Conde Cero

William Gibson no tenía la menor intención de escribir una continuación de “Neuromante“. Al menos a priori. Una vez constatado el éxito, las presiones debieron hacerse insostenibles (sobre todo desde una perspectiva económica). Así pues, apenas dos años después de la publicación de aquélla, en 1986, salió al mercado “Conde Cero”, la segunda entrega de lo que acabaría constituyendo la trilogía del Sprawl (completada con “Mona Lisa acelerada” en 1988).

Eso sí, se trata de una continuación más temática que directa (aunque algún personaje secundario repite y se referencian acontecimientos tanto de “Neuromante” como de cuentos anterioes, recopilados ese mismo año en la antología “Quemando cromo”). El eje central de la trilogía es la evolución de la Inteligencia Artificial surgida en el ciberespacio (una alucinación cibernética consensuada a nivel global). Así pues, si la primera novela examinaba el nacimiento de la IA autónoma (Neuromante y Wintermute), en “Conde Cero” empiezan a establecerse las bases de la relación entre la vieja inteligencia (los humanos) y la nueva (los fantasmas del ciberespacio). Según la visión del autor, este primer contacto no se verifica en modo alguno en plano de igualdad, sino que encajará en el molde de la sumisión religiosa.

La novela arranca unos siete años después de los acontecimientos narrados en “Neuromante”, y se desarrolla en tres hilos independientes que sólo intersecan (más o menos) al final. El primero tiene como protagonista a Turner, un mercenario especializado en supervisar defecciones de investigadores y directivos de alto nivel entre zaibatsus (megaconglomerados empresariales transnacionales, con riqueza y poder superiores a cualquier estado). Su misión consiste en mediar la deserción de Mitchell, el inventor de un revolucionario biochip, de Maas a Hosaka. Sin embargo, todo sale mal, y se encuentra huyendo, no sabe bien de quién, en compañía de Angie Mitchell, la hija del científico, cuyo cerebro parece haber sido modificado por su progenitor con fines misteriosos.

Mientras tanto, en Bruselas, Marly Krushkova es una marchante de arte caída en desgracia por un escándalo relacionado con una falsificación (siendo ella culpable únicamente de ingenuidad). Su suerte adversa parece cambiar cuando es contratada por Josef Virek, la mayor fortuna individual del mundo, para localizar al artista responsable de unas cajas que han empezado a filtrarse al mecado. Pronto, sin embargo, llega al convencimiento de que su jefe, recluido desde hace años en tanques de crecimiento que le mantienen con vida pese a ser presa de múltiples cánceres, tiene motivos ocultos para encargarle esa tarea. Mas de poco le sirve tal conocimiento, pues se encuentra atrapada en una red como sólo un poder económico más allá de toda comparación puede tejer.

Por último, en Barrytown, un pequeña ciudad-arrabal, Bobby Newmark (bajo el nick de Conde Cero) está dispuesto a iniciar su carrera como vaquero del ciberespacio. Por desgracia para él, su primera incursión podría ser la última, dado que el rompehielos (programa de hackeo) que le ha proporcionado Dos por Día, un contrabandista de poca monta, resulta ser una herramienta mucho más peligrosa de lo que se había atrevido a considerar. En el último momento, sin embargo, una niña luminosa contacta con él y lo libera, salvándole la vida y dando inicio a una huida (un tanto ingenua) en busca de respuestas, que le pondrá en contacto con personas importantes de los bajos fondos del Sprawl (una gigantesca conurbanicación, nodo económico y cibernético). En particular, con un grupo cuyo éxito reciente se basa en los tratos establecidos con unas enigmáticas entidades que han empezado a manifestarse en el ciberespacio y que ellos identifican con antiguos dioses vudú.

Gibson utiliza la novela para explorar dos temas principales. Por un lado, las relaciones económico-sociales en un futuro ultracapitalista, con el sometimiento de los trabajadores a las empresas a las que sirven (literalmente) y con estructuras similares repitiéndose en menor escala a todos los niveles (por ejemplo, con las tribus urbanas de Barrytown). Maniobrando en los traicioneros terrenos fronterizos nos encontramos a los “héroes” típicos del cyberpunk: hackers, mercenarios (samurais, de acuerdo con la japonofilia propia del género) y eremitas. Mientras que el ciberespacio se muestra como la nueva frontera, un territorio donde se impone la ley del más diestro… los espacios blancos del mapa, donde aún pueden encontrarse monstruos (algunos de ellos humanos, o cuanto menos de origen humano).

La segunda faceta a destacar sería la tecnológica, con una explosión caótica que, en contraposición con “Neuromante”, se nos muestra mucho más contenida. La evolución humana y cibernética centra el interés especulativo de Gibson, que examina desde distintos puntos de vista la relación hombre-máquina (o consciencia-ciberespacio). Así pues, Josef Virek se nos muestra como una personalidad (parcialmente basada en la de Howard Hughes) que ha trascendido (o perdido) su humanidad, y busca la inmortalidad digital. En el extremo opuesto, un grupo de IAs, fragmentos de Neuromante, han escapado del control de la Agencia Turing y mueven los hilos para extender su influencia sobre el mundo físico (aquí el autor juguetea con el concepto de que la conexión neural que utilizan los hombres para acceder al ciberespacio es una puerta de doble sentido).

En cierto sentido, podría considerarse que con “Conde Cero” se afina el foco y se profundiza en un subgrupo limitado de los temas abiertos con “Neuromante”, completándose el camino con “Mona Lisa Acelerada” (que constituye una continuación más directa de “Conde Cero” que ésta de la obra original). También a nivel estilístico se aprecia una prosa más pulcra y refinada. Todo ello, sin embargo, no hace mejor la novela.

Parte del atractivo del cyberpunk radica en su agresividad (tanto temática como estilística). Da la impresión de que en su seguda novela William Gibson limó en exceso las asperezas, tranformando un guante claveteado en un guantelete bien articulado aunque romo. Esto quizás hubiera carecido de importancia si a cambio se hubiera mojado más en las conclusiones, cuando lo cierto es que incluso potencia la ambigüedad, dejando demasiadas cuestiones abiertas a la interpretación (lo que impide formular una tesis e inferir consecuencias).

Tampoco ayuda el que los personajes resulten anodinos. De todos ellos, quizás Turner sea el más interesante (y el más cercano a los protagonistas de “Neuromante”, Case y Molly), pero incluso él acaba viendo limitado su albedrío, encajando como un peón más en la partida que mueven otros (supuestamente las IAs, aunque tal extremo no acabe de explicitarse). En cuanto a Marly y Bobby, desde el primer momento son o bien una marioneta colgando de los hilos de Virek o bien una bola de pinball rebotando sin control de bumper en bumper.

En anteriores ocasiones he comentado que el cyberpunk necesitó reinventarse para seguir vigente, y “Conde Cero” pretendió justo eso… sin éxito. Las ideas esbozadas acabarían siendo desarrolladas por la literatura singularista (aún faltaban cinco años para la famosa conferencia de Vinge sobre la Singularidad Tecnológica, pero desde 1983 ya había empezado a examinar el concepto en diversos artículos) y por los herederos del cyberpunk (que tomaron como punto de partida “Neuromante” antes que sus continuaciones). En cuanto a la faceta social, aun conservando cierta pertinencia, debe mucho al contexto particular de su época, por lo que ha acabado perdiendo relevancia.

Tras el (merecido y abrumador) éxito crítico de su predecesora, “Conde Cero” se tuvo que conformar con sendas nominaciones al Hugo, Nebula y Locus (que acabó conquistando otra secuela, “La voz de los muertos“). Otras obras cyberpunk que destacaron ese año fueron “Cuando falla la gravedad”, de George A. Effinger, y “Hardwired”, de Walter Jon Williams.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 19, 2011.

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