del cine. El último autor en beneficiarse ha sido Sergéi Lukiánenko, con la trilogía de los guardianes. Anteriormente, Minotauro se atrevió, con poca fortuna, con la serie del Mundo de Yeho de Max Frei, seudónimo de Svetlana Martynchik e Igor Stepin, y algo más de éxito tuvo Kiril Yeskov con la traducción de “El último anillo” en Bibliópolis.

    Respecto a Delany… me temo que no tengo ninguna otra obra suya en la recámara, así que no creo que aparezca de nuevo por Rescepto a corto o medio plazo (claro que un afortunado hallazgo en algún saldo podría cambiar la situación).

  3. Me gustó mucho esta novela, que leí en la traducción al catalán (directamente del ruso, y que tiene fama de ser mejor que las de castellano).

  4. Creo que Stalker es una de mis películas favoritas. Una de esas que, cuando las terminas de ver, te quedas sin habla y no es hasta pasado unos días que la vas digiriendo, poco a poco. Desde entonces tengo ganas de poder leer esta novela.

    ¿Existe alguna edición más o menos encontrable?

  5. Me temo que sólo existen dos ediciones en español, ambas bastante difíciles de localizar a estas alturas. La primera (con el título “Pícnic extraterrestre”) es de 1977, por parte de la editorial argentina Emecé. La más reciente, la de Nova (2001) fue saldada hace unos años. En la entrada utilizo las dos portadas.

    “Stalker”, la película, se desmarca bastante del libro (pese a que los Strugatsky participaron en la elaboración del guión; en cualquier caso es, sobre todo, una obra de autor). Sería una adaptación bastante libre de la última parte de la novela.

  6. […] ya lo relataron de distintas formas tanto Stanislaw Lem en Solaris como los hermanos Strugatski en Picnic junto al camino y viene a resumirse en una idea que tampoco es que sea el colmo de la novedad, aunque sí muy […]

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