She: A history of adventure (Ella)

Henry Rider Haggard es para la fantasía una figura equivalente a Jules Verne para la ciencia ficción: el padre (o abuelo) de todo un género, con una influencia que se extiende por igual a lo largo de las dos grandes ramas fundacionales del fantástico occidental (las escuelas, a falta de un término mejor, británica y estadounidense). En su obra encontraron inspiración, por ejemplo, Edgar Rice Burroughs, J. R. R. Tolkien, Robert E. Howard o C. S. Lewis, por mencionar sólo los casos más famosos y patentes.

Aunque hoy en día su título más famoso, en parte gracias a las exitosas adaptaciones cinematográficas, en parte por cualidades intrínsecas que le han permitido mantener su vigencia, sea “Las minas del rey Salomón” (con la que inició su serie sobre el cazador Allan Quatermain en 1885), su novela más influyente fue la que presentó al público a su otro gran personaje, Ayesha, Ella-la-que-debe-ser-obedecida, en “Ella” (“She: A history of adventure”, 1887), la quinta (en cuádruple empate) novela más vendida de todos los tiempos, con unos 100 millones de ejemplares (hacia 1965 ya llevaba 83 millones, con lo que posiblemente llegó a ocupar el segundo puesto en dicha lista).

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“Ella” es, como buena parte de la producción de Haggard, una aventura de exploración centroafricana. Lo que la distingue de títulos como “Las minas del rey Salomón”, “El pueblo de la bruma” o “La maldición de Chaka” es la intromisión de un elemento fantástico en la narración: la existencia de Ayesha, una mujer blanca que por dos mil años ha vivido, penando por la muerte a sus propias manos de su gran amor Kallikatres, en el enclave oculto (en el interior de un inmenso volcán apagado, nada menos) de la imperial Kôr, una ciudad perdida donde medró hace cinco o seil mil años la raza de la que descendieron los egipcios.

Sesenta y seis generaciones después, Leo Vincey, último descendiente del linaje de Kallikatres (y a tenor de los acontecimientos, el propio sacerdote griego reencarnado), sigue las pistas transmitidas de padre a hijo a lo largo de los siglos (que incluyen una cuidadosa recreación de pruebas arqueológicas en griego antiguo y latín, así como sucesivas traducciones a inglés arcaico y moderno) hasta las tierras de los amahagger (el pueblo de las cuevas), los descendientes mestizos y degenerados de los habitantes de Kôr. Le acompañan su tutor, Horace Holly (el narrador de la historia), y el sirviente de ambos, Job.

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La novela se inscribe, novedades fantásticas aparte, en la tradición literaria victoriana, y más específicamente en su manifestación tardía, que reflejó las preocupaciones del fin de siècle, o la percepción de un estancamiento, e incluso un retroceso, del Imperio Británico, lo cual estimuló tanto el interés por las grandes civilizaciones que lo precedieron (y que se hundieron) como un exacerbado sentimiento neoimperialista (del que Haggard fue un ardiente defensor, con posterioridad a su servicio en el gobierno colonial de sudáfrica). Al mismo tiempo, sublima la añoranza del autor por un África misteriosa que ya no llegó a conocer (su estancia en Transvaal se extendió entre 1875 y 1882), obligándolo a buscar ubicaciones cada vez más recónditas para su civilizaciones perdidas.

Aunque según se desprende de la introducción, Haggard pretendía (o pretendía pretender) explorar las implicaciones prácticas de la inmortalidad, sobre todo cuando sobre ella pesan una conciencia culpable y un amor truncando, lo cierto es que la novela revela mucho más sobre el pensamiento (británico) de la época. Ya no sólo como reflejo del imperialismo, el temor a la decadencia y la asumida superioridad intelectual de la raza blanca (aunque Haggard siempre mostró excepciones de nobleza incluso en sus tribus más salvajes, el anciano Billali y la mujer Ustane en el presente caso, reservando eso sí la nobleza africana más pura para los zulúes), sino sobre todo por su representación de la mujer.

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Se han trazado ciertos paralelismos entre Ella y la reina Victoria (quien aquel mismo año celebraba su jubileo de oro), aunque bien es cierto que Ella aparece al mismo tiempo como una amenaza extranjera al trono (adelantándose por unos años a Bram Stoker, quien en 1895 planteó un escenario similar, inmortalidad incluida, con “Drácula”). En cualquier caso, lo que Ayesha encarna es más bien el poder femenino emergente, visto como amenaza desde una perspectiva masculina tradicional.

La primera ola del feminismo, abanderado por pero no limitado a los movimientos sufragistas, reclamaba para las mujeres esferas de poder y autonomía inéditas hasta la fecha, lo cual constituía tanto un desafío como un motivo de desconcierto para los hombres. El vuelco definitivo no se verificaría hasta después de la Primera Guerra Mundial (con la apertura del mercado laboral a la mujer a resultas de la militarización de los hombres), pero sus cimientos ya estaban muy presentes en 1887, y la situación se refleja en “Ella”.

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Horace Holly es misógino casi por imposición (su fealdad le ha deparado primero rechazos y luego aislamiento), Job es directamente misófobo (en el sentido de temor irracional, no de odio) y Leo… Leo queda reducido a ser poco menos que un pelele ante los manejos de la bella y fascinante Ella. Así pues, Ayesha sería el epítome de la femineidad poderosa, hechicera, controladora. La plasmación del temor por una mujer independiente, ya no sólo en plano de igualdad, sino incluso de superioridad respecto al hombre.

Lo que otorga importancia a la obra es que, pese a la postura filosófica del narrador, la historia no transmite tanto rechazo como incomprensión. No niega el poder femenino, ni siquiera llega a demonizarlo, sino que se limita a presentarlo como algo desconcertante. “Ella” no constituye tanto una historia sobre el poder de la femineidad como sobre el impacto que la constatación de su existencia provocó en los hombres de la época. Más aún, extraído de su contexto temporal, aún refleja una realidad psicológica, reconocida tanto por Sigmund Freud (en “Sobre la interpretación de los sueños”) como, en particular, por Carl Jung (que identifica a Ella con el ánima, el arquetipo femenino de la mente masculina), en relación con una etapa de la evolución de la percepción de la mujer durante el desarrollo mental de los hombres.

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Su pérdida de popularidad, más que a la obsolescencia de su trasfondo, cabría achacársela a un estilo demasiado decimonónico para los gustos modernos, que confía su poder de mantener enganchado al lector a una atmósfera de extrañeza que, tantas décadas después, en una época en que nos basta con enceder la televisión y buscar un buen documental para llevar el exotismo a nuestro salón, se muestra insuficiente (a falta, por ejemplo, de la cuidadosa dosificación de la acción que sí se percibe en “Las minas del rey Salomón”). En castellano, además, nos perdemos la arcaización de los diálogos para dar a entender que se realizan en árabe antiguo (un recurso que quizás adoptó y expandió unos pocos años después William Morris en sus romances en prosa, como “El bosque del fin del mundo“).

Hablando de influencias, no puedo dejar de señalar cómo “Ella” se reflejó en la obra de los dos grandes maestros del género posteriores. Así pues, una escena de la novela parece preconfigurar la del espejo de Galadriel en “El Señor de los Anillos” (Galadriel, rendida al poder del Único, hubiera podido devenir en Ella), y algunos estudiosos han relacionado su clímax, en el interior de un volcán (donde se verifica una escena que no describiré, por no estropear la sorpresa, pero que ha sido copiada infinitas veces), con el Monte del Destino, e incluso encuentran reflejos del nombre en Ella-laraña. Por otro lado, los degenerados amahagger y las ruinas de Kôr resuenan en la obra de Robert E. Howard (influenciada también por las ideas teosóficas), como puede apreciarse en los relatos que configuran “Las extrañas aventuras de Solomon Kane” (entre los que destacaría la novela corta “Luna de calaveras”).

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Haggard escribió otras tres novelas en torno a Ella. Primero su secuela directa (ya apuntada en el texto), “Ayesha, el retorno de Ella” (1905), que lleva a Holly y Leo en pos de la pista de la posible reencarnación de Ella en un antiguo reino fundado por generales de Alejandro Magno en el Tibet. Después un cross-over entre sus dos grandes personajes, con “Ella y Allan” (1921), que supone en realidad una precuela al primer libro. Por último, en “Hija de la sabiduria” (1923), que cuenta “por propia mano” la historia de Ayesha en el antiguo Egipto (es decir, el inicio de todo).

El texto original (como el resto de la producción de Haggard) se encuentra en dominio público, y puede obtenerse, por ejemplo, a través del proyecto Gutenberg (en su edición revisada de 1888, tras su serialización en The Graphic entre diciembre de 1886 y enero de 1887 y al menos un par de ediciones en formato de libro en Reino Unido y Estados Unidos).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 18, 2014.

2 comentarios to “She: A history of adventure (Ella)”

  1. En general, la obra de Rider Haggard ha caído en un inmerecido olvido, por lo menos en nuestro país. Desde hace unos años, resulta bastante complicado encontrar a “Ella” en las librerías.

    La editorial Abraxas trató de publicar la saga de Allan Quatermain (además de títulos otros escritores decimonónicos, como Gaston Leroux o E.W. Hornung), pero se conoce que la apuesta no salió bien y la editorial quebró allá por el 2007.

    Quizá Haggard no esté a la altura literaria de su amigo Kipling, pero creo que sus escritos aún guardan interés. Especialmente, por el sentido de la maravilla al describir antiguas civilizaciones (siempre me ha gustado la descripción de las ruinas de Kor, pese a que algunos la encuentren aburrida).

    • No estoy seguro de que la obra de Haggard haya sido nunca popular en España (quitando de “Las minas del rey Salomón”, que no hay nada como una película famosa para promocionar el producto).

      Basta con ver que desde que entró en dominio público (en 2005) sólo se han publicado cuatro libros (quitando de reediciones de las minas), y tres de ellos fueron en Abraxas, que ya estaba apostando por él. Del resto, muchos títulos no han sido reeditados desde hace cincuenta, setenta o incluso ochenta años.

      Hay que tirar del Proyecto Gutenberg (porque lo de bucear en ferias de ocasión cada vez se está volviendo más escandaloso).

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