Cuando el mundo se estremeció

Está siendo una semana un tanto durilla, así que no hay tiempo (ni ganas) de escribir nuevas entradas. Pero tampoco quiero dejar muy parado el blog, así que, al menos por hoy, fagocitaré algo de mi trabajo previo, reutilizando una crítica que publiqué en su momento en Scifiworld (supongo que a la larga acabaré recopilando todas las reseñas en Rescepto, para poder crear una buena red de interconexiones entre ellas).

Para la ocasión me he decantado por una novela no muy conocida de uno de mis escritores favoritos.

Henry Rider Haggard (1856-1925), es famoso sobre todo por sus novelas de aventuras africanas (en particular, su serie acerca del cazador allan quatermain). Sin embargo, hacia el final de su carrera, también realizó una incursión en los imprecisos terrenos de la protociencia-ficción (siguiendo el modelo del romance científico británico) con su novela de 1919 “cuando el mundo se estremeció”.

En realidad, no abandona del todo las constantes de su obra. En “When the World Shook (Being an Account of the Great Adventure of Bastin, Bickley, and Arbuthnot)”, tenemos un grupo de ingleses (todos hombres), en un ambiente exótico (las Islas del Sur en vez de África), tratando de forma condescendiente (colonialista) a los nativos y hallando una civilización perdida, metempsicosis, amor trágico… Sin embargo, existen importantes novedades, como el empleo de elementos recién descubiertos (el radio, aislado por Marie y Pierre Curie en 1898) en el seno de una tecnología avanzadísima. También sorprende que todo cuanto en novelas anteriores se achacaba a la magia (sobre todo en la serie sobre “Ella”) es aquí producto de una ciencia muy por delante de la coetánea; incluso hablando de telepatía, viaje astral o teleportación, no se tratan como habilidades mágicas, sino científicas (bastante antes de que Clarke enunciara su famosa ley). ¿Por qué este cambio de registro?

Tal vez quepa atribuirlo a los nuevos intereses de Haggard a la hora de abordar la narración. “Cuando el mundo se estremeció” no es una simple historia de aventuras, en busca del sentido de maravilla que despierta un mundo desaparecido. Tampoco es (sólo) una historia de amor que supera todos los obstáculos, incluso el más definitivo. En esta novela Haggard, ya un maduro escritor de 65 años, pretende ir un poco más lejos que en sus anteriores divertimentos. Ni él, ni el mundo, son los mismos que cuando empezó su carrera literaria, en plena era victoriana. Europa acababa de ser arrasada por la Gran Guerra, el conocimiento del mundo estaba siendo sacudido por nuevas teorías científicas como la relatividad de Einstein, el desengaño en la estructura social estaba provocando un terremoto de similar o superior intensidad en el panorama político… Quizás influenciado por autores contemporáneos como H.G. Wells o George Griffith (precursores ambos de la ciencia ficción, con fuerte carga política), los emuló a su manera, sintiéndose libre para tratar de temas de mayor calado de lo que solía ser habitual en su producción.

“Cuando el mundo se estremeció” es una obra reposada, sin grandes escenas de acción ni ninguna de las proezas aventureras que suelen caracterizar a los héroes haggardianos. También destaca por estar construida sobre pares enfrentados: fe contra razón, juventud contra vejez, vida contra muerte… El personaje central, Humprhey Arbuthnot, parece casi un alter ego del propio Haggard, situado siempre en medio de fuerzas que tiran de él en direcciones contradictorias. Sus dos amigos, con quienes realiza el viaje, representan por un lado la fe absoluta y sin ambages de Bastin (un sacerdote), y la lógica pura que no permite un resquicio para la maravilla de Bickley (un médico ateo). Muy a menudo, en las historias de Allan Quatermain, aparece esta misma dicotomía, apreciándose en el autor el anhelo por creer en lo sobrenatural, refrenado por una visión naturalista del mundo. En la presente novela esta lucha interior se solidifica, escindiéndose ambos puntos de vista en dos fuerzas puras, casi paródicas en su inflexibilidad, que batallan cual representaciones de la conciencia por dar explicación a lo inexplicable, sin que la balanza llegue a decantarse por una de ellas. Quizás haya sido éste el modo de conferir una mayor profundidad al protagonista, extrayendo de su interior las contradicciones, pues la técnica narrativa empleada (su clásica y directa narración en primera persona) tal vez no bastaba para ahondar todo cuanto deseaba en el dilema que a buen seguro lo atormentaba en esa etapa postrera de su vida.

Pero no acaban ahí las contradicciones. Del mismo modo que Haggard realiza un autoexamen, también dirige su mirada crítica hacia los recientes acontecimientos que acababan de estremecer Europa. Utilizando un observador externo, muestra las atrocidades y miserias de la I Guerra Mundial y la actitud (hipócrita, corrupta, turbia…) de los participantes (en especial, las clases dirigentes británicas y los crímenes de guerra cometidos por el ejército alemán en Bélgica, que habían sido ampliamente difundidos como parte de la propaganda bélica). Incluso anticipa formas más terribles de destrucción, así como la necesidad de construir ciudades subterráneas para prevenir los daños de un bombardeo masivo. El juicio que se forma acerca de estas cuestiones es inapelable, y de él puede depender el destino del mundo.

Decir mucho acerca de la trama sería contraproducente (es lo bastante ingenua, a este respecto, como para permitir preverla con muy pocos datos que se proporcionen). Baste decir que implica la existencia de una superraza de un mundo antiquísimo, poseedora de conocimientos perdidos para la humanidad presente. También que uno de los motores de la acción es el poder y el orgullo desmedidos, enfrentados a otra pasión más elevada, el amor por supuesto. Tal vez resulte un poco anticuada para la época en que fue escrita (el estilo, que en 1885, cuando se publicó “Las minas del rey Salomón”, era innovador, adelantado incluso a su tiempo, ya había quedado un tanto caduco para entonces), pero aun así encuentra la forma de soslayar esta limitación para ofrecer una perspectiva inédita en los personajes claramente polarizados de Haggard (incluso el “adversario”, con todos sus defectos, no es un ser unidimensional, movido por la maldad pura que siempre caracterizó a los enemigos de Allan Quatermain, sino que posee sus propios motivos y sus propios miedos, que le llevan por una senda equivocada, aunque comprensible).

En definitiva, “Cuando el mundo se estremeció” es una obra singular. No está a la altura de las grandes ficciones científicas de la época, ni su estilo es equiparable al de los renovadores del género fantástico, que ya construían sobre los cimientos que él había asentado mundos más misteriosos de los que jamás llegó a imaginar, pero es, pese a todo, una lectura fascinante, así como un elocuente ejemplo del potencial de la ciencia ficción como género no sólo escapista, sino también capaz de dar forma a una reflexión profunda sobre el ser humano y sobre los demonios de la época en que se concibe.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 4, 2010.

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