The wood beyond the world (El bosque del fin del mundo)

Hoy toca bucear en los orígenes mismos de la fantasía moderna (para adultos). Entre los primeros autores que la cultivaron destaca William Morris, poeta, diseñador textil, traductor de textos medievales, empresario, editor y autor del siglo XIX. Tras una vida dedicada al arte, la política e infinitud de negocios y aficiones, consagró en parte los nueve últimos años de su vida a sus romances en prosa, una serie de novelas, escritas en estilo arcaizante e inspiradas en los cuentos medievales y en menor medida en la edda y las sagas nórdicas, que constituyen algunas de las primeras muestras de novelas fantásticas, ambientadas en mundos distintos del nuestro.

De entre ellas, son dos las que han retenido mayor fama: “The wood beyond the world” (1894) y “The well at the world’s end” (1896). A través de ellas, Morris buscaba recuperar el espíritu de la novela caballeresca medieval, no sólo por temática y estructura, sino también en el uso del lenguaje. Pese a constituir hoy en día una lectura un tanto oscura, en su momento los romances feéricos de Morris (como los calificaría más tarde su hija) constituyeron una importantísima fuente de inspiración para los escritores británicos posteriores, desde Lord Dunsany a J. R. R. Tolkien o C. S. Lewis. E incluso con posterioridad es posible detectar su influencia en autores británicos que optan por recuperar la tradición pretolkiniana, como Neil Gaiman.

En “The wood beyond the world” nos encontramos una narración simple y directa. Walter el Dorado, un joven de Langton on Holm, atrapado en un matrimonio infeliz (por la infidelidad de su esposa), comunica a su padre el deseo de partir en uno de los barcos de la familia para comerciar y conocer mundo. Concedido su deseo, experimenta por primera vez en mucho tiempo una felicidad que se ve truncada cuando en un puerto distante recibe el aviso de que su padre ha muerto, merced de una trifulca auspiciada por los familiares de la esposa repudiada. De vuelta a su ciudad natal (y al gris destino del que huía), una tormenta atrapa al navío y lo empuja hacia una tierra lejana.

Allí, Walter tiene conocimiento de un territorio misterioso, más allá de un paso angosto en las montañas que rodean el caladero a donde les ha conducido el viento, e impulsado por las visiones reiterativas de un monstruoso enano, una doncella esclava y una altiva señora abandona a los suyos y parte en busca de lo desconocido (que siempre será preferible a lo que le espera en su ciudad natal).

Los elementos fantásticos de la historia son sutiles. Cierta hechicería (que nunca se manifiesta más que en pequeños detalles), una raza maligna de enanos (a ejemplo de la tradición medieval, aunque nunca está presente más que uno) y, sobre todo, una sensación etérea de extrañeza, de encanto; la convicción de encontrarse más allá del mundo cotidiano (algo recíproco, pues en diversas ocasiones se hace mención del “mundo más allá del bosque”, estableciendo territorios claramente segregados), donde la magia es posible.

Desde una perspectiva moderna, cabe apuntar, no acontece demasiado en toda la novela, e incluso puede llegar a desesperar la pasividad de Walter, que no toma la iniciativa en nada, dejándose arrastrar tanto por la Señora (supuestamente maligna) como por su amada, la Doncella. Resulta, eso sí, curioso observar esta dicotomía en la figura de la mujer, con una carga erótica sorprendente para una obra victoriana (más explícita de lo que pudiera esperarse, aunque por supuesto sólo si la comparamos con lo habitual por la época; quedando en su mayor parte en el plano simbólico, que contrapone a la casquivana mujer y a la “lujuriosa” Señora con la pureza sin mácula de la Doncella). Los personajes del enano (monstruo), la Señora (hechicera) y la Doncella (esclava), poseen la fuerza de arquetipos, y resulta sorprendente constatar cómo anteceden por unos años cualquier posible interpretación psicoanalítica.

También se detecta una sublectura a favor del escapismo de la fantasía (aunque en modo alguno tan elaborada como la que treinta años después insuflaría Lord Dunsany en “La hija del rey del país de los elfos“), llevada de tal modo que la actitud de Walter podría llegar a tildarse de irresponsable (o incluso cobarde). Toma la forma de una visión idealizada del pasado, con una historia de amor pastoril y una exaltación de las virtudes tradicionales (incluyendo, por supuesto, la virginidad de ella, que en él sólo precisa ser espiritual, no física).

Para el lector moderno su valor es mayormente histórico, pues poco hay en la novela que no haya sido ampliamente superado (por la misma época sin ir más lejos, Henry Rider Haggard estaba escribiendo aventuras muchísimo más actuales), aunque su misma sencillez puede resultar evocativa. En este punto, me temo, debo exponer una advertencia. La única traducción existente (de Elías Sarhan para Miraguano, en 1990) no es capaz de transmitir uno de sus principales encantos: su regusto arcaico, logrado a partir del uso de un inglés medievalizado (con muchos “thou”, “thy”, “meseemeth” y similares). De ser posible, recomiendo la lectura del original (en el que me he basado para elaborar esta reseña, de ahí que haya utilizado el título en inglés como el principal de la entrada), que además puede descargarse en una amplia variedad de formatos del Proyecto Gutenberg.

Si deseáis beber directamente de la fuente de la que se nutre la fantasía moderna, no hace falta buscar más. William Morris (junto con George MacDonald) es la mejor elección. Es posible que su contemporáneo Henry Rider Haggard (empezaron a publicar novelas de fantasía casi a la par, aunque siendo más joven este último, prolongó su carrera por casi tres décadas más) haya ejercido a la postre una influencia mayor y más duradera, pero es indudable que el medievalismo de Morris estableció unos cimientos firmes, sobre los que en décadas sucesivas se iría erigiendo el nuevo género.

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~ por Sergio en octubre 21, 2012.

5 comentarios to “The wood beyond the world (El bosque del fin del mundo)”

  1. Excelente, excelente artículo. Personalmente, me cuesta leer castellano antiguo, aunque lo intento, así que del inglés arcaico ni soñarlo. Sólo me queda sentir envídia sana de quien puede disfrutarlo y tratar de absorver la ilusión que transmites con el artículo.

    • Bueno, no es inglés antiguo de verdad (resultaría ininteligible por completo), sino inglés arcaizado, una construcción artificial de William Morris, creada con fines poéticos y basada sobre todo en el uso puntual de un léxico anticuado y en desuso ya por aquel entonces. Vamos, que no llega al nivel de transformación del castellano de El Cid, ni mucho menos.

  2. Estimado Sergio:

    Siempre me dejas con dudas y desazón jaja. Tengo la ínclita traducción de Don Elías ( aunque en la pila todavía) … ¿ Tan mala es? ¿ No merece la pena su lectura en castellano? Ainnnnsss, díme algo, que me tienes en un sinviviiir, jaja- ( Ah, como siempre, gracias por tus geniales reseñas)

    victorderqui

    • No me atrevería a decir tanto como mala (a decir verdad, tan sólo la he ojeado, así que difícilmente podría pronunciarme en un sentido u otro). Lo que sí puedo afirmar es que, traducida a castellano moderno (como pasa en la edición de Miraguano), la prosa de Morris queda un tanto desvirtuada, y la historia por sí sola no es tan especial.

  3. Gracias, Sergio. Le hecharé un ojo, no obstante, a ver el alcanze del estropicio … Un saludo.

    victorderqui

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