La cicatriz

La tercera novela de China Miéville, segunda (de tres) ambientada en el mundo de Bas-Lag tras “La Estación de la Calle Perdido“, sirvió para confirmarle como una de la principales nuevas voces de la fantasía. “La cicatriz” (“The scar”, 2002) arranca poco después de los acontecimientos narrados en el libro anterior, aunque éstos no tienen relevancia más que anecdótica, con la narración siguiendo principalmente el punto de vista de Bellis Delvino, una lingüista con necesidad imperiosa de alejarse de Nueva Crobuzon, la ciudad-estado más importante de Bas-Lag, al menos por un tiempo.

A tal efecto, embarca en la Terpsícore, un navío que se dirige a la colonia de Nueva Esperium llevando pasajeros de pago y en cargamento de prisioneros rehechos (modificados por medio de taumaturgia, cirugía e ingeniería) condenados a trabajos forzados. A mitad camino, sin embargo (tras ciertas vicisitudes que no vale la pena detallar), el barco es capturado por piratas y sus ocupantes (los que sobreviven) se enfrentan a una nueva vida, que transcurrirá lo más seguro limitada a las acuosas fronteras de Armada, la ciudad pirata flotante, “construida” mediante la unión, en una masa heterogénea, de todo tipo de embarcaciones hechas presa a lo largo de los siglos.

cicatriz

La fantasía de Miéville tiene un carácter eminentemente urbano. Si con “La Estación de la Calle Perdido” se recreaba en la megaurbe de Nueva Crobuzon, para su segunda incursión en el mismo universo no podía defraudar a sus lectores, y explorada la más grande y cosmopolita para conseguirlo tocaba optar por la más extraña e incluso la más variada; pues en Armada no existe una base arquitectónica o racial sobre la que construir, sino que todo, absolutamente todo lo que habita bajo el cielo de Bas-Lag tiene las mismas oportunidades y los mismos derechos en una mezcolanza de razas, sistemas de gobierno, tecnologías e intereses.

Así pues los rehechos en Armada tienen tantos derechos, si no más, que los naturales, y en sus cubiertas y puentes colgantes se entrecruzan humanos, cactos, khepris, costrados, vampiros… sin que importe más que la valía personal y la lealtad a la ciudad. Un auténtico ideal pirata de libertad, expandido desde los estrechos límites de un solo barco a toda una ciudad al margen de las leyes de las potencias terrestres (procura, eso sí, no caer en una visión romántica distorsionada).

Armada

La ciudad además, tiene otra peculiaridad. Al ser una masa flotante posee capacidad de desplazamiento (terriblemente lento de normal, eso sí), lo que permite a Miéville explorar el arquetipo de la búsqueda sin renunciar al escenario urbano. Como Bellis y sus compañeros descubren, los Amantes, gobernantes de Anguilagua, el paseo más importante e influyente de Armada, tienen grandes planes para la ciudad. Su objetivo a corto plazo, según acaba revelándose, consiste en invocar un avanc (un monstruo que según la mitología galesa habita en los lagos, aunque el autor lo describe más bien como un leviatán), al que embridar con cadenas titánicas a la ciudad.

Este empeño les lleva a la isla de los anophelii (hogar de las peligrosísimas mujeres mosquito que desencadenaron en el pasado las guerras malarianas), y de allí al lugar donde se abre un sima tan profunda en el océano que conecta con otros universos, y después más lejos, atravesando mareas imposibles y el océano oculto, en busca de la mítica cicatriz, una herida en el tejido mismo del mundo, donde todas las posibilidades conviven.

Inexorablemente unida a todo esto, Bellis se ve arrastrada junto con Armada de un punto a otro del oceáno, con un sólo propósito en mente: escapar de su prisión marina y regresar a su hogar, a Nueva Crobuzon.

TheScar

China Miéville despliega en “La cicatriz” toda su inventiva, para poblar de maravillas un mundo extraño a la vez que próximo. Huyendo premeditadamente de los arquetipos épicos tolkienistas, busca inspiración más bien en influencias antiguas (la weird fiction pulpera de los años treinta y cuarenta… que le llevó en un principio a abrazar la etiqueta de New Weird para su producción) y modernas (es posible detectar un eco de la nueva space opera británica, con Iain Banks a la cabeza (con toda la desmesura que ello implica), así como del steam punk de autores como Tim Powers, aunque Miéville en vez de optar por la fantasía histórica ubica la acción en un mundo secundario, lo cual le concede mayor libertad). Con todo ello construye un escenario apabullante y sorprendente. Si algo se le puede reprochar, en realidad, es que hay momentos en que parece que su imaginación no conoce fronteras… y como es precisamente en los límites donde se genera la tensión, sin fronteras bien delimitadas, aunque sean muy amplias, resulta difícil conectar con las tribulaciones de los personajes (bajo pena de que una nueva vuelta de tuerca inventiva nos cambie los esquemas y nos prive de puntos de apoyo).

Con respecto a “La Estación de la Calle Perdido”, esta segunda aventura en Bas-Lag resulta quizás menos impactante, pues ha perdido el factor sorpresa, pero no cabe duda de que en “La cicatriz” el ritmo está mucho mejor controlado y no existe la misma sensación de desconcierto que producen las primeras trescientas páginas de aquélla. Existe una historia bien definida en torno a la cual se articula la inventiva del autor, retroalimentándose ambas facetas de un modo muchísimo más satisfactorio. No puedo dejar de criticar, sin embargo, la tensión artificial que se construye con un elemento destacado a modo de interludios cuya importancia es mucho menor de lo que el artificio sugiere.

the-scar

A nivel subtextual, “La cicatriz” es no sólo el título de la novela, sino también un elemento recurrente de la trama. En un momento en concreto se comenta que deben contemplarse las cicatrices como heridas en proceso de curación, y así se nos presentan una y otra vez, bien sea de forma literal o metafórica. En ese sentido, toda la historia podría interpretarse como el proceso de cicatrización de la herida emocional sufrida por Bellis Delvino al abandonar Nueva Crobuzon (aunque tampoco es que se le ahorre su buena ración de cicatrices literales). Por otro lado, las ideas políticas de Miéville, aunque tendrían más importancia en la tercera novela de Bas-Lag, “El Consejo de Hierro”, no dejan de tener eco en las revueltas populares de Armada en contra de unos dirigentes cegados por sus propios intereses.

A lo largo de esta reseña he procurado no desvelar demasiados detalles de la historia, pues gran parte del disfrute de la misma nace de ir tropezando con ellos. Así que para finalizar tan sólo recalcaré que hay muchos más detalles sorprendentes en Armada de lo que tal vez se desprenda de estas líneas. Os invito a descubrirlos.

La novela se alzó en 2003 con el premio Locus de Fantasía, así como con el British Fantasy Award, siendo finalista del Arthur C. Clarke y del Hugo (perdiendo en este caso frente a “Homínidos” de Robert J. Sawyer, una novela muy inferior que criticaré en breve).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 7, 2013.

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