Marinero de los mares del destino

Elric, el emperador albino de Melniboné, presenta una tortuosa historia editorial. Fue creado en 1961 para la novela corta “La ciudad soñadora”, y a lo largo de los tres años siguientes Michael Moorcock completó el ciclo original, que comienza con su intento por recuperar el trono, usurpado por su primo Yyrkoon, y concluye con su fatídica muerte. Eso no constituyó, sin embargo, el final de sus peripecias, pues a lo largo de los años (y décadas) siguientes, Moorcock siguió completando su historia, escribiendo lo que a todos los efectos son precuelas, los cimientos que deben conducir necesariamente a ese final predestinado.

Fue en 1972, después de haber lanzado ya varias antologías recopilatorias, cuando publicó la que sería la primera novela de la serie, “Elric de Melniboné“, seguida en 1976 por la segunda, “Marinero de los mares del destino” (“The sailor on the seas of fate”), que a su vez reutilizaba, adaptados, textos publicadas con anterioridad (como la novela corta “The Jade Man’s eyes”, de 1973). Así, en la primera edición cronológica del ciclo (de DAW Books, en 1977), este título ocupó la segunda posición (de seis). Ahí no acaba todo, porque mucho más tarde, entre 1984 y 1991, Moorcock escribió otras tres novelas, incluyendo “La fortaleza de la perla”, que acabó reclamando la segunda posición del ciclo de Elric, relegando a “Marinero de los mares del destino” a la tercera (y aun después, compuso una nueva trilogía con el personaje, aunque como implica viajes en el tiempo y entre universos su inserción en la cronología principal de nueve libros).

El caso es que ni siquiera todo este lío de ediciones es suficiente para comprender cómo “Marinero de los mares del destino” se imbrica en el corpus literario de Moorcock, porque parte de su razón de ser es precisamente entrelazar a Elric con el superciclo del Campeón Eterno, dentro de su marco conceptual del Multiverso.

Así, la primera de las tres aventuras en que, literalmente, se embarca el albino, titulada “Navegando hacia el futuro”, lleva a Elric a bordo de un extraño barco, donde ya se encuentran otras tres reencarnaciones del Campeón Eterno, la plasmación de un mismo héroe arquetípico en los distintos universos. Allí están Erekosë (protagonista de tres novelas, empezando por “El campeón eterno”, de 1970), Corum (protagonista de un par de trilogías entre 1971 y 1974) y Dorian Hawkmoon (protagonista de las series del Bastón Rúnico, 1967-69, y las Crónicas del Castillo de Brass, 1973-75), junto con una serie igualmente arquetípica de compañeros (pues no puede haber héroe sin compañero). Han sido convocados por la Balanza, la fuerza que media por que ni el Orden ni el Caos se impongan, para conjurar una amenaza de más allá del Multiverso, la invasión de los hechiceros hermanos Agak y Gagak, que planean absorver toda la energía de las múltiples realidades dejando tras de si un páramo estéril.

En esta narración con resonancias cósmicas (tan del gusto de los setenta), Moorcock elabora su concepto del Multiverso y del héroe que se repite una y otra vez en distintas encarnaciones, acompañado por una serie de elementos recurrentes, bien sea en la forma de compañeros/amores, bien en sus armas. De igual modo, rompe, como hizo M. John Harrison en “Caballeros de Viriconium” (1971), con la idea de un espacio físico concreto e inmutable y una línea temporal clara y bien definida, proponiendo la existencia incluso de versiones imperfectas de la ciudad mística de Tanelorn. Por desgracia, como suele ser la norma, las ideas están muy, muy por encima de la ejecución, algo que queda especialmente de manifiesto en un clímax confuso, que desaprovecha por completo el potencial literario de la premisa.

Desde ahí, enlaza de un modo un tanto brusco con “Navegando hacia el presente”, en la que Elric desembarca en un plano diferente al suyo propio y debe buscar la puerta carmesí que podría devolverle a su mundo. Lo que no sabe es que allí, en una realidad que parece ser el sumidero de muchas otras, uno de sus antepasados, el brujo melnibonés Safix D’Aan, porfía por capturar a la que cree reencarnación de su antiguo amor (no correspondido). Encuentra además allí a uno de esos compañeros arquetípicos, el conde Smiorgan el Calvo, que colaborará con él en el enfrentamiendo contra el tenebroso hechicero.

Superado este escollo y de regreso por fin a su mundo, Elric y Smiorgan se ven reclutados casi a la fuerza en “Navegando hacia el pasado” (la narración previamente conocida como “The Jade Man’s eyes”) por el duque Avan Astran, que lidera una expedición hacia la antiquísima e ignota ciudad de R’lin K’ren A’a, hogar de los ancestros de los melniboneses, antes que se aliaran con Arioch, el señor del Caos, y fundaran la Ciudad Soñadora en la Isla del Dragón. Aparte de las motivaciones de su patrón ocasional, lo que mueve a Elric es, sobre todo, el ansia de conocer el pasado de su raza, para tratar de desentrañar las pautas ancestrales que influyeron en la evolución del carácter de su pueblo, con la esperanza quizás de revertir la decadencia que le adivina.

Lo que encontrará entre aquellas antiguas ruinas, sin embargo, es al mismo tiempo más y menos de lo que esperaba, y constituye la parte del libro que más claramente ejerce la función de precuela (aunque hay muchos elementos de “Navegando hacia el futuro” que de igual modo anticipan lo que está por llegar; lo cual, recuerdo, llevaba ya una década fijado).

“Marinero de los mares del destino” se lee con agrado. Moorcock domina lo suficiente su oficio para ofrecer una lectura servicial, aunque no en modo alguno excelsa. Carece del vigor narrativo de Howard, así como de los recursos necesarios para sacar todo el partido posible a los elementos fascinantes con los que juega. Incluso en las más cruentas peleas, en medio de conjuros arcanos o frente a maravillas imposibles, su prosa se mantiene plana, quizás por huir de la hiperadjetivación que lastraba a muchos de los primeros cultivadores de la espada y brujería. A la postre, sin embargo, el mayor obstáculo que debe superar la novela se origina en los mismísmos fundamentos filosóficos de la obra, pues a fuerza de arrebatarle a Elric toda agencia sobre su propio destino, acaba deviniendo en un personaje pasivo, cuya voluntad apenas influye en el devenir de la historia (que recuerde en este momento, solo en una ocasión a lo largo de los tres fragmentos llega a dar muestras de iniciativa personal, más allá de seguir el camino prefijado por otras voluntades, a menudo ignotas, o peor, por las circunstancias).

Esta característica del emperador albino tal vez sea la que frustra tanto a los lectores más maduros, mientras que un adolescente puede identificarse con facilidad con la angustia existencial del Elric, que en el fondo es alguien que ha partido de un entorno seguro pero poco estimulante para encontrar sentido a su vida (un conflicto con el que los jóvenes pueden identificarse sin problemas). Lástima que por debajo de esa fachada no haya nada más, ninguna respuesta, ninguna exploración vital significativa. Elric es un personaje que nació constreñido por su destino y las secuelas pueden tal vez aportar mayor definición al camino, pero por pura lógica carecen de la posibilidad de explorar territorios nuevos y, quizás, más estimulantes.

“Marinero de los mares del destino” fue finalista del Premio Mundial de Fantasía de 1977 que ganó William Kotzwinkle con “Doctor Rat“, mientras que también estaban nominadas las superiores “Dark Crusade“, una novela del personaje de espada y brujería Kane, de Karl Edward Wagner, y la magnífica vuelta de tuerca sobre las historias de dragones “La torre abominable“, de Gordon R. Dickson. Solo dos años después, sin embargo, Moorcock se resarciría al llevarse el galardón por “Gloriana“.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en mayo 28, 2020.

5 comentarios to “Marinero de los mares del destino”

  1. Tengo recuerdos mezclados. De cosas chocantes viniendo de leer a Tolkien y de no entender las tramas. Creo que las sagas de Corum y Dorian eran más redondas.
    No sé si algún día me animaré a releerlos.

    • Tengo sendas ediciones omnibus de la trilogía de Corum y la serie del Bastón Rúnico, pero todavía no me he animado a leerlas. Con Moorcock, me tomo un tiempo entre lectura y lectura.

  2. Completamente de acuerdo. Leí el ciclo de Eric siendo adolecente y me fascino. Años después lo volví a leer y fue una gran desilusión. También estoy de acuerdo que de las distintas encarnaciones del campeón eterno Eric es el más débil. Pero el resto no es ninguna maravilla.

    • Mi introducción a Moorcock fue a los veintilargos, así que nunca llegué a leerlo con esa perspectiva que quizás sea la idónea. El propio autor creó el personaje a los veinte años, así que supongo que era inevitable que acabara siendo demasiado simple. También afirmó que prefería pasar a la historia como un mal escritor con buenas ideas, antes que como un buen escritor con malas ideas (como pullita hacia Tolkien, el sentido de cuya obra tergiversaba de mala manera, analizándola a través de su posicionamiento filosófico). Supongo que se puede decir que objetivo cumplido.

  3. Muchas gracias por la respuesta. Estoy plenamente de acuerdo. Es un problema similar a Abercrombie (aunque este último es mucho mejor escritor): la creencia que hacer lo contrario a Tolkien es salir del molde Tolkiano.

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