Dark Crusade

En 1976 Karl Edward Wagner publicó la tercera novela de su espadachín místico, Kane, recuperando la espada y brujería de Robert E. Howard con un personaje que, presentando muchos puntos en común con Conan, posee su propia identidad diferenciada. Así, Kane es un hombre inmortal (relacionado con la leyenda de Caín), que vaga por el mundo dejando un rastro de muerte y destrucción a su paso. Tan poderoso en el uso de las armas como en la hechicería, su existencia constituye una sucesión de empresas violentas a través de las cuales trata de dar sentido a una vida prolongada más allá de toda medida.

A priori, hay en Kane material para el análisis filosófico, pero Karl Edward Wagner está demasiado interesado en la estética para que todo ese sustrato sea algo más que un barniz superficial, algo que caracteriza, pero no motiva realmente al personaje (inspirado también, según confesión del autor, en “Melmoth, el errabundo”, de Charles Maturin). Esa superficialidad queda muy de manifiesto en “Dark Crusade”, la historia de una campaña salvaje de conquista contra las ciudades-estado del continente sureño, abordada por el otrora bandolero Orted Ak-Ceddi, avatar del antiguo dios Sataki, que tras décadas de decadencia ha encontrado un resquicio para intentar implantar de nuevo su imperio oscuro en el mundo.

Fiel a su individualismo, Kane ha pasado de intrigar como general en una de las ciudades estado más importantes de la región a buscar un modo de vengarse cuando su principal rival lo desenmascara y lo obliga a exiliarse. El masivo aunque desorganizado ejército de Sataki, embarcado en su Cruzada Oscura, constituye el arma pefecta para cumplir sus ambiciones, así que le ofrece sus servicios como general experimentado, aunque pronto queda de manifiesto que sus intereses no son realmente comunes.

Se nota que Karl Edward Wagner estudió con cuidado las tácticas de guerra con caballería pesada antes de escribir la novela. Se nota quizás demasiado, pues a menudo se emociona con su propia épica, y todo cuanto no son batallas se antojan por momentos interludios fastidiosos pero necesarios para llevar a Kane de tal a cual combate. Y hablando de Kane… su plasmación como evidente encarnación de una fantasía compensatoria da por momentos hasta un poco de vergüenza ajena. Es el mismo arquetipo de acabaría transformándose en He-Man, casi una parodia involuntaria de masculinidad exacerbada (más o menos en la línea del Den de Richard Corben).

Hay en “Dark Crusade” elementos sugerentes, como indicios sobre otros planos de la realidad (de donde provienen los dioses) y apuntes hacia el análisis del fanatismo, pero a la postre todo queda supeditado a mantener la tensión a intensidad máxima, sin modulaciones. Incluso el estilo se fundamenta en la misma filosofía de darlo todo en todo momento, con descripciones barrocas, violencia estilizada y vocabulario especializado (para armas y pertrechos militares sobre todo, aunque etimológicamente tal riqueza léxica no ofrezca una visión sincrónica coherente).

Esa ausencia de autocontrol es una pena, porque si algo sabe Karl Edward Wagner es recuperar el estilo de la espada y brujería clásica, y los intentos de enriquecer la trama con giros de cierto calado están ahí, insinuados. De igual modo, es de agradecer el propósito de ampliar la perspectiva, ofreciendo capítulos desde el punto de vista de diversos personajes (Orted Ak-Ceddi, el general rival Jarvo o una joven feriante, atrapada en el conflicto) a la postre, sin embargo, la resolución simple del combate frontal acaba imponiéndose siempre, dejando la novela reducida a una serie de viñetas bélicas bastante logradas, engarzadas por la más tenue de las excusas argumentales. La idea central es que no importa cuánto se esfuerce, al final las ambiciones de Kane serán víctimas de su propio éxito como agente de la destrucción.

Entonces llegamos al capítulos final, “In the lair of Yslsl”, que en realidad constituye un cuento independiente (publicado dos años antes en la revista Midnight Sun), que resulta al mismo tiempo más interesante (por el modo en que enfrenta a Kane a una serie de pruebas) y desconcertante, por cuanto rompe por completo con el tono e incluso la continuidad de la novela y le otorga un final truncado, que no resuelve realmente nada (lo cual, todo sea dicho, no es incongruente con el mensaje global).

“Dark Crusade” nos ofrece el relato de un episodio de violencia salvaje, alimentada por el fanatismo religioso y la ambición, que no resuelve absolutamente nada, sino que se limita a extender la miseria y la muerte, asolando toda una región. En ese contexto, puede entenderse la esencia de Kane como un catalizador, cuya misión consiste meramente en acelerar una reacción que se llevaría a término de igual modo sin su auxilio, y que al terminar ésta sale de escena sin haber cambiado ni un ápice. La personificación pura de los instintos más brutales del ser humano.

No es poca cosa, aunque las elecciones estéticas de Karl Edward Wagner no permiten que la narración pierda tiempo en describir las penurias de la gente corriente (todo lo más, son carne de espada en las batallas… y carroña después de ellas). Salvo a Kane, utiliza y desecha a sus personajes sin dedicarles un segundo pensamiento. Son piezas sacrificables, que no merecen más atención de la justa, y aún tienen suerte, porque hay otros cuyo objetivo parece ser tan sólo ofrecer un poco de color, pero que finalmente, por encontrarse demasiado en la periferia de la acción, quedan como meras hebras sueltas en el tapiz (algo que afecta incluso a los dos antagonistas principales). Todo un potencial desperdiciado, sacrificado en el altar de Kane.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 27, 2017.

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